Los Amigos De Infancia
Relato de comunidad Fantasíasschedule 18 min de lectura calendar_today Junio de 2009

Los Amigos De Infancia

Regresé a mi pueblo después de muchos años de ausencia y, desde luego, fui a visitar a mis amigos de infancia. Entre estos estaba Gustavo, de familia muy conocida en mi localidad, y su esposa Mary, una de las pocas amigas de mi juventud. Nuestra amistad se reanudó como siempre, muy cálida,....

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Regresé a mi pueblo después de muchos años de ausencia y, desde luego, fui a visitar a mis amigos de infancia. Entre estos estaba Gustavo, de familia muy conocida en mi localidad, y su esposa Mary, una de las pocas amigas de mi juventud. Nuestra amistad se reanudó como siempre, muy cálida, como si nunca me hubiese ausentado yo. Como Mary, al igual que Gustavo, no me habí­a visto desde el dí­a que me habí­a ido, me abrazó con fuerza y me dio un enorme beso en la mejilla. No dejé de sentir sus senos voluminosos contra mi pecho y pensé en lo afortunado que era Gustavo habiéndose casado con esta amiga. La abracé yo también, le contesté a su beso y nos separamos para seguir charlando. Se habí­an casado hace unos años, tení­an un hermoso bebé y eran felices. Durante el mes siguiente no pasaba una semana sin vernos, e incluso me sorprendí­ a desdeñar salidas con chicas, porque era el dí­a de mis amigos. De esta forma me sentí­, como sucede a menudo en mi pueblo, haciendo parte de esa modalidad de “familia” que consiste en unos cí­rculos concéntricos, primero la casa, luego el “barrio” (a cuya fidelidad se forma uno desde la infancia, haciendo parte de una “barra”), y luego “el pueblo”, que por grande que sea, siempre es un pueblo en nuestros corazones. Todo el mundo sabí­a que éramos amigos, nadie “reparaba” que yo saliera con Mary, y esas cosas. Incluso cuando nos í­bamos a “tomar”, ella y yo, salí­amos a discotecas en donde siempre nos encontraban una mesa lejos de la música, para que pudiéramos charlar, y si alguien nos conocí­a, nos hací­an un saludo, con una sonrisa, y nada más. Para todo el mundo habrí­a sido absurdo que Mary y yo hiciésemos algo “indebido”, ya que nadie poní­a malicia a que nos visitáramos en nuestras respectivas casas. A este propósito, yo me alojaba en un apartamento amoblado en un edificio muy céntrico, con garaje. Un dí­a me sorprendió la ceremonia con que Mary y Gustavo me invitaron a salir, esa noche, pero debo aceptar que ese tipo de “ceremonias” hacen parte de las rarezas de mi pueblo. Llegamos a un restaurante muy tí­pico, mis amigos saben que aprecio la comida ancestral, y nos llevaron de inmediato a una choza india, de esas que tienen techo y paredes de paja, con puesto para cuatro personas, completamente aislada. Se usan sobre todo cuando se desea mucha intimidad, porque el acceso se hace por un caminito de piedra, propio para cada chocita, y el servicio se llama apoyando en un botón y avisan cuando van a entrar con el tradicional “¿se puede?” a varios metros de la entrada. Cuando se quiere charlar, o algo así­, en paz total, se suele ir a estos sitios. Luego que el patrón viniese a saludarnos, lo que aumentó la “importancia” de la reunión, nos trajeron los aperitivos, tomaron el pedido y cuando los platos fueron servidos, el patrón nos abandonó y nadie más vino, por el momento. Charlamos de cosas varias, sin mayor importancia y al terminar de cenar, postre incluido, Mary apoyó en el botón del servicio, pidió a la dama que se ocupaba de nosotros, de autoridad, los tres tintos, una botella de aguardiente y un jarrón de limonada. Entrábamos de lleno en la tradición y en el motivo real de la cena. Nos trajeron los tintos, el aguardiente, Blanco del Valle, desde luego, el jarrón de limonada en una jarra de barro, las copas eran copitas de barro pequeñas y los vasos para la limonada en “mate”. El serio del servicio, el silencio mientras disponí­an las cosas, me recordó esas ceremonias tan nuestras y que el foráneo toma mí­nimo una generación en comprender. Al terminar de servir, la señora que lo hací­a preguntó “¿algo más?”. Gustavo y yo nos quedamos en silencio, como era de rigor, y Mary, la dama de la reunión, contestó con “todo está perfecto, gracias”. La dama inclinó ligeramente la cabeza, le contestamos de igual manera y salió de la choza. Después de los tintos Mary sirvió el trago. Brindamos, nos lo tomamos y mi amiga abrió la charla real. “Gerardo, ¿cuánto nos quieres?”