Una noche entre desconocidos, solteros y nuevas conexiones
Por: Juan Camilo Agudelo
Nunca había pensado que, después de los 45 años, terminaría acampando con decenas de desconocidos en un evento para solteros. Pero todo comenzó de una manera mucho menos aventurera: navegando por internet.
Me apareció la publicidad de un encuentro para solteros. En el pasado reciente había asistido a varios eventos de este tipo: citas a ciegas, rumbas de solteros y paseos a fincas con día de sol. Sin embargo, era la primera vez que encontraba uno con amanecida incluida.
Para mayor sorpresa, el encuentro estaba pensado para acampar, lo que, a mi parecer, le ponía un grado adicional de osadía a la decisión. La verdad, sí había acampado en mi juventud y siempre pensé que estar a cielo abierto, protegido únicamente por una tienda de campaña, era una forma de salir a sufrir un poco por decisión propia.

En aquella época tenía amigos expertos en el tema, así que siempre estuve muy bien acompañado y no pasé mayores dificultades. Pero esta vez, superados ya los 45 años, había que pensarlo un poco más: iba a pasar la noche acampando con un grupo de completos desconocidos.
El evento incluía la cena, el desayuno y el almuerzo del día siguiente, además del derecho a un espacio para acampar. Las instalaciones contaban con baños con ducha, agua potable y una tienda de víveres. El lugar estaba ubicado en Girardota, Antioquia, aproximadamente a una hora de Medellín saliendo por la zona norte de la ciudad. Además de la zona de camping, esta pequeña reserva natural enclavada en las montañas tenía un lago navegable, posibilidad de hacer cabalgatas, una pequeña piscina y una zona de glamping para quienes no se atrevieran a dormir en carpas.
Con la información que encontré en las publicaciones, decidí ponerme en contacto con los organizadores. Investigué un poco y descubrí que son de Bogotá y realizan eventos para solteros en diferentes ciudades del país. Me contaron que una semana antes del evento me agregarían a un grupo de WhatsApp para ultimar detalles, enviar la ubicación precisa y tratar de acomodarnos en los vehículos de quienes viajarían en transporte particular.

Pregunté por el aforo. Me hablaron de aproximadamente 100 personas, aunque para ese momento estaban cerrando inscripciones con alrededor de 50 asistentes. También me dijeron que la proporción entre hombres y mujeres estaba bastante equilibrada. El costo del evento era de $130.000. No incluía transporte ni gastos adicionales, como la cabalgata o la entrada a la piscina.
No lo pensé mucho y consigné el valor solicitado. Quedé a la espera de que me agregaran al grupo prometido y comencé a buscar carpas entre amigos y familiares.
Una semana antes de la salida nos agregaron al grupo de WhatsApp. Inicialmente, solo los administradores podían escribir, pero como era necesario saber quién tenía cupo disponible en los carros o incluso en las carpas, decidieron abrir el chat para que todos pudiéramos comunicarnos.
Empezaron a ofrecer espacios en los vehículos y, en poco tiempo, casi todos teníamos resuelto el transporte. Yo viajé con otras cinco personas en una camioneta bastante cómoda. El propietario nos esperó, nos recogió y, además, nunca nos pidió un peso por llevarnos y traernos.
Faltando tres días para el evento, el administrador decidió cerrar nuevamente el grupo porque, la verdad, aquel chat se estaba saliendo de control. Más de 50 personas hablando y preguntando al mismo tiempo terminan convirtiendo cualquier grupo en una conversación interminable en la que resulta imposible ponerse al día.
Así que, por iniciativa propia, uno de los integrantes tomó los números de quienes más participaban y armó un nuevo grupo al que llamaron “Solteros sin frenos”.
Al día de hoy, ese grupo sigue vigente y cuenta con más de 40 personas. Es importante mencionar que, para quienes temían por la lluvia, el lugar ofrecía una especie de terraza cubierta donde se podía instalar la carpa y quedar más protegido, claro está, pagando un valor adicional.
El día del evento
La salida se organizó para pasadas las 2:00 p. m. de un sábado de agosto. El ingreso a la reserva estaba programado para las 5:00 p. m.
Después de varios retrasos y esperas, nuestro grupo logró arrancar. Durante el viaje empezamos a presentarnos y a conversar: a qué nos dedicábamos, dónde vivíamos y, en general, algunas cosas personales que nos permitieran conocernos.
Sin haberlo planeado, nos encontramos en el camino con varios vehículos que también iban para el encuentro. Cuando menos lo pensamos, ya éramos una caravana de unos diez carros y varias motos que no alcancé a contar.
Hicimos una parada entrando a la vereda del municipio, nos saludamos, compramos algo de “hidratación alcohólica” y seguimos juntos hacia nuestro destino.

