Valeria DeBotas es sexóloga, educadora sexual, escritora, coach, entrenadora en mindfulness, conferencista TEDx y tallerista. Es creadora de la comunidad Mujeres DeBotas y actualmente participa como especialista de la sección de sexualidad del programa Buen Día Colombia, del Canal RCN. También es la creadora de Sexpodérate, un proyecto de crecimiento erótico dirigido a mujeres.
Durante el AEFEST, conocimos una de sus propuestas más llamativas: Sextand-Up, un formato en el que la sexología y la comedia se encuentran para hablar de orgasmos, fantasías, fetiches, relaciones, diversidad y esas experiencias sexuales que muchas personas han vivido, pero pocas se atreven a contar.
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Detrás de las risas hay un propósito claro: demostrar que es posible aprender sobre sexualidad mientras cuestionamos, con humor, los mitos y mandatos que han condicionado nuestra manera de relacionarnos con el cuerpo y el deseo.
Dos mujeres, dos pares de botas y una misma idea
Sextand-Up nació del encuentro entre Valeria y Catalina Guzmán, comediante conocida artísticamente como Cata con Botas. Una venía de la sexología; la otra, del stand-up comedy. Incluso sus nombres parecían anticipar la alianza: Cata con Botas y Valeria DeBotas.
Más allá de la coincidencia, ambas descubrieron que sus disciplinas compartían una capacidad especial: ayudar a comprender aquello que resulta difícil expresar con palabras.
“Puedes empezar riéndote de una situación que te resulta familiar: un orgasmo fingido, una fantasía que nunca has contado, un encuentro sexual desastroso, y casi sin darte cuenta terminar cuestionando una creencia que llevabas años cargando.”
La intención nunca fue presentar una conferencia convencional acompañada de algunos chistes, ni hacer un espectáculo que utilizara el sexo únicamente como fuente de provocación. Querían construir un formato propio en el que la comedia y la educación sexual dialogaran realmente.
Cada función aborda temas diferentes y cambia según el público. Han hablado sobre los mitos de la sexualidad, las expectativas creadas por la pornografía, las fantasías, los fetiches, los juegos, la comunicación erótica y la diversidad. A sus presentaciones han asistido parejas, grupos de amigas, integrantes de la comunidad LGBTIQ+ y personas que simplemente quieren aprender mientras pasan un buen rato.
Las reacciones y preguntas transforman cada espectáculo. Por eso, ninguna función es exactamente igual a la anterior y algunas personas regresan sabiendo que encontrarán una conversación distinta.
La risa como puerta de entrada
Una charla tradicional puede transmitir información valiosa, pero el humor tiene la capacidad de generar identificación y complicidad. Cuando una persona escucha en el escenario una experiencia que también ha vivido, descubre que sus dudas, inseguridades o equivocaciones no son necesariamente excepcionales.
“El público se ríe, pero muchas veces se ríe porque piensa: ‘¡Mierda, a mí también me ha pasado!’”
Esa identificación disminuye la sensación de estar siendo juzgados. También permite reconocer que muchas prácticas, expectativas y temores no surgieron de decisiones personales, sino de ideas que la sociedad repitió durante años sobre cómo “debe” vivirse el sexo.
Nos enseñaron, por ejemplo, que los hombres deben tomar la iniciativa, saber siempre qué hacer y estar dispuestos a tener relaciones sexuales en cualquier momento. A muchas mujeres, en cambio, se les educó desde el silencio, la vergüenza y la dificultad para expresar su deseo.
Aunque son presiones diferentes, terminan produciendo un resultado similar: personas que sienten que deben desempeñar un papel durante los encuentros sexuales, en lugar de descubrir y comunicar aquello que verdaderamente disfrutan.
Valeria ha observado que las mujeres suelen llegar a las funciones más dispuestas a participar, responder y hacer preguntas. Algunos hombres, por su parte, comienzan con cierta resistencia o con la actitud de esperar a ver “con qué les van a salir”. A medida que avanza el espectáculo, esa prevención suele disminuir y ellos también terminan participando y riéndose de los mandatos que han condicionado su sexualidad.
Hacer reír sin convertir la intimidad en una burla
Utilizar el humor para hablar de sexualidad exige reconocer ciertos límites. La vulnerabilidad de una persona, su cuerpo o una experiencia íntima no deberían convertirse en el remate de un chiste. Para Valeria, la regla es sencilla: el humor puede incomodar, pero no debería humillar.
Sextand-Up se permite reír de las expectativas absurdas que existen alrededor del sexo, de las contradicciones humanas y de todo lo que muchas personas hacen para quedar bien en la cama. Sin embargo, no utiliza la comedia para banalizar la sexualidad o ridiculizar al público. “Primero nos reímos de lo que nos pasa y después podemos preguntarnos por qué nos pasa”, señala.