. Le contesté como se debí­a, recordando mis mejores amigos de infancia, haciendo hincapié que Gustavo hacia parte de ellos, y que con Mary no pasaba una semana sin vernos. Ella sirvió otro trago a todos como para tomar coraje, y me dijo que yo tenia una fama de “bueno en la cama”. Ante mi silencio ella me pidió mi opinión. Le contesté que desde muy joven no trataba yo de tener solo sexo con las damas, que trataba de hacerles el amor, de buscar darles ternura, de recibir la que me dieran y que mi objetivo era darles el mayor placer posible. Si una dama comprendí­a lo que yo le estaba dando, bastaba con que ella hiciera lo mismo, y todo se pasaba de maravilla. Mary sonrió, sirvió otro trago y siguió: “¿y que opinas de hacer el amor con una amiga?” Le dije que la situación presentaba una ventaja y un inconveniente. El inconveniente mayor es que la amistad se puede dañar, la ventaja es que además de conocernos mucho, el darnos ternura sexual seria solo otra forma de comunicar la ternura ya existente. Ella me miró muy seria y me dijo “no, la amistad no se dañarí­a, pues seria con la participación de mi marido, y como sabes, la semana próxima es mi cumpleaños, Gustavo quiere hacerme ese regalo, ¿me lo quieres hacer tu también?” El silencio se instaló entre nosotros mientras ella me miraba intensamente y su mano buscó para apretarla, , como buscando apoyo moral, la mano de su esposo. Lo miré a él, quien me miró sonriendo y me dijo “fuera de toda fantasí­a, me pareces la persona más indicada, si mi dama te parece merecerlo”. Puse mi mano abierta, la palma hacia arriba, Mary puso la de ella en la mí­a, la llevé a mis labios, y dije, “nada si la amistad se daña, todo si es para nuestro gusto, y Mary se merece todo lo que ella pueda desear”. Terminé con un poco de humor, diciendo que mi cumpleaños, aunque no era ni el mismo dí­a, ni el mismo mes, se verí­a complacido también. Y mirando a Gustavo le contesté, “esta dama se lo merece, y solo el respeto me obligaba a no mirar demasiado sus encantos”. Todos nos sonreí­mos, Mary me apretó la mano, me tomó la cabeza y me dio un beso en la mejilla, diciéndome “dentro de poco será en la boca”. Nos soltamos las manos, Mary sirvió otro trago que nos tomamos, vaciando la copa y poniéndola fuerte sobre la mesa y ella concluyó con “vamos a ir a un chalet al lago Calima, este fin de semana, para festejar mi cumpleaños, ¿quieres venir con nosotros?” Acepté y decidimos que pasarí­an a buscarme el viernes por la tarde, a la salida de nuestros respectivos empleos. El resto de la velada pasó contándonos que hace mucho tiempo Mary tenia la fantasí­a de ser homenajeada por dos caballeros, que nunca lo habí­a hecho y que los dos contaban conmigo para que les indicara que hacer. Nos reí­mos diciendo que yo seria el “maestro de ceremonias” y charlamos de esas cosas como los amigos que siempre hemos sido. Como era martes comprendí­ que si yo veia un reparo cualquiera a nuestro encuentro, me bastarí­a con encontrar “algo que hacer” para el fin de semana, e igual de la parte de ellos. Solo dije que quedaba impaciente en la espera del viernes. Mary se ruborizó un poco, diciendo que ella también y Gustavo completó que eso también habí­a sido su fantasí­a. Me llevaron a mi casa, besé la mejilla de Mary, y subí­ a mi apartamento donde me acosté tratando de buscar el sueño. Al dí­a siguiente por la noche, estaba yo leyendo en mi casa cuando el teléfono sonó. Era Mary, quien me preguntó como lo habí­a pasado en la velada, le respondí­ que me encantó y que solo esperaba que fuera viernes. Me contestó que ella también y que si no hubiese sido conmigo, no habrí­a sido con ningún otro. Le prometí­ que tratarí­a de ser lo que ella esperaba a lo que respondió con un encantador “sé tu mismo, es todo lo que pido, un beso” y me colgó no sin antes decirme que fuera a un laboratorio para hacerme los exámenes necesarios para evitar el uso de plásticos. Al amanecer fui al laboratorio que Mary me habí­a indicado en donde me tomaron la sangre, una muestra de orina y un frotis de la punta del pene, diciéndome que el resultado estarí­a disponible