Nunca comprenderé porqué se considera que el intercambio de parejas, los tríos y hacer el amor entre varios se considera tan “moderno”, cuando en realidad se practica desde hace siglos y siglos, y en todo caso desde mi más temprana juventud en mi tierra valluna. No puedo comprender tampoco el misterio que se le hace a la desnudez, cuando después de cortar la caña de azúcar durante 8 horas diarias, hombres y mujeres juntos, nos bañábamos, siempre juntos, en esas duchas compuestas de un tubo horizontal que se adelantaba del tubo principal, sin ningún púdico muro. En todo caso no recuerdo que alguien haya faltado de respeto a una nena que acaba de cortar varias toneladas de caña con el mismo machete que se encuentra tan cerca de ella. Siempre estábamos maravillados del cuerpo que se ofrecía, orgulloso y libre a nuestra vista, moldeado por esa dura vida, dura como el diamante y brillante como él mismo, pero aislado por ese vestido tan exigente y fuerte que es el respeto. Veíamos pues sin tocar, sin comentar lo visto, salvo si se trataba de una amiga. Cuando la damita en el baño era la amante de alguno, éste hacia esfuerzos por no mirarla y soportaba las burlas amistosas de los otros. Tampoco imagino a tales nenas negarse el placer de estar con el hombre que ellas pudieran desear y si estos objetos de su deseo eran plurales, nada impediría que su placer sea igualmente plural. Narro en seguida una experiencia sin lujo, en donde nunca habríamos pagado un motel, solo las hectáreas de cañadulzal ocultaban nuestros encuentros, solo el silencio cómplice de nuestros vecinos aseguraba nuestro secreto. Como decía el viejo dicho, “el único pecado es el escándalo”. Evitando el escándalo, es decir gracias a nuestra discreción, desde nuestros abuelos hacemos realidad lo que pocos “civilizados” cacarean sin poder aceptarlo realmente sin mil remordimientos, nuestra pobreza era soportable. Pero paremos este orgullo de montañero y obrero cuasi lumpen tulueño que hoy tratan con motosierras de hacernos olvidar. Aquí hablamos de sexo y sentimientos afines, sin dejar lugar ni a la nostalgia ni mucho menos a lo que algunos llaman política y nosotros nuestra propia exterminación. Adolescente ya, me levanté a las 3 AM para ducharme e irme a esperar, con mis vecinos y amigos, el camión que nos llevaría al corte del ingenio para cortar la caña dulce, materia prima de la industria azucarera. Los baños se encuentran detrás de las casas de invasión, nombre con los que se reconoce esos lotes en donde compramos la tierra, montamos una casa en cartón y a medida que tenemos con qué construimos los muros. Al dirigirme a mi ducha, vi en la de los vecinos (los muros de tales duchas es la ultima cosa que se construye) a Rebeca, la mayor de las hijas de la casa vecina, que sin ocultar su desnudez me hizo una linda sonrisa y me saludó con un signo de la mano. Riéndose se secó y se dirigió a su casa con una mirada de complicidad y burla en sus ojos. Como yo ya lo había sospechado, fue su hermana Betsabeth quien salió para ducharse. No pude evitar al verla que mi juventud muestre una erección súbita aunque predecible. Betsabeth se desnudó, me miró sonriendo y dejó sin pudor sus ojos admirar la rigidez de mi atributo principal de la que ella era causa. Sus senos grandes en forma de pera, orgullosos como la juventud sola puede permitirlo, sus nalgas redondas formadas por su sangre de abuelos negros, sus piernas musculosas, sus caderas anchas de hembra completa, todo en ella llenaba mis fantasías. Sonriéndome siempre, el objeto de mis deseos se lavó, levantando los brazos para lavarse los sobacos, lo que hacia que sus senos a puntas grandes y aparentes apuntaran hacia mi en expresa invitación a ser besados. Al lavarse los pies la malvada me dio la espalda, para que yo gozara del espectáculo de los lindos globos de sus nalgas, que salvo por la distancia, se ofrecían a mi libido. De la casa siguiente escuché una risa e Isaac, el novio de Betsabeth le dijo “no seas mala mujer que tienes sufriendo a Gerardo”. Reuniendo la poca dignidad que me quedaba repuse riendo falsamente “sufriendo no, en el cielo”, a lo que reímos los tres. Siempre desee a mi vecina, pero además la adoraba como amiga, aun hoy, muchos años después, sigo adorándola como amiga, es, como dijo una vez Dumas, más que una hermana, una amiga. Queriéndola tanto nunca le haré daño y esto es verdad desde mi temprana juventud, por lo tanto, sabiendo que ella también me quería de esa misma manera, aunque ella me haya mostrado que también le gusto, sabia yo que ella amaba a Isaac y, en consecuencia, no podía lastimar su relación con él.. Me terminé de bañar, me sequé, oculté mi juventud y mi sensualidad, ya demasiado publica, en mis ropas de trabajo para ir a consumir el desayuno que mi madre preparaba. Al salir de mi casa Isaac y Betsabeth me esperaban para caminar hasta el parque, al frente del reciente, en aquel