Cuando cursaba mis estudios en Europa conocí a una pareja muy amable que vivían cerca de mi casa, en realidad, cerca de la casa donde me arrendaban una pieza. La chica era hermosísima, de pelo negro, nada flaca, senos y trasero generosos, que ponía en valor su origen latino. Él no era rubio, muy simpático. Ella se llama Janeth y él Jean Pierre, para llamarlos de alguna manera. Después de varios meses de amistad ella me pidió que le diera clases de español, lo que facilitó que nuestra amistad fuera más grande. Una vez me preguntaron si me gustaría ir a pasar unos días con ellos a la montaña, en pleno mes de enero, es decir en lo más crudo del invierno. Unos amigos les prestaba el sitio y solo por el hecho de habitarlo nos lo dejaban disfrutar. El chalet se encontraba a unos 5 o 6 kilómetros del pueblo, separado de éste por una o dos montanas, con un camino que la nieve acumulada hizo casi imposible a acceder. Llegamos, y al visitarlo, comprobamos que había dos habitaciones en el segundo piso, la escalera de comunicación, y en el primero un salón grande, un comedor sin separación, bastante pequeño y la cocina. En el salón, como se imponía por la temperatura exterior tan baja, unos 20° bajo cero, una inmensa chimenea. Al lado del chalet, como en una continuación del andén cubierto por el final del techo empinado que se acostumbra en esas regiones, una especie de garaje guardaba la provisión de leña para todo el invierno. A unos metros de la casa otro edificio encerraba el sauna, un baño turco, el vestuario y la salita de relajamiento que acompaña estas instalaciones; cabe a éste se encontraba, semi enterrada en el flanco de la montaña, una construcción de cemento con las instalaciones técnicas de las pilas solares que remplazaban las tejas en todas partes, las baterías y el generador eléctrico con su reserva de gasolina, el todo frente a un pequeño lago que estaba cubierto por una espesa capa de hielo. Se comprenderá que con la nieve, las dichas pilas solares no funcionan durante casi todo el invierno, salvo si uno mismo se sube al techo para quitar la nieve, lo que no hace nadie. Yo tomé la habitación mas pequeña, dejando a Jean Pierre y a Janeth la pieza matrimonial, con una cama ancha de unos dos metros y larga de unos 2,20. Dejamos las maletas y fuimos a prender el equipo eléctrico y a lanzar el sauna, para que estuviese a la buena temperatura pocas horas mas tarde. Regresamos a la casa con dificultades porque una fuerte tempestad de nieve se había desatado, tan fuerte que ocultaba la casa que sin embargo se encontraba a menos de 10 metros. Llegamos contentos de la aventura y Janeth nos esperaba con un enorme café con calvados, un licor muy fuerte de manzana. En la alacena encontramos suficiente comida, tanto en latas como deshidratada, lo que nos permitió hacernos un buen almuerzo. Al ver que la nieve no mermaba, decidí ir solo a apagar el sauna, puesto que nada garantizaba que la instalación entera no se encontrara enterrada bajo la nieve en pocas horas. Con el equipo eléctrico tendríamos suficiente para bañarnos en casa y hacernos de comer. Al regresar, un dulce calor se instalaba en el salón, gracias a los radiadores eléctricos y a la chimenea que había prendido Jean Pierre. Preparamos el almuerzo que consumimos y nos fuimos a tomar una ducha (estos amigos acostumbraban bañarse varias veces por día, como si fueran de nuestra tierra) para encontrarnos pocas horas después. Ante la nieve que no dejaba de caer, estando en consecuencia incomunicados, me contaron que siendo el cumpleaños de Janeth, los regalos tendrían que esperar un tiempo más clemente, cuando podríamos ir al pueblo a hacer alguna compra. Sin embargo se felicitaron ante la reserva de leña, de alcoholes y de velas gruesas, que los propietarios