Un verdadero Terremoto en la vida gay de Medellín
Terremoto está en una de las habitaciones de Men’s club, un sitio gay de tres pisos, iluminado por luces rojas, muy tenues, y por gruesos velones. Terremoto habla, discurre, divaga, reflexiona, vuelve a hablar, casi sin detenerse, picando un tema por aquí y dejando otro por allá:
—Yo —ríe un poco—, soy la loca más conocida de Medellín, pero mi mamá se murió sin saber que soy gay.
—¡Cómo!
—Nunca se lo dije… Que sospechara era otra cosa.
Y continúa en su andanada como una avalancha:
—Yo trabajé con Madonna, el sueño de mi vida.
Y:
—Yo soy brujo; predije la pandemia meses antes, y así lo escribí en la revista.
Cuenta que hace un tiempo se declaró “rey dios sobre la tierra”. Eso le da derecho a entrar sin ser invitado a cuanto bar, sauna, discoteca o fiesta gay se celebre en Medellín. Por eso estamos en Men's Club, un jueves en la noche. Cuando llega se presenta y dice que se llama Terremoto, y que su nombre de pila es un misterio que poca gente conoce. Como dios rey sube al segundo piso del club, por las escaleras oscuras, y penetra en un dédalo de habitaciones; entra en la última, cierra la puerta, se sienta en una silla alta, de espaldas a un ventanal.
—Miren —estira la mano para entregar un impreso— es la última edición de la revista: física, nada de virtualidad, porque no creo en las redes sociales.
Hay un breve silencio mientras intentamos leer, descifrar los titulares, detallar las fotos. Continúa:
—Las redes son una herramienta de control social de las élites… Se le dio voz al ignorante; se perdieron el conocimiento, el respeto, los valores. Estamos en un punto de involución en el que la cultura de la gente va a ser nula y el sistema va a controlarnos por completo.
Por eso, dice, sigue editando su revista “no heterosexual” después de 27 años. Quiere que la gente lea, se instruya; que no trague entero, dicho de manera coloquial. Son casi tres décadas en las que ha escrito cientos de artículos, ya defendiendo la libertad sexual, ya dando a conocer prácticas sexuales diferentes. Escuchamos de su boca la historia de Némesis Times, la única revista de su tipo que sobrevive en Medellín en formato físico. En efecto es la única que no ha claudicado, que no ha cedido ante la presión de las redes, del voraz universo digital.
Pero el hombre quiere contar su historia toda, que es una maraña de acontecimientos, una actividad incesante que va desde la adolescencia, vivida por allá en los 80, hasta los tiempos que corren. Y recostado en la silla, de espaldas a la calle, comienza a hacer digresiones:
—Yo he hecho de todo en la vida porque no me puedo quedar quieto: de niño era hiperactivo; entre otras cosas, y eso se los cuento después, de ahí viene mi nombre artístico o nombre identitario…
Su infancia transcurrió en Calasanz, donde estudió en un colegio católico. En esa época empezó a renegar de la religión, a confrontar a los curas, que le respondían, escandalizados, que iba a condenarse en el infierno. Le gustaba que lo castigaran porque así se iba para biblioteca y leía; recuerda que en un par de años devoró todos los libros, incluso los prohibidos. Con los argumentos interiorizados confrontaba a los sacerdotes, respondía, refutaba, y mostraba una tranquila indiferencia cuando lo amenazaban con el castigo eterno. La tensión fue subiendo con el correr de los años…, hasta que explotó. Un día, el rector lo reprendió por entrar sin autorización a un salón de informática. La discusión subió de tono, el rector se encolerizó y lo tiró de la camiseta con violencia.
—En esa época practicaba Taekwondo, le di una patada. Él voló, rodó por las escaleras… Cuando llegué al salón dijeron que yo había quebrado el tablero, cosa que era mentira. De la rabia rompí mi cámara fotográfica.
Nuestro hombre detiene un momento el frenesí de hechos que se suceden sin un orden determinado. Detrás suyo, junto al ventanal, parejitas de hombres jóvenes hablan bajo, beben cócteles. Terremoto es ajeno a ello; en Men’s, como en muchos otros sitios, entra como Pedro por su casa, sin pedir permiso, como si todo aquello, las habitaciones oscuras y la barra del bar, estuvieran bajo su dominio. Apropósito dice que hay quienes le cargan tirria, a lo mejor envidia; pero alega, de nuevo, que él mismo se declaró rey y que como tal tiene el beneplácito de entrar donde bien se le antoje.