entonces, sitio del “palacio de justicia”, antiguo Colegio Gimnasio del Pacífico. La confianza entre la dueña de mis deseos y su amor era tan grande que ella manifestaba los deseos que mi juventud en formación producían en sus ámbitos emocionales sin ocultarle nada a su novio. Es de esa forma que mis sentimientos se formaron, comprenda el lector que es con ellos y gracias a ellos que yo soy lo que soy y ellos, mis amigos de infancia, mi familia extensa, lo saben. Es así que al caminar en la calle, con la complicidad de toda calle en la mañana, antes del amanecer, Isaac me dijo, en tono de confianza, asegurándose que los otros vecinos que nos precedían o que nos seguían no nos oyeran, que yo gustaba mucho a Betsabeth, que hoy yo seria el regalo especial que él quería darle y que después de la ducha de la cortada de caña, que nos fuéramos hacia un corte nuevo, término que indica la caña que mide 3 metros mínimo y que espera ser cortada. Lo miré y él me sonreía sin malicia y Betsabeth me tomó el brazo, restregando abiertamente, a la vista de nosotros tres, su seno contra mi brazo. Ya en el corte traté de concentrarme, olvidando el cuerpo de la damita, porque no mirar lo que uno hace cuando se maneja un machete afilado puede costar un dedo cuando no un pie. El sol golpeaba sobre mi sombrero y mi espalda, la mantilla de lona con la que se envuelve la caña cortada, para evitar la “pelusa” en la piel, molestaba como siempre. Al almuerzo compartimos los porta comidas Isaac, Betsabeth y yo. Sonreí al ver en los “portas” que la linda había traído, la abundancia del sancocho de cabeza de pargo rojo, picante y con leche de coco que se supone “ayuda” al hombre a darle gusto a su dama. Todo compartido con el arroz, papa, yuca, maduro y carne, en mi caso, que trajimos para nuestro almuerzo, el todo tomando un rico “guarapo”, que nos esperaba en la totuma de mate, en donde el jugo de caña, mezclado con el de limón deslía al calor del Valle unos pocos trozos de hielo que el capataz nos traía. Regresamos al corte y, por fin, la jornada terminó. Salimos a las duchas, me desnudé y recibí el agua purificadora sobre mi piel torturada por el sol y mis músculos aporreados por el trabajo. Miré discretamente a Betsabeth, quien me miró con mucha malicia y a su novio con lo que me pareció un poco de agradecimiento. Isaac me miró con una sonrisa en la que leí un mensaje de ánimo. Nos vestimos y nos fuimos a caminar por los sembrados. Es de notar que luego de pasar todo el día, toda la vida, entre las altas cañas, es entre las mismas que nos sentimos a gusto para caminar. Ningún cuadro de ningún museo, de los que suponíamos en aquel entonces visitaban los “otros”, los que viven sin tanto esfuerzo, los que más tarde, gracias a algunos libros leídos, yo llamaré “burgueses” en las charlas “instruidas”, tienen tonalidades tan cambiantes y armoniosas, como esos campos de sembrados que absorben nuestras vidas. Muchos metros antes de llegar a la salida de los camiones que nos regresan gratis a la ciudad, nos entramos en los sembrados, como tantos otros jóvenes lo hacían a menudo. Entre las hojas agresivas de las cañas, lejos ya de la mirada posible de los que pasarían por la senda que bordea la cañada que irriga las plantas cada tanto, yo en silencio y con timidez, paré, al igual que la linda Betsabeth y su amoroso Isaac, de caminar y los miré a la expectativa. La linda rió, de ese reír franco, todo en dientes, de mi gente, y me abrazó diciéndome al oído, “hoy es mi cumpleaños y tú eres mi regalo”. Separándose un poco y alzando la voz para ser oída por su novio, insistió en que dejara de lado mi timidez si no “no podría darle gustico”. Con su linda sonrisa se apretó contra mí, me besó en los labios y frotó sus senos contra mi pecho. Paralizado del gusto y de la timidez, miré a Isaac, y encontré en su sonrisa la aprobación de mis actos. De inmediato mis manos dejaron de apretar la cintura de la nena para sentir la curva de sus glúteos y recibir su cadera que buscaba, por encima de mi pantalón, la prueba de sus encantos. Luego de un largo beso, en el que por primera vez toqué el cuerpo de esta mujer, que sentí con mis manos directamente sus senos, sus nalgas, que sentí sus labios, su lengua, su respiración, su dulzura de morena recién lavada, la nena me soltó y corrió, voló, hacia su hombre oficial para besarlo repitiendo como un mantra “gracias mi amor”, “gracias mi amor”. Él la recibió en sus brazos, la besó y comenzó a desvestirla, con miradas sonrientes hacia mí. Una vez el cuerpo de la linda libre de toda prenda, sus ropas en desorden sobre la tierra blanda del sembrado, ella le desnudó a su turno. Mi excitación fue extrema cuando al bajarle los pantalones aprisionó su pene en su boca y sin soltarlo deshizo los lazos de sus zapatos, sacó sus medias y lo siguió besando una vez este completamente desnudo. Estaba en cuclillas, la guitarra que su espalda formaba