No me propongo aquí, más que hacer una crítica de la profesión más antigua del mundo, tratar de explicar brevemente por qué razón me inquieta el fenómeno no desde una perspectiva moral, sino económica. Primero es preciso hacer una primera aclaración muy importante y es que me considero abierta de mente, pero no de piernas. Segundo, y siguiendo una cita que hice en una ocasión anterior, me ratifico en que todas las mujeres debemos tener algo de puta, no en el sentido peyorativo de que un día tengamos que vender nuestro cuerpo por dinero, sino en su acepción menos cruda: admitir que por amor y a veces por puro placer, nos entregamos sin remordimientos ni taras de conciencia, sin miedos ni límites, porque un acto tan maravilloso no puede ser marcado por fronteras. En resumen, en la cama hay que estar dispuesta a hacer de todo. Pese a esta última afirmación, esto no quiere decir que dadas las circunstancias, un día considere canjear mi cuerpo por un fajo de billetes, porque como dice cierta publicidad ingeniosa, hay cosas que el dinero no puede comprar. Para este caso, la pasión ó el amor auténtico no tienen precio. Y todo lo que resulte fingido en ese contexto me repugna.
Dicho esto, voy a referirme a un artículo de la periodista María Jimena Duzán titulado "Las Putas Ricas" (revista Semana, 21 de abril de 2012) según el cual "El tráfico sexual es indigno para la mujer y empequeñece a la sociedad que pretende insertarla en su desarrollo, la misma que dice haberle reconocido finalmente sus derechos."
De acuerdo. El pago por un servicio sexual, reduce la condición de la mujer a la de objeto, y para el hombre disminuye su valía en la medida que habla mal de su autoestima e implica que éste ha sido incapaz de lograr una conquista que le permita satisfacer su instinto. ¿Excepciones? Por su puesto que las habrá: toda afirmación absoluta es peligrosa, inclusive ésta.
Otro aspecto interesante del mentado escrito es lo impresionantemente rentable que resulta el comercio de la carne por estos días en Colombia. La autora se atiene al siguiente dato: la suma que cobró la trabajadora sexual que atendió a un miembro del Servicio Secreto que cuidaba las espaldas del presidente Obama en Cartagena, basada en los módicos ochocientos dólares que cobraba por noche, le reportarían trabajando solamente tres veces por semana, la extravagante suma de dieciocho millones de pesos mensuales.
Otro hallazgo que hizo Duzán, es que a diferencia de la creencia popular de que las prostitutas tienen orígenes humildes y se venden por pura y física necesidad, en realidad hoy en día hay muchas ejecutivas que trabajan de día como tales, y en la noche se ofrecen como damas de compañía. Entonces, ¿es una profesión como cualquier otra? No. Sin embargo, puede ofrecer un margen de rentabilidad como ninguna otra. Entonces ¿es censurable? Tampoco. Pareciera que lo que realmente le preocupa a la periodista es que los ingresos de una "prepago" son superiores a los de una profesional trabajadora. Nótese que no digo "honesta" trabajadora, "honrada" trabajadora, ni cualquier otro adjetivo que tienda a etiquetar moralmente el antiguo oficio de meretriz. Que yo no lo sea, que no me agrade que los hombres las frecuenten, no quiere decir que tenga algo concreto en contra de ellas. De hecho, creo que deben haber pocos oficios tan difíciles como ese, en los que se exige tanto física como mentalmente. Acostarse con alguien que no le guste, desaseado, mal presentado, o con problemas de comportamiento, alcohol o drogas, puede arruinar por completo cualquier futura relación y/o la imagen positiva que sobre el sexo pueda tener una mujer.
En cambio, sobre las prepago de clase alta, aunque no tengo autoridad para censurar su comportamiento, representan un pequeño segmento del la profesión que merece más estudios y cuidado, pues me parece que pueden atraer turismo sexual y reflejan un problema grave de la sociedad, pues el hecho de que algunas mujeres se prostituyan por dinero sin necesitarlo, es grave indicio de la decadencia de la mujer y concretamente de la de "sociedad".
¿Me contradigo cuando pregono libertad sexual para la mujer, pero censuro a aquellas damitas bien que se entregan únicamente por dinero? No. Porque una cosa es entregarse a alguien que te guste, que desees, y otra diferente a hacerlo sólo por plata.
Modelos, presentadoras de televisión, ejecutivas que se van con el mejor postor, lejos de darme envidia me producen lástima.
Por último, y esta pregunta se la hago a los señores (heteros): si admiten que no hay nada de malo en pagar por las caricias de una linda jovencita de vez en cuando, ¿qué dirían si alguien del mismo sexo y que por su puesto les disgusta, les ofrece dinero a cambio de una noche lujuriosa?
Para leer el artículo completo aquí aludido, siga el enlace:








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