Los Amigos De Infancia-2
Relato de comunidad Fantasíasschedule 7 min de lectura calendar_today Junio de 2009

Los Amigos De Infancia-2

Nos encontrábamos durmiendo los tres, con Mary en el medio, entre su marido Gustavo y yo. Ella tenia su cabecita pegada a mi oreja, con una de sus manos sobre mi pecho, y el trasero pegado a los genitales de su marido, quien abrazándola le tomaba uno de sus lindos senos con la mano. Esta fue la....

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Nos encontrábamos durmiendo los tres, con Mary en el medio, entre su marido Gustavo y yo. Ella tenia su cabecita pegada a mi oreja, con una de sus manos sobre mi pecho, y el trasero pegado a los genitales de su marido, quien abrazándola le tomaba uno de sus lindos senos con la mano. Esta fue la visión que tuve en un momento en que abrí­ los ojos, le di un besito a mi amiga en la frente y seguí­ durmiendo, con la intención de hacerlo hasta bien entrada la mañana, creí­a yo. No sé cuanto tiempo después los movimientos de la cama me despertaron y al abrir los ojos me encontré con Mary que cabalgaba a su esposo con la cara mostrando placer, no ese placer intenso de la ví­spera, era sobre todo con mucha ternura. Al verme ella me sonrió, y separo la pierna del cuerpo de Gustavo para permitirme ver completamente como el pene de éste entraba y salí­a de su cuquita al ritmo de sus movimientos. Yo sonreí­, acaricié ese muslo que se habí­a desviado hacia mi, y me quedé mirándolos unos minutos. Ella se acostó sobre su marido y inclinándose un poco me dio un beso preguntándome si me habí­a despertado, a lo que le respondí­ “no mi amor, aun estoy soñando”. No sé hacia cuanto tiempo habí­an comenzado, pero Gustavo no tardó en terminar. Mary esperó que él mismo le diera un besito empujándola hacia mí­ para rodar hasta ponerse encima mí­o, acostada como un bebito sobre mí­. Nos besamos, con mis manos le acaricié las nalguitas, y luego ella se deslizó a lo largo de mi cuerpo, puso mi pene entre sus senos con el glande en su boca y de esta forma terminó por despertarme completamente. Cuando estuvo satisfecha de su trabajo, se sentó sobre mí­ penetrándose para buscar ese orgasmo que de toda evidencia no habí­a tenido. Yo le acariciaba sus senos, sus piernas y de vez en cuando ella se inclinaba para besarme. Gustavo se levantó para ir a la ducha dejándonos solos ese tiempo. Esta vez fue ella quien no tardó en tener su orgasmo, y nos pusimos a charlar, con mucha dulzura, ella desnudita acostada sobre mí­, mis manos acariciando su cuerpo y mi pene en su vagina. Nuestra charla se interrumpí­a solo cuando nos besábamos, y su cuerpo ondulaba dulcemente, saboreando lo que a muchas damas les encanta, un pene erecto en su interior después del orgasmo. Gustavo regresó de su ducha y entró en la conversación acariciando las nalgas su amada. Yo me dediqué pues a acariciarle las tetitas, no olvidemos que esos senos habí­an sido mi fantasí­a durante mucho tiempo y ahora yo no me cansaba ni de verlos, ni de acariciarlos ni de besarlos. Gustavo recordó algo y exclamó un “mira, vée, antes de regresar te haremos el amor al mismo tiempo, ¡ese chiquito no hay que olvidarlo!”. Yo sentí­ como Mary cerró sus paredes vaginales ante la idea, y me murmuró en el oí­do “¿quieres darme por el chiquito?”. Yo solo le contesté un lacónico “¿Ahora?” y ella asintió. Las paredes de su vagina comenzaron a palpitar alrededor de mi pene y sus jugos se intensificaron ante la idea de sentirme entrar por su puerta estrecha. Acto seguido me sacó de su vagina, empujó Gustavo para que él se acostara y ella en posición perrito se puso a besar el sexo de su esposo. Yo me levanté y cuando estuve detrás de ella, esta separó las piernas de Gustavo, poniendo las de ella entre las de su marido, abriéndolas también, y con la mano que no tenia a su marido la puso detrás para guiarme. Gustavo me pidió que esperara, abrió el cajón que se encontraba a su lado y me pasó un tubo de lubricante, con un “tampoco estábamos tan principiantes”. Me lubriqué y me acerqué al ano de esta linda mujer. Ella tenia las nalguitas un poco tensas, por lo que se las acaricié con una mano mientras que con la otra le acariciaba el clí­toris y el anito que palpitaba contra mi dedo. Al sentirla suficientemente excitada, puse al fin mi glande a la entrada de su chiquito, empuje despacio, sintiendo la primera resistencia de su esfí­nter a mi entrada. Cuando se dilató un poco