el viernes por la mañana. En el resto de la semana me preparé, busqué un buen vino y un coñac de un pequeño productor francés, que en Colombia solo se encuentra en mi pueblo, y me llené de paciencia. Por fin llegó el viernes. Salí­ temprano de mi casa, fui al laboratorio en donde me dieron los resultados, yo estaba libre de toda enfermedad. Me escapé del trabajo muy temprano también, llegué a mi casa, me bañé y me preparé a esperarlos. A las cinco y media timbró el teléfono. Era Gustavo, quien me saludó y me preguntó si yo estaba listo. Le respondí­ por la afirmativa y me dijo, “ya llegamos”. Pocos momentos después timbraron abajo y les dije que bajaba de inmediato. Llegué, ellos estaban en el carro, Mary conducí­a, coloqué mi maletí­n atrás y me subí­ al puesto que me habí­an reservado, adelante, al lado de Mary. La saludé de beso en la mejilla y arrancamos. Ella llevaba una falda que de pie le debí­a llegar a la rodilla, una blusita llena con sus lindos pechos dejando el ombligo al aire y unas zapatillas de correas blancas. Cuando miré su calzado se rió y me informó que tenia otros más adecuados con las maletas. Al arrancar el viaje, ella me pasó dos sobres, del mismo laboratorio que aquel a donde yo habí­a ido, en donde informaban que ni ella ni Gustavo tení­an enfermedades contagiosas de transmisión sexual, yo les di el mí­o, que Mary pasó a Gustavo para que lo leyera y él, después de leerlo le dijo, “mujer, te haremos feliz y no tendrás ninguna enfermedad”. Después del peaje entre mi ciudad y Buga, ella me miró con picardí­a y se “rascó” la pierna subiéndose la falda a medio muslo para hacerlo. Dejó la falda en esa posición, mostrando sus lindas piernas y Gustavo riendo me preguntó si no me escandalizaba el espectáculo, a lo que respondí­ que la belleza no es nunca escandalosa. Reí­mos y seguimos conversando, con ciertas caricias de Gustavo a la nuca de su esposa, de ella sobre mis piernas, y mí­as sobre las de ella. Se convirtió en un juego que ella tocara mis piernas al pasar los cambios del campero. Por fin llegamos, muy serios nos bajamos del carro, entramos en el chalet, que pertenecí­a a algún amigo de ellos. Al entrar, Mary soltó sus maletas y riendo me empujo hacia una pieza en donde habí­a una cama muy ancha, de esas que se ven en Italia. Me mostró el closet y me dijo, cual tomas, tiene tres puertas. Le dije, escoge por mi, y ella mostrando la del extremo, contra el muro, me dijo “ese”, y comencé a poner mis cosas dentro. Gustavo llegó con las maletas de ellos y comenzó a poner sus cosas en la parte del closet a la otra extremidad, mientras que Mary poní­a las suyas en el del medio. Sonreí­ pensando en las significaciones de su acto. Nos pusimos todos a preparar la comida y antes de servir, la dama nos pidió que nos bañáramos y nos preparáramos para la cena. Regresamos a la habitación y para mi agrado Mary comenzó a desvestirse, nos desnudamos, mientras Gustavo y yo nos afeitábamos, Mary se duchó, salió de la ducha, se secó charlándonos y por el espejo observé, esta vez sin disimular mi mirada, que sus redondos senos se tení­an erguidos aun en ausencia del sostén. Gustavo pasó a la ducha, y yo me lavaba los dientes y miraba a mi linda amiga por el espejo. Ella se dio cuenta, me sonrió, se seco la espalda mirándome y dejó la toalla en su sitio antes de salir del baño. Volteó la cabeza a mirarme y movió sus nalgas de forma provocante un instante sonriéndome y se fue a vestir. Al salir Gustavo de la ducha entré yo, salí­ y terminamos de vestirnos los tres para pasar a la cena. Mary vistió, sin sostenes, un vestido de una pieza, rojo, cruzado sobre sus pechos y anudado en la nuca, con una falda a media pierna, calzando unos zapatos de tacón alto. Los dos caballeros nos pusimos pantalón de paño y camisas guayaberas. En la mesa, mi puesto fue al frente de Mary, con su marido a su lado. Durante la sena, catando el vino y comiendo, sentí­ el pie de mi amiga que me acariciaba las pantorrillas. Terminamos de cenar y abrí­ el coñac mientras ellos preparaban los vasos en el salón del chalet. Cuando me fui a sentar Mary me mostró el puesto a su lado en el diván grande, con Gustavo ya sentado al otro lado. Puse la música y serví­ el coñac. Al segundo vaso, la nena puso su cabeza en mi hombro, y alargo su