¡Que vaina con esto de la moral!
Nos decimos libres, pero la moral nos llama, nos ata y nos condena a los gemidos en silencio, al voyerismo con puerta cerrada.
Hace algún tiempo me prometí que tendría mi primera experiencia swinger y aun no me cumplo la promesa. No es por que no se haya presentado ocasión, ni porque falte una persona con la que se pueda explorar esa ruta desconocida del sexo a muchas manos.
E simple y llanamente temor, ansiedad, el grito de la criatura oprimida por el qué dirán, si me pillan, si me reconocen, será que cuenta, y si lo publica...
La presión del otro nos condena; nos aprisiona.
¡Debería existir un swinger en el que entras a puerta cerrada, con máscara, luz bien bajita, para que casi a ciegas te puedas arriesgar!
Me entristece pensar que pasan los años y todavía hay una promesa que no me he podido cumplir. ¿Cuántos como yo andarán por ahí?








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