habían tenido la precaución de guardar. Como la noche se acercaba ya, siendo los días de invierno muy cortos, donde anochece a las 5 PM, los dos hombres trajimos toda la leña que pudimos y luego, con música sonando, preparamos la cena para la cumpleañera. Para cenar prendimos velas, tanto en la mesa como en el salón, en los candelabros que en él se encontraban. La chimenea comenzaba a calentar mucho la casa y cuando propuse mermar la leña en la chimenea, Jean Pierre me dijo de un aire entendido que dejara como estaba. Con semejante calor, cuando bajamos para cenar, los buzos de lana no hacían parte de nuestra ropa. Janeth estaba divina, con una camiseta, una falda larga y sin las horribles medias de lana que visten las damas en esas latitudes cuando hace frío. Cenamos muy animados, sin desdeñar en absoluto el vino que abundaba en las reservas. Nos fuimos a tomar el café con alcohol en la sala, sentándonos en los sofás de cuero que llenaban el espacio. Charlamos y reímos como pocas veces lo había hecho con amigos y la música amueblaba nuestra tarde, mientras afuera la nieve no dejaba de caer con fuerza. El sentimiento de aislamiento participaba a crear la familiaridad entre nosotros. En estas, Jean Pierre saco su mujer a bailar, momento en que le comenzó a dar besitos. Yo la saqué a bailar a mi turno, solo boleros, ¡no les podía pedir que bailaran salsa! Entre las bailadas nos sentábamos y charlábamos. En uno de los momentos en que Janeth y su esposo bailaban, éste le susurro algo al oído a su mujer, y yo la vi enrojecer y apretarse a él dándole un beso en la mejilla. Al sentarse, Jean Pierre dijo en voz alta, dando cierta solemnidad a sus palabras, que no teniendo mucho para festejar a su mujer, tendríamos que hacerlo con lo que teníamos. Mil cosas pasaron por mi imaginación, pero hice el tonto respondiendo un diplomático “desde luego, ¡que es su día!”. Mis amigos comenzaban a acariciarse y a besarse cuando bailaban, lo que yo atribuía al alcohol, solo que al sacar a bailar yo a la linda dama, esta me abrazaba la nuca pegándose a mi sin que su marido dejara de sonreír e incluso me aprobara con su mirada. En estas, las manos del marido hurgaron la espalda de la dama, desabrochándole el brasier, que ella se quitó dándome la espalda. Al bailar yo con ella sentí como sus senos se moldeaban contra mi pecho y me permití suspirar de contento contra su oreja, a lo que ella respondió apretándose un poco mas a mí y dándome también un beso en la mejilla. Al sentarnos, Jean Pierre me preguntó sin ambages si me gustaba su mujer, ella me miró con una sonrisa un poco interrogadora al mismo tiempo y yo respondí con una sincera y rotunda afirmativa. El marido me dijo que hoy, para su cumpleaños, y puesto que yo tampoco le era indiferente, los dos la complaceríamos como ella lo deseara. Riendo brindamos con un estentóreo “¡como ella lo desee!”. Seguimos charlando de cosas diversas para disipar el silencio tímido que se instaló unos pocos segundos y la temperatura subió de varios grados no solo por la acción de la chimenea. Al sacar a bailar a la linda, la apreté abiertamente y ella se aplastó contra mi pecho muy libremente y le dije un “feliz cumpleaños” que ella respondió por un fugaz beso en mis labios antes de decirme “gracias”. Mientras estábamos en esto, su marido aumento la leña en la chimenea, poniendo troncos gruesos que duran mucho más tiempo. Al sentarnos, Janeth se sentó en el brazo de la butaca de su marido y este subió la mano entre sus faldas y le retiró sus pantis con una risa franca de la parte de él y una un poco tímida de la parte de ella. Él la besó y a acarició los senos y disimuladamente le levantó, poco a poco la camiseta, dejándola con los senos desnudos. De pronto él paró de besarla y le dijo que me