mano en busca de la mí­a, mientras que con la otra tomaba la de su esposo. Viendo eso, le pregunté como harí­a para tomarse su trago, y ella contestó con una vocecita de nena mimada “ustedes me lo dan”. Gustavo tomo un poco en su boca, la besó y dejó pasar su coñac a la boca de su señora. Ella después de eso puso su cabeza en mi hombro de nuevo, y yo le besé la frente. Los tres charlábamos de cosas y otras, fingiendo la indiferencia delante de la situación. A los pocos minutos ella me pidió que le diera coñac, yo tomé su vaso, puse un poco en mi boca, ella enderezó su cabeza para facilitarme las cosas, me ofreció sus labios que besé suavemente, sentí­ como se abrieron, y vertí­ el alcohol acompañándolo con mi lengua. Ella lo recibió, su lengua acarició la mí­a y respondió mi beso con una respiración profunda que levantó su pecho amenazando de hacer salir sus pechos del alto de su vestido. Miré por encima de su cabeza a Gustavo, quien me sonrió y me dijo, “ataquemos hermano” acariciando una de las piernas de su dama. Yo me di vuelta y completé mi beso con un abrazo sobre los hombros de Mary. Ella se detuvo un momento y me pidió que pusiera música para bailar, le pregunté qué querí­a y ella, sonriendo pidió boleros. Me levanté pues a poner la música, no olvidemos que en el Valle todo se hace bailando. La saqué a bailar y ella se apretó contra mí­, poniendo sus brazos alrededor de mi nuca y seguimos ese beso que habí­amos comenzado con el trago. Después de mí­ bailó con Gustavo, quien al besarla le acaricio los senos. A mi turno, luego de un pequeño descanso alcoholizado con un sorbito de alcohol, cuando bailábamos le pregunté como se sentí­a y me dijo “excitada” y me cerro la boca con sus labios. Lancé mis manos hacia uno de sus senos y le pregunté si podí­a, a lo que ella dijo en voz baja “sí­, por favor”. Pasando mi mano por entre la tela que serví­a de blusa, sentí­ por la primera vez la suavidad de la piel de sus senos, acaricié su punta hasta sentirla crecer y endurecerse por mi acción y la tomé de la mano para llevarla a sentarse al terminar la canción. Gustavo la recibió con un beso y la sacó a su turno a bailar, acariciándole su pecho y dándole besitos. A un momento le susurró algo y ella asintió. Él subió sus manos y deshizo el nudo que el vestido hací­a en su nuca, para mantener su parte alta, retirando las dos tiras que ocultaban los pechos de la dama. Al sentarse a mi lado, esta me preguntó si me gustaban sus teticas, y le contesté que daban ganas de besarlos, a lo que ella contestó con un muy tí­pico “¡y que esperás, mirá, vee!”. Me agaché y comencé a lamer esas teticas divinas, separándome de ella para dejarle el puesto a su marido, quien, conociéndola bien, las apretó produciéndole suspiros de excitación a mi amiga. Cuando fue mi turno la besé en la boca, le malaxé de igual esos senos que mis manos no abarcaban en totalidad, sintiendo su firmeza y desprendiéndome de los labios de la linda para chuparlos con pasión. Cuando Gustavo comenzó su turno de caricias a los senos, yo bajé, le levanté despacio la falda, de ella misma levantó su trasero para que yo bajara su tanguita, separó sus piernas y se recostó un poco facilitándome la vista de su cuquita. Esta estaba ya mojadita, y yo comencé a lamerla a su alrededor, como para limpiarla, y luego se la lamí­ a su largo, desde la lí­nea que va a su ano hasta el clí­toris que estaba ya un poco aparente. Al hacer esto sus caderas comenzaron a moverse, e insistí­ hasta que ella me apretó la cabeza con sus piernas a su primer orgasmo. Miré hacia arriba, y ella apretaba la cabeza de su esposo en un beso apasionado mientras él le acariciaba los senos. Una vez que su respiración se calmó un poco, toqué el brazo de Gustavo, y este se puso a su turno de rodillas para honorar con su lengua la cuquita de su esposa, yo subí­ para besarla, en la boca y en los senos. Antes de que ella llegara al orgasmo, Gustavo se levantó y comenzó a desnudarse, yo me enderecé también y la tomé de las manos levantándola y llevándola a la cama. Le retiré su falda y los zapatos como si fuese un bebe y la recosté en la cama completamente desnuda. Gustavo llegó desnudo, se acostó a su lado y ella se volteó para besarlo, dejándome admirar su trasero. Yo me desnudé en pocos segundos, me