Llegamos todavía de día, lo que nos motivó a armar las carpas cuanto antes. Nadie quería terminar instalando su tienda de campaña a oscuras y, como muchos nunca habían acampado, era mejor dejar lista cuanto antes la que sería nuestra casa provisional durante esa noche.
Cuando estábamos terminando de armar las carpas, alguien de la organización nos citó para una reunión de presentación general.
El lugar tenía un restaurante y allí realizamos la primera de varias dinámicas para romper el hielo. Por primera vez pudimos conocernos todos, presentarnos y hablar un poco sobre nuestras expectativas. Algunos mencionaron sus profesiones, otros contaron su edad y varios hablaron sobre sus hijos y su entorno más cercano.
La integración inicial estuvo acompañada de algo de licor. Antes de presentarte ante todos, y solo si querías hacerlo, podías tomarte un trago y después contar lo que quisieras sobre ti.

En ese momento me di cuenta de que éramos más de 60 personas. El promedio de edad parecía estar entre los 30 y los 45 años y yo era uno de los mayores del encuentro. Casi todos mencionaron alguna profesión u oficio durante la presentación. Terminada la actividad, después de reírnos un poco y empezar a interactuar, llegó el momento de la cena.
Una hora más tarde comenzó la música. Entre ritmos tropicales, empezamos a acercarnos más y el baile terminó convirtiéndose en el protagonista de la noche.
¿Quiénes eran?
Entre tantas personas era muy difícil recordar los nombres, las edades o a qué se dedicaba cada uno. Y ahí entendí que, de alguna manera, el propósito del evento se estaba cumpliendo.
Estaba conociendo gente nueva. Bailábamos, cantábamos, algunos reían a carcajadas y, en general, el ambiente se había vuelto relajado y de confianza.
Las horas fueron pasando, el licor rodaba de mano en mano y cada vez nos sentíamos más en familia, como si estuviéramos en un reencuentro de amigos que se conocen desde hace mucho tiempo.

Poco a poco se fueron dejando atrás los prejuicios. Las personas se mostraban más abiertas, compartían historias y experiencias, mientras otros simplemente aprovechaban para sacar sus mejores pasos o, como decimos en Colombia, “los prohibidos”.
Pasadas las 11:00 de la noche nos recomendaron trasladarnos a la zona de camping. Hasta ese momento habíamos permanecido en el restaurante, bajo techo y protegidos de la noche.
Y hay que decirlo: después de una tarde increíble y soleada, la noche nos recibió con rayos y centellas.
Por suerte, pasada la medianoche, el cielo volvió a mostrarnos la luna. Nos desplazamos entonces hacia las carpas y encendimos una fogata improvisada para seguir hablando, bailando y cantando.
Muchos ya se habían ido a descansar, calculo que aproximadamente la mitad de los asistentes. Entre quienes seguíamos despiertos, algunas conversaciones se hacían cada vez más cercanas. Se veían caras sonrientes y aparecían los primeros besos robados.
Mi experiencia personal
En medio de la fiesta, antes de bajar a la zona de camping, una bella mujer de cabello corto y negro se acercó y me preguntó si quería bailar con ella.
Asentí, la tomé de la mano y, mientras bailábamos, nos presentamos. Entonces me di cuenta de que ella ya me había llamado la atención antes de acercarse.
Por respeto a su intimidad no contaré detalles sobre ella ni sobre sus acompañantes, pero sí puedo decir que todo resultó mucho más natural de lo que había imaginado: personas respetuosas, profesionales y solteras que simplemente querían conocer gente en un espacio diferente y, sobre todo, seguro.
Tuve una buena conexión con mi nueva compañera de baile. Nos dimos cuenta de que nos gustábamos y, cuando estábamos en la zona de la fogata, nos besamos.
A partir de ese momento fui perdiendo la noción de lo que ocurría alrededor. Cada vez estábamos más solos y el amanecer empezaba a anunciar su llegada, así que decidimos irnos a descansar. Todavía nos quedaba un día más de aventura.
A pesar de la lluvia, mi carpa resistió y pude dormir seco y tranquilo.