diera un besito o yo me aburriría. Ella se levantó y caminó hacia mi, quien tenia los ojos centrados en sus deliciosos senos y solo por la vista periférica vi que la nena me sonreía. Janeth se sentó en mis piernas y comenzó a besarme y yo esta vez si me animé a acariciar esos senos que estaban libres de toda tela. Sentí como se excitó ante esta caricia y me pidió que se los besara, lo que hice con mucho placer. Se imagina el lector el gusto que sentí a acariciar con la punta de la lengua esos pezones que se erguían orgullosos, mientras los sedosos pechos me llenaban las manos. La damita se separó de mi, se arrodilló y me abrió la bragueta sacando mi pene que ya estaba erguido para comenzar a suministrarme una felación en la que alternaba engullidas profundas y lamiditas a la cabeza. Jean Marc se levantó sonriendo y se acercó por detrás de ella, deshizo el botón y el cierre que mantenían la falda en su puesto y procedió a retirársela. La dama, sin abandonar mi pene, le facilitó la tarea y se dobló ligeramente la espalda para que su maridito la besara confortablemente. Siempre sin abandonarme, ella me retiró los zapatos, los pantalones y los calzoncillos que ya estaban en mis rodillas. Una vez que yo estuve completamente desnudo, ella me abandonó, hizo levantar a su marido y procedió a desnudarlo, no sin mover su cuerpo de forma libidinosa, haciendo exagerados movimientos de sus nalgas que me excitaron al máximo, si era posible estarlo más aun. Nos tomó luego a los dos de la mano y riendo y besándonos nos llevó hacia las escaleras, que siendo angostas, ella pasó adelante pidiéndonos que la siguiéramos. Subimos pues esas escaleras, sin separar los ojos de las nalgas que nos precedían. Llegamos a la pieza de ellos, y ella se abrazó a mi y se acostó en la cama, abriendo las piernas me miró y me pidió que la besara. Yo me arrodillé, pues, y atraje ese cuerpazo hacia mí y comencé a gustar de sus jugos y con las manos acariciaba sus piernas, que aun no había tocado. Ella mandaba su pelvis a mi boca, al ritmo de su placer, y atrajo el pene de su marido a la suya para comenzar a darle una excelente mamada, que no había gustado aun. Cuando uno de mis dedos se pasaba por su ano, una de sus manos descendió rápida y me llevó a penetrarla. Como el paso fue difícil, llené mi dedo con sus jugos y lo entré en su ano, a lo que ella respondió levantando un poco sus nalgas y abriendo aun más las piernas. Luego de un buen momento, me pidió que parara y que me acostara, ella se puso sobre mi, se penetró cerrando los ojos cuando entré en ella y se agachó para besarme. Yo la apreté contra mí, cuando sentí que Jean Marc se acercaba a ella y luego comenzó a entrar en su ano. Yo la separé un poco y pude ver sus ojos cerrados, con los parpados temblando ligeramente, como si soñara, los labios formaban una sonrisa ligera y se mordía el labio inferior. Fue de esta forma que ella recibió la envestida del pene de su marido por su ano, ayudándolo con movimientos de arriba hacia abajo, que hacían que los dos penes entraran y salieran al mismo ritmo. Janeth se enderezaba, con sus orgullosos pechos desafiando la gravedad, besaba a su marido y regresaba a besar mis labios. Su cuerpo era recorrido por cuatro manos, su clítoris repleto de sangre recibía mis dedos que lo acariciaban delicadamente, sus muslos, sus senos, eran acariciados, sus nalgas recibían los choques del vientre de su marido y dos penes la llenaban completamente. La traté de golosa cuando le llevé un pulgar cerca de su boca y que ella lo chupo como lo había hecho con mi pene. Cuando le pregunté si veníamos, me dijo que esperáramos. Cuando ella tuvo de nuevo un orgasmo comprendí porqué quería que la esperáramos, pues sacando mi pene de su vagina, se arrodilló entre mis piernas, ofreciendo