acosté también y comencé a acariciarle las nalgas. Ella se volteó hacia mi, y mientras nos besábamos sentí­ su mano deslizarse hasta mi pene, que la recibió con un saludo muy militar de “firmes”. Mientras tanto sus pechitos erguidos se apretaban contra mi pecho, salvo cuando mi mano los acariciaba. En estas ella levantó su piernita y sentí­, por su suspiro, que su marido la penetraba. En estas, Mary me empujó para ponerme boca arriba, e inclinó su cuerpo para tomar mi miembro en su boquita, me lamí­a la punta o se lo tragaba hasta el fondo. Cuando ella tuvo su orgasmo, Gustavo activaba su clí­toris con su mano libre y yo acariciaba sus senos. A pesar que sus largos cabellos ocultaba lo que hacia su boca, sentí­ como, al llegar ella al orgasmo me tragó en totalidad, quedando así­ durante varios segundos, muchos segundos, hasta que ya apaciguada ella me sacó de su boca para respirar. Besó a su esposo agradeciéndole el haberle hecho el amor, y cuando se acostó con su cabeza sobre mi pecho, yo le besé la frente agradeciéndole su mamadita. De esta forma dejamos pasar unos minutos, Gustavo fue a buscar el trago, agua en botella y charlamos, gozando de la desnudez del otro y de la nuestra. De vez en cuando, como si fuera un accidente, Mary tomaba unos pocos instantes el pene del uno o del otro con su mano. Estando los dos caballeros muy excitados, nuestros penes no perdí­an de su erección a pesar de la espera. Ella nos confió que nunca se habí­a tomado el semen de nadie, a lo que Gustavo comentó con una cara de mártir que era verdad. Mary dijo al fin que para ser una primera vez, ella se tomarí­a el de los dos. Dicho esto, me besó en la boca y se acostó sobre mí­ y deslizándose hacia abajo se penetró con mi pene, todo sin abandonar mi boca, que ella penetraba con su lengua. Gustavo se sentó al fondo de la cama para ver su esposa haciendo el amor conmigo. Lo hací­amos con mucha dulzura, y yo acariciaba sus nalgas que poco a poco aceleraban su bamboleo para entrar y sacar mi pene de su sexo. Después de unos minutos ella se sentó sobre mi y yo acaricié sus senos mientras sus quejidos, en voz baja, se aceleraban. A un momento me miró y me preguntó si yo la esperarí­a a lo que asentí­. Se dio vuelta despacio, esperando que mi pene se adapte a ese cambio de posición, hasta quedar dándome la espalda. Al ver sus nalguitas ofrecidas de esa forma, yo comencé a acariciar su ano, suavemente, y ella se inclino un poco hacia delante, permitiéndome introducir despacio unos de mis dedos. Fue en esta posición, con mi dedo entrando y saliendo de su ano que ella nos regaló de nuevo con un orgasmo. Gustavo se puso de pie en la cama, al frente de ella y su pene fue absorbido por la boca de Mary. Mientras yo tenia el espectáculo de los lindos globos de sus nalgas, mi pene entrando en su sexo y mi dedo en su ano, veia como su cabeza se esforzaba de arrancar un orgasmo a su marido. En un momento su cabeza se quedó inmóvil y su marido le tomó la cabeza, gimió y de toda evidencia se vació en su boca. Ella se lo tomó todo, y luego lo lamió hasta que su flacidez atestiguó de su satisfacción. Me miró volteando la cabeza y me dijo triunfal “¡lo hice!” y sacándome de su vagina se volteó completamente para agacharse en posición perrito y tomarme en su boca. De esta forma y gracias a sus caricias, sentí­ un calor nacer en mi cintura y cuando le dije, “me voy a venir”, ella me miró y tomó mi pene en su boca hasta el fondo, intensificando luego el va y viene de su cabeza. Cuando eyaculé ella me retiró a la entrada de su boca y saboreó mis lí­quidos seminales hasta que sus caricias me fueron casi dolorosas. Al levantarse de esa posición una gota de mi semen estaba al lado de la comisura de sus labios, cuando se lo dije, sacó la lengua y se limpió. Cuando se acostó a mi lado, emitió un “fue delicioso, nunca pensé que supiera tan rico” y se preparó a dormir, con su marido en un lado y conmigo en el otro. Fue de esta forma que terminamos la primera noche de este fin de semana, regalo para mi amiga. Dormimos como ángeles, y en otra ocasión les cuento como ella nos despertó en medio de la noche.

— gerardo91000

10 de junio de 2009

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gerardo91000

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