La planta de la fresa es una rastrera que se da en los barrancos de los bosques de tierra fría. Cuando el ojo desprevenido la ve, en los caminos, piensa que es maleza. Y la ignora. Sus flores son blancas, simples, humildes. Pero sus frutos, casi insípidos, son bellos, exuberantes, bucólicos, voluptuosos.
Los frutos de la fresa evocan los labios rojos, fríos y suaves de la mujer en una tarde de niebla. Y esa evocación inmedatamente nos dispara a otros universos. Unos labios de mujer en la niebla invitan a la intimidad, a la ternura, a la tibieza de las sábanas. Entonces la fresa va cambiando su sabor. Ya no es maleza. Cuando menos pensamos, se ha convertido en la ambrosía de los muslos femeninos. Esa ambrosía que nos convierte en gérmenes de dioses. Por eso nos gustan las fresas.
Ignoro lo que pueda evocar una fresa en un cerebro de mujer, pero tengo la certeza de que algo evoca. A ellas les fascinan las fresas con crema de leche. Yo estoy seguro de que fue una mujer la que se las inventó. A un hombre nunca se le hubiera ocurrido una imagen tan complejamente explícita. Y ese gusto no puede ser por la simpleza de las fresas, ni por el ácido de la crema agria ni por las consecuencias finales que en su cuerpo dejará el azúcar que les da el sabor. Después de todo, en repostería hay platillos muchísimo más gustosos. Estoy seguro, pues, de que en ello hay alguna evocación inconsciente relacionada con el amor. Pero no soy yo el llamado a escribir sobre esa evocación. Solo una mujer valiente podrá hacerlo.








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