su culito en perrito a su marido, y me chupo y beso mi pene como nunca nadie me lo había hecho. Cuando le dije que estaba que me venia, me dijo con una sonrisa que lo hiciera en su boca, me acaricio con la mano que no estaba ocupada con mi pene los testículos y me tragó en entero cuando mis sobresaltos anunciaron la llegada de mi esperma. Luego de la primera sacudida saco mi pene de su garganta para ponerlo a la entrada de su boca, donde recibió mi simiente acariciando la cabeza de mi miembro con la lengua. Al terminar mis chorros ardientes, ella se retiró un momento, me miró sonriendo mientras tragaba y limpió con la lengua las pocas gotas que salían aun. Luego con delicadeza retiró a su marido de su ano y nos fuimos los tres a ducharnos. Ella nos enjabonó, nosotros la enjabonamos a ella, frotando suavemente su hermoso cuerpo y una vez completamente limpios, ella miró sonriendo a su marido y comenzó a limpiarme de nuevo, especialmente mi pene que froto y juagó de todo jabón, y chupó de nuevo un poco hasta verme en erección de nuevo. Cuando estuvo satisfecha de mi estado, me dio la espalda y se acercó a mi cuerpo, aprovechando yo para acariciarle los senos mientras seguía una caricia completa de mi pene con sus nalgas. En estas, se agachó y comenzó a chupar el pene de su marido, sin dejar de frotar sus nalguitas contra mí. Cuando llevé mi pene a la entrada de su ano, Janeth se limitó a separar sus nalgas con las manos para permitirme la entrada mas completa. Traté de entrar delicadamente, pero habiendo estado dilatada anteriormente por su marido, ella me tragó, me introdujo con fuerza, retrocediendo un poco. Comencé un va y viene en su ano, con una mano daba caricias a sus pechos y con la otra acariciaba su clítoris. Ella movía con gusto sus caderas, de vez en cuando una de sus manos acariciaba mis muslos y me pedía que la penetrara a fondo atrayéndome hacia ella, mientras que con la otra acariciaba a su marido y seguía chupándolo. Al cabo de poco tiempo vi como su marido le eyaculaba en la boca y después de habérselo tomado todo, cuando él se duchaba de nuevo, nosotros seguimos en nuestra fiesta. Salir y entrar en ese culito fue una experiencia deliciosa, sobre todo con sus gemidos y suspiros que me manifestaban que el placer era compartido. Una vez que los dos tuvimos nuestro orgasmo, nos abrazamos y nos duchamos los dos. Al salir abrazados de la ducha, su marido nos esperaba con un cocktail para cada uno. Cuando dije que me iba a mi pieza a dormir, ella me tomó de la mano y me acostó en la cama matrimonial, en donde pasamos la noche los tres, con ella al centro. Antes de caer en los brazos de Morfeo, pregunté si la fiesta se acababa al amanecer (pues ya no seria su cumpleaños) y ella, en un susurro adormilado dijo que las vacaciones enteras serian un excelente regalo para su fiesta, a lo que su marido contestó con un complaciente, “claro mi amor”. Aun hoy, cada vez que veo nevar, recuerdo nostálgico esas vacaciones en los Alpes y a la linda Janeth que satisfizo tanto sus fantasías como las mías.

Relato de comunidad Fantasíasschedule 12 min de lectura calendar_today Junio de 2009
Un Chalet De Invierno
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1 comentario
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login EntrarExcelente Gerardo, como te he venido comentando, cada vez escribes mejor, este relato se siente muy "sedoso", muy sosegado, me encantó la primera parte donde describes el paraje alpino, excelente descripción, me dió frio a pesar del calor que hay por acá, y bueno la redacción del encuentro de los amantes pues fué sublime como siempre. Te caracterizas por narrar las escenas de sexo con sinceridad y mucho respeto sobre todo por los sentimientos de las damas. Bien por esa.