Tampoco se obliga a nadie a revelar aspectos íntimos para participar. El objetivo es crear complicidad, no presión. Hay temas que admiten irreverencia y otros que necesitan un tono más cuidadoso. Saber diferenciarlos también forma parte de la responsabilidad de comunicar sobre sexualidad.

Sexpoderarse no significa seguir un nuevo libreto
Una parte importante del trabajo de Valeria está dedicada al crecimiento erótico femenino. Para ella, “sexpoderarse” significa convertirse en protagonista de la propia sexualidad: conocer el cuerpo, comprender cómo funciona el deseo, identificar lo que genera placer y adquirir herramientas para comunicar lo que se quiere, lo que no se quiere y aquello que despierta curiosidad.
No significa, en cambio, ajustarse a una idea predeterminada de mujer sexualmente liberada.
En tiempos en los que la libertad sexual también puede convertirse en una exigencia, Valeria recuerda que no existe una única manera correcta de vivir el placer. Una persona puede sentirse cómoda dentro de una relación monógama o no monógama; puede ser kinky o preferir una sexualidad más convencional; puede disfrutar de los juguetes, tener numerosas experiencias o llevar una vida sexual más sencilla.
Ninguna de esas elecciones determina, por sí sola, qué tan empoderada es.
“La diferencia está en la agencia: que puedas tomar decisiones informadas sobre tu cuerpo, tu placer y tu vida sexual, y que esas decisiones realmente tengan que ver contigo”, afirma.
Sexpoderarse implica dejar de interpretar un guion impuesto por otras personas. No se trata de cambiar un conjunto antiguo de obligaciones por uno aparentemente moderno, sino de construir una sexualidad propia.
Del “¿lo estaré haciendo bien?” al “¿esto se siente bien para mí?”
La sexualidad no está separada del resto de la vida. La forma en que alguien se relaciona con su cuerpo, establece límites, expresa sus necesidades y valora su bienestar también se manifiesta durante un encuentro íntimo. Por eso, en el trabajo de Valeria convergen temas que podrían parecer diferentes: autoestima, amor romántico, mindfulness, vínculos, erotismo y placer.
El autoconocimiento permite preguntarse cuánto de lo que hacemos responde verdaderamente a nuestros deseos y cuánto proviene de la necesidad de agradar, encajar o ser elegidos. También ayuda a identificar si estamos presentes durante el encuentro o demasiado preocupados por nuestra apariencia, nuestro desempeño o las expectativas de la otra persona.
“Podemos dejar de estar tan pendientes de ‘¿lo estaré haciendo bien?’ para empezar a preguntarnos ‘¿esto se siente bien para mí?’”
Ese cambio de pregunta modifica profundamente la relación con el placer. La experiencia deja de ser una representación destinada a cumplir expectativas y se convierte en un espacio de presencia, curiosidad y comunicación.

Cuando el placer se convierte en otra obligación
Las redes sociales ayudaron a romper años de silencio alrededor de la sexualidad, pero también han creado una nueva forma de presión. A diario aparecen instrucciones sobre la cantidad de sexo que debería tener una pareja, los orgasmos que debemos alcanzar, las experiencias que supuestamente necesitamos probar o las técnicas indispensables para mantener viva la pasión.
Incluso conceptos positivos como el autocuidado, la comunicación y la exploración pueden transformarse en exigencias cuando se presentan como recetas universales.
Valeria reconoce el valor de los formatos digitales para acercar información a muchas personas, pero advierte que un carrusel de Instagram no puede contener toda la complejidad de una vida sexual, una relación o una historia personal.
También plantea una diferencia importante entre compartir una experiencia y educar sobre sexualidad. Haber vivido numerosas experiencias sexuales no convierte automáticamente a alguien en especialista. La vivencia personal puede ser válida, inspiradora e interesante, pero una recomendación profesional necesita superar el “a mí me funciona”. La educación sexual responsable debe apoyarse en investigación, evidencia y conocimiento especializado, reconociendo que lo útil para una persona puede no serlo para todas.
La conversación que Colombia todavía necesita
Para Valeria, una de las discusiones más urgentes en el país consiste en definir qué entendemos realmente por educación sexual.
Hablar con niños, niñas y adolescentes sobre estos temas no significa sexualizarlos. Una educación adecuada para cada etapa de desarrollo permite enseñarles a conocer su cuerpo, reconocer límites, comprender el consentimiento, respetar la intimidad, prevenir violencias y pedir ayuda cuando algo no está bien.
