¡Qué infierno!
Dicen que el mundo es de los audaces; como si las personas tímidas no existieramos.
No me confundan: cuando encuentro un espacio cómodo y seguro para expresarme en libertad, ¡soy el diablo! Nada que ver con la imagen calmada y seria que me ha acompañado toda la vida.
Sin embargo, cuesta liberarse de años de ser tu mismo. ¿No te ha pasado?
Lo voy a plantear de esta manera: Ya no estoy en los 20 sino en los 40, me he separado tantas veces que me da pereza volver a empezar una relación, gano suficiente diner como para hacer lo que se me de la gana, las chicas que he conocido y con las que he isfrutado quedan satisfechas conmigo, tanto en mi vida cotidiana como en la cama. Soy, como cualquiera diría, un hombre exitoso.
Sin embargo eso no es cierto; al menos no en los asuntos del corazón y tampoco en el de las relaciones. La razón: no encuentro cómo vencer esa timidez inicial; esa sensación de que esa chica maravillosa, que te miró de reojo y que es tan tímida como tu se te va a escapar.
Aprendes a descartar a las lanzadas porque te intimidan.
Disfrutas en silencio. Incluso cuando los amigos con os que han salido hacen los comentarios más verdes, tu encuentras el modo de seguir delinenado con los ojos las torneadas piernas de la chica a la que quisieras abrirselas con pasión y delicadeza. Se te va... La labia inmarcesible de uno de los audaces la ha conquistado.
¿Acaso no habrá una mujer hecha a tu medida? Piensas mientras te vuelves sobre la tercera copa de whiskey que acabas de pedir...








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