Terremoto vuelve, después de la corta pausa, a sus años mozos, como dicen los novelistas. Su hiperactividad, cuenta ahora, lo empujó a fundar un periódico en el colegio; periódico que, valga decirlo, no tenía el visto bueno de los curas. Lo llamó LEA, Lazos Entre Alumnos, y la primera edición se tiró en un mimeógrafo, una antigua máquina que hace unos huecos sobre el papel para que la tinta pase atravesándolos. Hoy es una tecnología de museo; en los 80 ya era vieja, pero era lo que había. Nuestro protagonista escribía, pues, artículos sobre la vida cotidiana o sobre lo que acontecía en el colegio; cosas simples, en fin, que no molestaran a los curas.
Como nunca se ha podido quedar quieto, comenzó, además, a pasar las tardes en las emisoras de radio. Salía del colegio y se iba a hacer las tareas a Radio Disco ZH, una emisora que entonces programaba rock, pop, música en inglés que su madre denostaba, pues la consideraba “satánica y para marihuaneros”. Esas músicas, pese al rechazo materno, siguen siendo su pasión hasta el sol de hoy. Terremoto pasaba horas, ahí en la emisora, leyendo las canciones en un directorio y traduciéndolas con ayuda de un diccionario. Dice que así aprendió inglés, sin estudiarlo. También sabe italiano y francés, aunque no los habla a la perfección.
El roce con las emisoras y la dirección del periódico dieron a Terremoto cierta notoriedad. Gracias a eso conoció a redactores de otros periódicos escolares y, de manera conjunta, crearon el Círculo para el Fomento del Periodismo Juvenil, asociación que el mismo Terremoto presidiría a la postre. Pero después vino la patada al rector, el escándalo por el tablero, etc, y a Terremoto, como era de esperarse, lo echaron del colegio. Aún así mantuvo la publicación un año más, ya no con los curas del colegio masculino, sino con las monjas, que resultaron menos severas, más comprensivas con su periodismo.
Terremoto también practicó deportes, aprendió de maquillaje, fungió de locutor y de DJ, fue profesor de fotografía, regentó discotecas para menores de edad, hizo campañas políticas, fue manager de un club de danza, presentó un programa gay en el canal Kamasutra… Dentro de ese torbellino pidió ayuda a su familia para grapar las primeras ediciones de la revista; y su madre, dice, se incomodaba un poco con el contenido explícito del impreso, pero él respondía que era por trabajo y nada más.

Pero Terremoto se detiene antes de entrar en detalle sobre la revista que escribe, edita, diseña, imprime y distribuye desde hace 27 años. Y vuelve en su torbellino, en esa vorágine de palabras, a la época de la universidad, a comienzos de los años 90. Terremoto decidió estudiar Comunicación Social-Periodismo en la UPB, pese a que su padre prefería una ingeniería en Eafit. Los de la universidad fueron años parecidos a los del colegio, a saber, llenos de actividad: desde el tercer semestre se vinculó a Radioacktiva; por esa época riñó con su papá, que decidió no pagarle la carrera, y entonces consiguió un trabajo nocturno en TV Cable. Recuerda aquellos tiempos por el ritmo de vida frenético, que apenas le permitía descansar. En Radioacktiva surtía de música el programa de rock en español, entrevistaba hoy a Juanes y mañana a Juanita Dientes Verdes; luego le hacía free press a Ekhymosis, curaba música para Caracol Estéreo, redactaba noticias para Todelar.
En esos tiempos, mientras corría de una emisora a otra, lo llamaron para hacerle campaña a un candidato; después, recuerda, ayudó en el cierre de la campaña presidencial de Andrés Pastrana. A esa época se debe también el nombre identitario, Terremoto:
—En Radioacktiva una vez tenía que pedir una información a la alcaldía. Llamé varias veces y nada. A la quinta llamada dije que pasaran la llamada, que era Terremoto el que preguntaba. Desde ese día adopté el nombre.
Terremoto no se ve fatigado, pese a que ha discurrido ya durante largo rato. A medida que avanza la noche en Men’s, el grueso velón de la recepción va derramando esperma, aunque su llama temblorosa sigue iluminando. En una habitación contigua hay un televisor que proyecta una película porno sin interrupción… Luego de un breve silencio, Terremoto pasa a relatar, entonces, el quid del asunto, es decir, cómo entró al mundo gay, a finales de los años 90, y cómo a la postre fundó la revista Némesis.
Con un amigo, cuenta, empezó a organizar eventos en el Palacio de Exposiciones. Ese amigo, animado por el éxito que palpaban, le propuso montar una discoteca para menores de edad. Y así nació Zona, la primera disco de ese estilo en Medellín. Nuestro protagonista se encargaba de las comunicaciones, de tomar las fotos, en suma, de hacer la publicidad. Y Zona tuvo un gran éxito, pero pronto marchitó ante la proliferación de negocios similares. Entonces montaron Colors, Desde hacía un como manager de un club de baile, lo que le permitió conocer a la gente de la comunidad Lgbtiq e ir a los sitios que en aquellos tiempos estaban de moda: Luchos 1, Luchos 2, Labios, o guetos clandestinos.