Pasadas las 7:00 de la mañana empecé a escuchar a varios compañeros hablando cerca, así que decidí salir y alistarme para el nuevo día.
Después del desayuno volvimos a reunirnos. Hablamos sobre cómo la habíamos pasado y nos contaron las distintas actividades disponibles para el domingo: caminatas hacia la laguna, cabalgatas, recorridos por el lago o la posibilidad de ingresar a una pequeña piscina ubicada a pocos minutos del lugar.
Yo decidí quedarme conversando con varios que prefirieron hacer lo mismo. Algunos empezaron a jugar juegos de mesa y otros simplemente se tendieron sobre la grama a recibir un potente baño de sol mientras hablaban de todo un poco.
Llegó el mediodía y regresamos al restaurante. Allí nos enteramos de que una de las asistentes estaba de cumpleaños. De hecho, dos de sus amigas le habían regalado este paseo para celebrarlo.

Así que conseguimos una torta y nos inventamos un motivo más para festejar.
La aventura iba llegando a su fin. Muchos intercambiaban números de celular y redes sociales, aparecían las promesas de volvernos a ver y poco a poco comenzamos a despedirnos.
El lugar cumplió con mis expectativas. Tal vez mejoraría el acceso a la zona de camping, porque había que subir por una especie de colina bastante inclinada. La organización estuvo bien, la alimentación fue acorde con el costo del evento y contar con una pequeña tienda de víveres hizo más cómoda la experiencia.
Pero la historia no terminó cuando desmontamos las carpas.

Hoy sigo hablando con la persona con la que hice match. Estamos planeando volver a vernos y conocernos un poco más.
El grupo que nació a partir del encuentro también sigue existiendo y ya tenemos dos nuevos paseos programados. El primero será a unas fiestas en un pueblo cercano de Antioquia, para el que ya hay más de 15 personas apuntadas. Para finales del próximo mes tenemos planeado ir a una finca en tierra caliente y ya somos más de 20 confirmados. Ambas actividades serán con amanecida incluida.
Después de esta experiencia, volvería a recomendar este tipo de encuentros para solteros. Hice nuevos amigos, bailé, canté y, sobre todo, perdí la pena de hacer algo solo y rodeado de desconocidos.
Acampar siempre será una experiencia diferente. Y no, esto no es publicidad. Para encontrar este tipo de grupos y actividades para solteros basta con poner las palabras adecuadas en un buscador de internet. Después, seguramente, el algoritmo hará el resto.

Lo curioso es que aquel grupo de desconocidos no terminó cuando acabó el campamento. Seguimos hablando todos los días, unos más que otros, como ocurre en cualquier grupo numeroso. Ha primado el respeto, hay muy buen ambiente y, casi sin proponérnoslo, terminamos creando un nuevo grupo de solteros que sigue activo, haciendo planes y conociéndose.
Aunque ya tenemos un pequeño problema. Del campamento salió la primera pareja oficial de novios.
Estamos pensando seriamente en sacarlos del grupo.
Después de todo, ya no son solteros.