La educación sexual tampoco se limita a explicar las relaciones sexuales. Incluye los cambios de la pubertad, la anticoncepción, el respeto, las relaciones afectivas, la diversidad sexual y las diferentes realidades familiares.
Valeria también considera fundamental conservar una perspectiva de género. Niños y niñas no siempre enfrentan las mismas formas de discriminación, violencia o presión social. Mientras muchas niñas crecen expuestas a la sexualización y a violencias particulares, los niños suelen recibir mandatos relacionados con la fuerza, el desempeño, la masculinidad y la prohibición de expresar ciertas emociones. Nombrar esas diferencias no busca dividirlos ni imponerles una identidad. Permite reconocer riesgos concretos y ofrecer herramientas de cuidado.
“La educación sexual no le quita inocencia a la infancia; le da herramientas para comprender su cuerpo, reconocer límites, respetar las diferencias y pedir ayuda.”
Conocerse antes de encontrar las palabras
Para una persona que quiere comunicarse con mayor honestidad en pareja, el primer paso puede comenzar a solas. Valeria propone revisar las ideas aprendidas sobre el deseo, el cuerpo, el orgasmo y aquello que supuestamente debe suceder durante un encuentro sexual. Luego invita a pasar de la mente al cuerpo: tocarlo, recorrerlo y descubrir su mapa erótico, entendiendo que las posibilidades de placer no se limitan a los genitales.
Conocer qué tipos de contacto, intensidad y sensaciones se disfrutan facilita la conversación con la pareja. Es difícil comunicar algo que todavía no se ha descubierto.
Hablar de sexo, además, no debería reservarse para los momentos de conflicto. La conversación puede formar parte del juego, la curiosidad y el descubrimiento mutuo. Puede comenzar al compartir lo que se disfruta, aquello que se quisiera repetir, lo que no interesa y las experiencias que producen curiosidad.
Que algo se mueva después de la risa
En un taller, Valeria puede recurrir a la escritura o a ejercicios experienciales. En una conferencia utiliza la información y la reflexión. En Sextand-Up, la puerta de entrada es la comedia. Aunque cambie el formato, la intención sigue siendo la misma: no limitarse a transmitir conocimientos, sino crear experiencias que continúen resonando cuando el encuentro termine. “No necesariamente tiene que ser una gran revelación; a veces basta con mirar de otra manera algo que durante años dimos por sentado”, dice.
Esa intención resume su trabajo: que nadie salga exactamente igual a como entró. Quizás una persona abandone el lugar con una herramienta práctica, una nueva pregunta o menos vergüenza. Tal vez simplemente descubra que puede hablar de sexo sin sentirse juzgada. En cualquiera de esos casos, algo habrá comenzado a cambiar.

Entrevista breve con Valeria DeBotas
¿Qué significa realmente “sexpoderarse”?
Sexpoderarse significa convertirse en protagonista de la propia sexualidad. Conocer tu cuerpo, entender cómo funciona tu deseo, descubrir qué te produce placer, desarrollar tu universo erótico y tener las herramientas para comunicar lo que quieres, lo que no quieres y aquello que te da curiosidad explorar.
No hay un estándar de libertad sexual. La cantidad o el tipo de vida sexual que tengas no determina qué tan sexpoderada eres. La diferencia está en la posibilidad de tomar decisiones informadas que realmente tengan que ver contigo.
¿Cuál es el límite del humor cuando se habla de sexualidad?
Para nosotras el límite está muy claro: el humor puede incomodar, pero no debería humillar. Podemos reírnos de nuestras contradicciones, de las expectativas absurdas que tenemos sobre el sexo o de las cosas que hacemos por quedar bien en la cama, pero nunca convertir la vulnerabilidad de alguien en el remate de un chiste.
¿Qué ideas aparentemente positivas pueden terminar generando presión?
Frases como “debes tener orgasmos”, “tienes que conocer perfectamente tu cuerpo”, “una pareja sexualmente sana tiene sexo determinada cantidad de veces” o “si te liberas sexualmente tienes que atreverte a experimentar”.
Incluso conceptos positivos como el autocuidado, la comunicación o la exploración pueden convertirse en una nueva fuente de presión cuando se presentan como recetas universales.
¿Qué esperas que alguien se lleve después de verte en escena?
Me gusta pensar que después de uno de mis espacios algo se mueve. No necesariamente tiene que ser una gran revelación; a veces basta con mirar de otra manera algo que durante años dimos por sentado.
Si tuviera que resumir lo que busco con mi trabajo sería esto: que nadie salga exactamente igual a como entró. Aunque el cambio sea pequeño. Aunque sea simplemente empezar a mirar su cuerpo, su placer, sus vínculos o a sí mismx desde otro lugar.