Hasta ese momento no había explorado el mundo gay desde su profesión. Es decir, en las emisoras, en la universidad o en el club de baile sabían que era homosexual, pero él poco hablaba de eso; buscaba la música paras las programas radiales, redactaba las noticias, escribía, en fin, sobre inmensidad de tópicos, pero jamás sobre la homosexualidad. Eso cambió luego de una rencilla con unos exsocios; entonces fundó la discoteca Némesis. Para promocionarla pensó en unos pequeños relatos radiales, lo que hoy llamamos podcast, para grabar en cassettes y repartir.
Rumiando esa idea se inauguró la discoteca con una fiesta suntuosa en la que se sirvió comida en buffet, se rifaron televisores, se dieron regalos durante toda la noche. Sucedía eso en octubre de 1999, y Terremoto aprovechó la efeméride del cambio de siglo y del supuesto fin del mundo para promocionar a Némesis. La idea de los cassettes fue desechada por trabajosa y poco práctica, y vino a sucederle la edición de una revista corta, sucinta, con artículos variados que llamaran la atención de la comunidad gay. Fue así como, sin conocimientos en diseño, casi a ciegas, salió la primera edición de Némesis Times.
El mundo no se acabó el 1 de enero del año 2000; lo que sí dejó de existir en el albor del milenio fue la discoteca Némesis. Terremoto, pues, quedó en el aire, sin saber muy bien qué hacer ni cómo ganarse la vida:
—Me sugirieron seguir con la revista, pero yo no sabía vender. Conocía a los dueños de las discotecas gay, eso sí, y entonces empecé, sin saber siquiera cotizar, a venderles pauta.
La primera edición después del descalabro de la discoteca fue sobre los íconos de la comunidad Lgbtiq. La segunda le trajo un nuevo lío: la hizo con ayuda de sus estudiantes de fotografía; las directivas de la escuela se dieron cuenta, se escandalizaron y lo botaron a la calle. Terremoto aprendió a diseñar y así se fueron sucediendo las ediciones mensuales, todas de 2.000 ejemplares y distribuidas por él mismo en bares, discotecas, saunas y cuanto sitio “no heterosexual” había en Medellín.
Némesis Times tiene forma de plegable. Una vez impreso, Terremoto grapaba las páginas de manera manual. Por eso, en un comienzo, era su propia familia la que le ayudaba en esa labor. Su madre, su hermano, su hermana, su sobrina de diez años, todos envolviendo las páginas, juntándolas, dándoles orden; y viendo, seguro, los artículos sobre fetiches, las fotos de hombres desnudos, las ilustraciones tipo manga de un hombre fornido con un pene enorme.
—Yo les decía que era mi trabajo—, recuerda Terremoto, que sigue balanceándose sobre las sillas.
La revista despegó gracias a que Terremoto aprendió a vender y perdió el miedo a hablar en público. Las secciones de Némesis Times fueron creciendo, y apareció una de las más queridas y polémicas: la de chismes. Terremoto, no se sabe muy bien cómo, se entera de que este le puso los cachos al otro, de que Pascual peleó con Zutano; sin miedo, sin miramientos, vierte todo en las páginas. Más de una vez lo han llevado a la Fiscalía por injuria y calumnia, pero siempre ha salido tranquilo, con el oído atento para escuchar nuevos secretos escandalosos.
La revista ha sido, en realidad, el lugar de expresión de Terremoto, que además de escribir sobre la comunidad Lgbtiq ha comentado sobre política, historia, civilizaciones colapsadas o premoniciones sobre una pandemia venidera. Hay una sección emblemática, los consejos de la abuela, en la que se sugieren recetas o remedios caseros. Y después, sin conexión aparente, puede aparecer otro artículo, por supuesto escrito por nuestro hombre, sobre los tipos heterosexuales que eventualmente tienen sexo con otros hombres.
—Yo no me gradué de la universidad —y el tono de Terremoto se hace grave, melancólico—. Tengo 350 publicaciones, más que muchos académicos… Alguien me decía que podrían darme el título honoris causa.
Y Terremoto se queda en silencio después de tanto discurrir. Lo seguimos, como rey dios, escaleras abajo, en la oscuridad; desembocamos luego en el hall, pasamos a otro cuarto para tomarle una foto con sus revistas. Hechas las fotos nos sigue hasta la puerta, nos despide, muy amable, da la vuelta y se pierde de nuevo en la oscuridad de las habitaciones sucesivas.

