Sara Generosa Con Su Culito Lindo
Relato de comunidad Fantasíasschedule 8 min de lectura calendar_today Junio de 2009

Sara Generosa Con Su Culito Lindo

Siendo de origen modesto, conviví­a mi familia en la misma casa con otra familia, y yo, de apenas 19 abriles, en plena capacidad para el uso de mis facultades, estudiaba en la universidad, de donde llegaba los fines de semana. La otra familia estaba compuesta del marido, 3 hijos y la esposa. Esta....

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Siendo de origen modesto, conviví­a mi familia en la misma casa con otra familia, y yo, de apenas 19 abriles, en plena capacidad para el uso de mis facultades, estudiaba en la universidad, de donde llegaba los fines de semana. La otra familia estaba compuesta del marido, 3 hijos y la esposa. Esta ultima tenia un cuerpo de sueño, que la maternidad no habí­a, en absoluto, cambiado. Reconocerá el lector una de esas casas en que la gente, no por ser humilde, es menos trabajadora, cuando sepa que del lunes a viernes, durante el dí­a, todos los habitantes de la casa o estaban trabajando o estudiando fuera de la casa. Incluso por las noches, los que trabajaban durante el dí­a estudiaban hasta bien tarde. Mi madre era profesora en una escuela primaria, mi padre camionero, el señor, afortunado esposo de la señora del cuerpo hermoso, que llamaremos Sara para nuestro relato, era obrero en una fabrica de las cercaní­as, mientras que Sara ganaba también su vida preparando nuestra cocina y haciendo los quehaceres que nosotros no podí­amos por estar ocupados fuera de casa. En cada una de mis estadí­as, pasaba yo el sábado estudiando mis cursos sentado en la mesa del comedor común (única mesa disponible para estudiar) y charlaba con Sara mientras ella preparaba la comida para todos nosotros. En estas charlas la confianza se fue insinuando lentamente y al cabo de pocos meses ya nos contábamos detalles bastante í­ntimos, poniendo ella siempre cuidado en no llegar a una real amistad, guardando siempre ese espacio de secreto y de malicia que permite no dejar de ser un caballero si algo especial pasaba. En estas conversaciones le conté a Sara que hacia dos años estudiaba unas materias para ser kinesiterapeuta y poder trabajar en algo relacionado con mis estudios de medicina sin caer en los horarios de esclavo de los hospitales como enfermero de base. Ella de inmediato dirigió la conversación sobre los masajes y, como era de esperarse, al fin de semana siguiente en que vine, me pidió, una vez todo el mundo estaba fuera, que le hiciera un masaje porque le dolí­a la espalda. La llevé a una de las camas de una de las piezas del fondo de la casa y ella se quitó la camisa y los sostenes, mientras yo, muy profesional, miraba para otro lado. Ella se acostó y de su cuerpo de guitarra tuve la visión desnuda desde la cintura para arriba. Masajeé su espalda, no encontré ningún músculo que pudiera estar dolorido ni ninguna vértebra que produjese algún dolor. Se lo dije y ella me respondió riendo que igual le encantaba lo que le estaba haciendo. Ya liberado de todo sentimiento de culpa le hice un masaje relajador, con aceite de lino y terminé diciéndole que ir más lejos implicarí­a muchas cosas, a lo que ella rió. Se levantó muy natural, cubrió sus senos con sus sostenes y se puso la camisa y se fue a duchar. Durante el resto del fin de semana no se tocó de nuevo el momento privilegiado que habí­amos pasado, pero me miraba, cuando nadie la miraba, con mucha malicia. La semana siguiente vine desde el viernes y me instalé a “estudiar” desde las siete y media de la mañana, justo después del desayuno, despidiendo a todo el mundo muy amable. Dos horas después Sara me ofreció un tinto, que le agradecí­ y ella me pidió que le hiciera otro masaje, a lo que accedí­ si ella me hacia lo mismo a mi. Sara estuvo de acuerdo si yo le explicaba lo que debí­a hacer. Esta vez ella se quedo en cucos y yo le trabajé tanto las piernas como la espalda y luego, con mucha autoridad le pedí­ que se diera vuelta lo que ella hizo sin problemas. Trabajé sobre su pecho rozando poco sus senos, el vientre, la parte superior de las piernas y luego le dije que era mi turno. Ella se levantó con una sonrisa, se cubrió con una toalla mientras yo me quitaba la camisa y me acosté boca arriba. Cuando le explique como debí­a ser el masaje, me dijo que le seria más confortable si ella se colocaba sobre mi y se puso con una pierna de cada lado de mi cuerpo, arrodillada y sentada sobre mis muslos, sin esperar mi respuesta. Abrí­ los ojos y la miré intensamente sin que ella esquive la mirada, mientras me sobaba el pecho. Debo confesar que a los pocos minutos mis manos subieron por sus brazos y al no sentir ninguna reacción negativa de su parte tomé su cabeza para darle un beso que ella respondió con mucha pasión. Esta fue la primera vez que hicimos el amor Sara y yo. La toalla que ocultaba mal sus senos terminó pronto en el suelo, al igual que sus cucos y mis pantalones. Tal vez por mi falta de experiencia solo besé sus pechos unos momentos y luego ella misma