divina, los globos de su trasero firme a la vista, y su cabellera flotando (es de esas negras que heredaron de algún ancestro indio la cabellera) mientras su cabeza hacía un movimiento de va y viene, tragando y sacando de su boca el pene de su novio. Cuando Isaac estaba a su máxima expresión, la nena se puso de pie, me miró sonriendo y me dijo que siendo yo tan joven, que no me “limitara”, que no me “aguante”, que viniera en su boca, por lo menos al principio. Caminó hacia mí, sus largas piernas continuando la curva de sus caderas, sus muslos firmes, mostrando sus músculos de obrera campesina, sonriendo y segura de ser la hembra de estos campos. Me abrazó de nuevo, me besó en el cuello, deshizo los botones de mi camisa, soltó mi correa, botó mi camisa al suelo y poniéndose de nuevo en cuclillas, besando mi pecho en camino, me bajó mis pantalones y como para Isaac, puso mi pene en su boca mientras soltaba mis zapatos y mis piernas del entrave que formaban mis pantalones y ropa interior. Su novio se acercó por detrás de ella, y comenzó a acariciarle la cabeza y la espalda mientras yo sentía como su lengua se enrollaba en mi glande, su garganta me aspiraba y sus labios, gruesos, mestizos, sensuales, me daban besitos, me mordían dulcemente, lejos de sus dientes. En un momento me pidió que me acostara en el suelo y poniéndose en cuatro, prosiguió con su deliciosa felación. Yo acariciaba sus senos que vibraban libres en posición vertical, que recibían mis manos y mis caricias, y sentía su respiración acelerada y profunda que mostraba su excitación. Isaac se posicionó detrás de Betsabeth, la penetró dulcemente, ella serró sus ojos al recibirlo, un largo suspiro salio de su ser, e introdujo hasta el fondo mi pene en su boca. Durante varios minutos seguimos de esta forma y ya al colmo del placer le dije que me venia y ella, con su voz entrecortada por las embestidas de su novio me dijo “¡ven, mi .. amor, quiero .. sentirte, quiero .. tomarte, ven!”. Haciendo un enorme esfuerzo de voluntad murmuré, poco convencido “¿y tú? Respondió la agasajada con una sonrisa llena de lascivia “después, esto .. acaba .. de .. comenzar” y me englutió de nuevo y sus suaves gemidos ordenaron a Isaac acelerar sus movimientos de cadera, para que su pene entrara y saliera con mas fuerza de su cuerpo. Mientras este acariciaba su clítoris, yo acariciaba sus senos generosos y cuando sentí que un orgasmo tremendo me electrizaba los riñones, el objeto de mis deseos y la depositaria de mi cariño me puso en la mitad de su boca, donde me recibió con su orgasmo, el de su novio nos hizo eco en un rugido de los tres pechos que gritaban informando a la Madre Tierra nuestra dicha. Su corazón palpitaba fuerte, queriendo salir de su pecho y yo recibía sus pulsaciones, a través de su seno izquierdo que reposaba en mi mano derecha. Su novio apretaba su cadera contra sus nalgas para guardar su pene en lo más profundo de su amada y ella tragaba mi néctar de vida sin abandonar mi pene palpitante, preso de su lengua, sus labios, su boca toda. Una vez nuestros ímpetus calmados, nos separamos sonriendo y la dueña de nuestros cuerpos por este día se estiró perezosa en el suelo, saludando a la tarde terminante con sus senos y su sonrisa satisfecha. Luego se vino contra mi cuerpo, colocó su cabeza en mi pecho y con una mano atrajo a su novio contra ella, quien la abrazó por la cintura, apoyó sus genitales contra el trasero de su amada y sonriendo me dijo que luego me tocaba a mi darle gusto a su amor. La mano de la nena se posó sobre mi pene ya menos erguido y le dijo, hablándole con cariño, que tenia muy buen gusto su leche, a lo que reímos los tres suavemente. Después de una pequeña somnolencia nos fuimos a otra cañada poco frecuentada por los paseantes donde nos lavamos con los jabones que siempre llevamos en nuestra mochila y regresamos desnudos, sin secarnos a donde nos esperaban nuestras ropas. Seguimos besando a la reina del día, acariciando su cuerpo y charlando como si estuviésemos en una fuente de soda, en lo que solo el hablar de la atracción que ella y yo nos sentíamos, al igual que nuestros besos y nuestras caricias, indicaban lo especial de estos momentos. El resto se lo contaré en un próximo relato. Este es, especialmente, para mostrar que el placer del ser amado es algo importante en todas las clases sociales y desde hace mucho tiempo. El placer de “traducir” algo a un estilo “elegante” no es extraño a mi interés, pero espero que si Betsabeth o Isaac lo leen, perciban que mi cariño les sigue perteneciendo a pesar de los lustros que han pasado.. El regalo a mi amiga fue también mi regalo y sé que ella sabe que mis manifestaciones de ternura fueron la expresión de un sentimiento sincero y por siempre permanente.

Relato de comunidad Fantasíasschedule 12 min de lectura calendar_today Junio de 2009
Modernismos Ancestrales
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