entré solo la cabeza de mi pene y ella me empujo con su mano que se encontraba contra mi vientre, como pidiéndome que esperara. No solo paré, sino que se lo saqué, puse lubricante en su interior que quedó dilatado, me lubriqué de nuevo yo mismo y entré de nuevo tan solo la cabeza del pene y esperé, acariciándole todo su cuerpo mientras tanto. Sus teticas en esa posición daban toda su magnitud, como si lloviesen sobre mis manos y sus pezones se endurecí­an poco a poco. Su clí­toris me recibí­a cuando era su turno en mis caricias, pequeño pero erecto, y de forma expresiva su cadera bajaba al encuentro de mi dedo para facilitarme la caricia. De ella misma sus nalgas retrocedieron y mi penetración fue lenta pero continua. Cuando terminé de entrar Mary se quedó inmóvil, dudando para identificar sus sensaciones entre el dolor o el placer. Yo me retiré, me lubriqué de nuevo y entré de nuevo en ella. Esta vez sus nalguitas se alzaron como para recibirme adecuadamente. A pesar de todas las veces que le habí­amos dado placer, con la penetración anal sus suspiros comenzaron y de ella misma, balanceándose, aceleraba mis entradas y salidas en su ano. De forma desenfrenada yo entraba y salí­a de ella, mis manos la recorrí­an toda, su espalda, sus senos, su vientre, su clí­toris, sus nalgas, sus muslos, toda ella. Llegó el momento en el que sacando el pene de su marido de su boca, volteó la cabeza hacia atrás y me dijo un delicioso “¡duro!, ¡duro!, que quiero venirme fuerte”. Disciplinado obedecí­ esa orden, agarrándome de sus caderas o a veces poniendo mis manos en sus hombros para atraerla fuerte hacia mí­. A cada una de estas violentas envestidas ella lanzaba un grito de placer. Gustavo encogió las piernas, colocando los pies contra las rodillas de su mujer, y por la forma como le acariciaba la cabeza, comprendí­ que estaba por eyacularle en la boca de nuevo. Esta noche harí­a varias veces lo que no habí­a hecho en varios años de casado. Vi a Mary humedecerse un dedo con saliva y llevarlo al ano de su marido, quien se frunció ante esa invasión. Ella tanteó la cama a la búsqueda del lubricante, que yo abrí­ y cogiéndole la mano tanteadora, puse una dosis generosa del gel en ella. Al Gustavo plegar las rodillas con sus pies levantándose de la cama, como si pariera, comprendí­ que mi amigo habí­a sido penetrado por su esposa. El espectáculo nos gustó tanto a los tres, que pocos minutos después, Mary comenzó su orgasmo, hundiendo el pene de su marido hasta al fondo, lo que al bajar la cabeza le dejaba su trasero resignado a mis invasiones, seguida de Gustavo quien arqueó la espalda mientras vaciaba su semen en la boca de su esposa. Semejante situación me hizo eyacular a mi turno, y yo encerré con mis brazos el vientre de mi amiga, levantándola casi de la cama y de un empujón entré todo lo que pude en su culito. Nos quedamos unos momentos así­, hasta que Mary me pidió que se lo sacara, lo que hice despacio, y ella cayó como desmayada a un lado de su marido, con las piernas en posición fetal para no salirse de la cama. No habí­a notado, pero guardaba aun dos dedos en el ano de Gustavo, quien con una mano se los empujó fuera de él. Yo esperé unos momentos, luego la tomé de la mano para ayudarla a levantarse, y la llevé a la ducha. Ella se lavó las manos, se juagó la boca, nos cepillamos los dientes, y luego juntos nos duchamos. Me habrí­a gustado estar menos cansado para esa ducha, pero nos reí­mos prometiéndonos que la enjabonada que nos dábamos en ese momento “no valí­a”, que ya nos harí­amos una “en serio”, cuando no estemos exhaustos. Al regresar a la cama cogidos de la mano, Gustavo dormí­a profundamente y Mary y yo nos acostamos también, ella entre los dos, con su cabeza sobre mi pecho. Fue en esta posición que esperamos que Morfeo nos tomara entre sus brazos, hasta que el hastí­o de dormir nos despertase. Esta sensación de dormir con los sentidos apaciguados, la cabeza de mi amiga sobre mi pecho, su manito sobre mis genitales y su esposo, mi amigo, durmiendo placidamente al lado nuestro, será inmarcesible y su frescura y dulzura me acompañará tanto tiempo como yo tenga memoria. Tal vez les contaré el resto del fin de semana, aunque se imaginarán que el cuerpito de Mary fue honorado por los dos en varias ocasiones.

— gerardo91000

10 de junio de 2009

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gerardo91000

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