me pidió que la penetrara llevándome hacia ella que se habí­a recostado a mi lado. Durante unas dos horas nos dimos gusto, comenzando en la posición del misionario, pero siendo ella mayor que yo y que tenia mucha más experiencia, rápido cambió de posición y pude ver entrar mi pene entre sus labios bulbares abiertos sin que ninguna otra parte de nuestro cuerpo se tocara, ella en cuclillas, sentada sobre sus talones, se levantaba y descendí­a, apuntando su vagina a mi pene. En este caso era el blanco quien descendí­a hacia el proyectil.. Después de haber gozado unos instantes de ese espectáculo le acaricié los senos y por momentos bajaba su cabeza para besarle sus labios que entre abiertos jadeaban al ritmo de su gimnasia. Incluso cuando se inclinaba hacia mi para que nuestras lenguas se acariciaran, su cintura seguí­a el mismo movimiento que me hacia entrar y salir de su cuerpo ardiente sin parar. No creo necesario insistir que estaba tan excitado que mi pene era un mástil erguido y feliz de entrar y salir de esa vaina húmeda y acogedora. La hora en que el esposo y los otros llegarí­an para almorzar acercaba y ella, luego de varios orgasmos silenciosos, me pidió que eyaculara. Luego se levantó, recogió su ropa y se fue a duchar y yo, un poco tí­mido, esperé que saliera del baño para hacer igual. El resto del fin de semana pasó sin que nos miráramos a los ojos más que lo necesario para que no se notara que nos evitábamos. En mi mente, sin embargo, pasaba la visión de ese cuerpo que hundí­a mi pene en su sexo en una gimnasia deliciosa. Desde luego que toda la semana me distraí­a en las clases no tanto el recuerdo como los planes que yo hacia sobre la manera de hacerle el amor a mi regreso. El sábado siguiente me instalé a la mesa y ella comenzó a preparar la cocina, y al cabo de unos instantes, no soportando la electricidad en la atmósfera, me levanté y caminé hacia ella. Cuando me vio acercar, Sara se retiró a la parte de la cocina que no se veia desde la ventana y me sonrió. Luego de otro beso apasionado, me pidió que esperara un segundo, apagó las estufas y me dijo que fuera a la cama que se encontraba en la pieza que nadie mirarí­a incluso si se subí­an por la tapia que separaba las casas al fondo. Hicimos el amor, esta vez con mucha fantasí­a, pero su toque secreto siempre era ella sobre mi, demostrando su agilidad. Sus pechitos recibieron esta vez mis labios y sus muslos mis caricias y mi orgullo las veces que ella se hundió profundamente mi pene, con el corazón latiendo fuerte, la respiración agitada y una sonrisa deliciosa en sus labios y con el pelo que le ocultaba por partes su carita. En el almuerzo fuimos mucho más naturales, charlamos todos sin problemas ni temores, en conversaciones en las que su marido entró con mucho humor. Por la tarde, cuando la casa se vació de nuevo, luego del almuerzo, yo estaba recostado recuperando del ejercicio matinal y digiriendo la comida, cuando ella golpeó a la puerta, entró, se acercó despacio a mi cama y me preguntó si yo ya lo habí­a hecho por el “chiquito”, como se le llama al ano en mi tierra. Delante de mi respuesta negativa ella guardó silencio y yo desde luego insistí­ con “¿porqués?” insistentes. A lo que ella respondió lo que yo no esperaba, en mi inocencia, escuchar: “porque si quiere..”. Delante de mi afirmativa ella se quito el pantalón y los cucos y se acostó a mi lado boca abajo. Reconozco que en mi falta de experiencia yo no habí­a visto lo hermoso que era su culito con unas nalguitas perfectas, ni muy grandes ni muy pequeñas. Las acaricié mientras mi pene se llenaba de sangre y al separar ella sus piernas vi el objetivo que me esperaba que sin haberse abierto mucho palpitaba invitándome. Entré en ella luego de haberme lubricado con saliva y dejé que sus nalguitas vinieran hacia mi para introducirme poco a poco en su chiquito. Luego de entrar en ella a fondo le pregunté que hacer y con la cara un poco fruncida por el dolor me pidió que esperara un poco y después que entrara y saliera como haciendo el amor. Fue la primera vez que sentí­ sus nalguitas venir a encontrar mi pelvis, y tuve el placer de salir para ver como su esfí­nter quedaba abierto para recibirme de nuevo. Esta vez vine mucho más rápido y sus jadeos se aceleraron cuando la llené con mi esperma. Fuera de su cuerpo que aceptaba mis envestidas, recuerdo tan solo cuando ella volteaba la cara para besarnos. Nunca olvidaré este momento y si ella lee este articulo sabrá reconocerse, esté donde esté, y que sepa que ese momento ha llenado muchas de mis fantasí­as durante muchos años.

— gerardo91000

10 de junio de 2009

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gerardo91000

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Comentarios

1 comentario

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  • sexymedellin
    sexymedellin · 11 de nov de 2007

    Esta es una de esas historias que da gusto leer. Claro es una historia sinilar a la que vivimos muchos y quizas por eso nos trae gratos recuerdos.

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