
¿Por qué les choca tanto a los hombres que sus señoras les sean infieles, y sin embargo ellos no tienen escrúpulo alguno para tener sexo con una dama de compañía o una amiga?
Atención a estas estadísticas, resultado de un estudio de la facultad de sociología de la Universidad de Florencia Italia (*): el 58%de las mujeres confesó haber sido infiel al menos una vez en la vida; el 65% admitió haber tenido una aventura de una noche, el 10% ha tenido simultáneamente una relación con su esposo y su amante; el 81% de las mujeres confiesa que coquetea con sus compañeros de trabajo y atención, dos de cada tres, tienen fantasías con ellos.
Dicho de otra forma y ateniéndonos a los datos arrojados por la investigación, más de la mitad de las mujeres ya cayeron o caerán en las mieles de la infidelidad en algún punto de sus vidas.Más de la mitad. Me atrevo a decir que una parte de aquellas que no son infieles, tal vez lo sean por falta de oportunidades.Y esto me lleva a concluir que el porcentaje todavía puede ser mayor.En resumen, las féminas somos tan infieles como los hombres, solo que nosotras lo sabemos hacer mejor.
Mujeres, saquen sus cuentas y respondan con honestidad a qué parte de las estadísticas pertenecen.¿Lo son por decisión o por falta de ocasión?Hombres, miren a sus esposas y novias y pregúntense ¿será que le doy todo lo que necesita? ¿Habrá ella sucumbido a la tentación? ¡Líbranos del mal!
Isabel Allende en su pequeña obra autobiográfica “El sexo y yo” (*), se refiere así a las relaciones extramaritales de cierta dama de alta sociedad:
“Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo.
Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña de casa -treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel- me llevó aparte y me dijo que sí le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después de almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas cómo ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser solo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos.
Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre "la mujer fiel". Todavía estoy buscando una que los sea por buenas razones.”
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