Cuando las primeras estrellas aparecieron en las montañas que se encuentran detrás del Picacho, nos encontrábamos aun besando delicadamente a Betsabeth y charlando con cariño y con esa calma que el trabajo hecho y la libertad total solos pueden dar. No teníamos nada que ocultar, ni nada que temer, salvo esa muerte que llega de forma certera, solo el momento de su llegada se puede discutir y que por lo tanto es inútil pensar en ella. Sentí en medio de una frase la mano de la nena apoderarse de mi pene, lo que me cortó la frase produciendo una sonrisa en la pareja de enamorados. Aprovechando mi silencio (nunca ha sido fácil obtener que yo me calle) Betsabeth me besó en la boca, con ternura al comenzar y luego con pasión. Mis manos acariciaban sus senos, sus piernas y la parte de sus nalgas que la posición de sentados en el suelo me permitía. Ella con su mano libre tomaba mi nuca mientras que con la otra continuaba a acariciar mi miembro. Lentamente, llevados por la gravedad y el momento, nos recostamos de lado, sin dejar de acariciarnos, y al pasar mi mano por lo alto de sus piernas, la nena las abrió, y pude encontrar su sexo empapado, para acariciar ese clítoris y todos esos labios, grandes y chicos. Betsabeth me puso de espaldas, se colocó sobre mi sin dejar de besarme, sus piernas abiertas encuadrando las mías. Mis manos acariciaron sus nalguitas y durante estos instantes, minutos intemporales, nuestros besos eran más tiernos que sensuales, verificando que el colmo de la sensualidad siempre coincide, cuando es perfecta, con el máximo de la ternura. Arrancando su boca a la mía, esta me trajo las peras de sus ubres a mi boca, las besé, chupe sus puntas erguidas, una a la vez, desde la raíz contra sus costillas hasta el pezón grande y grueso, cuando la linda comenzó a deslizarse hacia abajo, besando mi pecho y restregando sus mamas de hembra hermosa contra mi vientre, mi sexo y luego mis piernas. Cuando por fin atrapó mi pene, le pedí que me permitiera devolverle la caricia, lo cual hicimos poniéndonos de medio lado. Entre sus piernas haciendo marco a mi cabeza vi la sonrisa tierna y satisfecha de Isaac, que sin intervenir nos observaba. Mi boca encontró las puertas de su jardín, exudando miel y el aroma de mujer. Cerré mis ojos y mientras de mi vientre subían las sensaciones de sus labios y de su lengua alrededor de mi pene, me entregué a recorrer su sexo con mi lengua, abarcando sus nalgas con mis manos acariciantes. Tuvo Betsabeth su orgasmo cuando tomé su clítoris entre mis labios y luego de introducirlo en mi boca con un ligero gesto de succión, mi lengua recorría la punta de su botón de rosa. Sus piernas apretaron mi cabeza, sus caderas enviaban su vagina a mis caricias en movimientos espasmódicos y sus gemidos, impedidos un poco por la presencia de mi pene en su boca, salían de su pecho al ritmo entre cortado de su respiración. Después, una vez relativamente calmada la dama, me puse de nuevo de espaldas y mi amiga adorada se colocó sobre mi, esta vez sentada, empalándose en mi pene erecto, los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción en su rostro. Suavemente, terminando de recibir las descargas del orgasmo que se alejaba, ella temblaba y recibía en sus pezones erectos, que querían escapar de sus senos llenos, la caricia de mis manos, de mis dedos, de mi cariño. Por fin abrió sus ojos, que a la luz declinante nunca había yo visto ni tan grandes ni tan brillantes y acostándose encima mío, me dio de nuevo mil y mil besos, guardándome siempre en su gruta dulce y aliñada, donde solo algunos apretones de sus músculos internos mostraban su excitación. El movimiento de sus caderas me indicó que de nuevo los deseos de hacer el amor se presentaban. Ella se sentó, echándose hacia atrás, las manos apoyadas un poco más abajo de mis rodillas, sus nalgas apretadas contra el nacimiento de mis piernas mientras que con una mano yo acariciaba su cuerpo y esos senos que siempre había deseado, con la otra yo mimaba, con mucha suavidad, su clítoris. Abriendo sus ojazos, como faros que iluminaban la noche naciente, y con una sonrisa, me dijo lo excitada que estaba y lo rico que lo estaba pasando. La aceleración del movimiento de sus caderas, como la forma desordenada que tenían sus manos para recorrer mi joven (en aquel entonces) cuerpo hacían prever de nuevo un clímax de la mujer agasajada. Cuando llegó a su máximo de placer se abalanzó contra mi, pasó sus brazos detrás de mi cuello y susurrando a mi oído un “me vengo, ¡qué rico!, ¡qué rico!” inició un martilleo de su sexo tragando al mío, con su cadera que subía y bajaba de manera frenética, mientras sus senos se aplastaban contra mi pecho. Un “MMMMM”, mas ronquido que queja, al igual que su inmovilidad marcaron su satisfacción. Durante todo este tiempo Isaac miraba a su amada recibir cariño y placer, guardando su sonrisa de macho seguro y orgulloso del regalo hecho a su hembra. No perdía él las formas del trasero de su novia, ni el espectáculo de las nalgas enmarcando mi pene que entraba y salía de ella. Toda su satisfacción se completaba en el placer que recibía, en su presencia y con su acuerdo, su mujer amada. Inmóvil, como dormida, si no fuera por sus besitos en mi cara y en mi cuello, Betsabeth se descansaba, conmigo dentro de ella, reposando su cuerpo contra el mío. Un ronquido de felino salía tenue de su pecho y sus nalgas aceptaban mis caricias mientras las estrellas tímidas aparecían entre las hojas de la caña celestina. Tal es para mí, desde ese día, la imagen del paraíso, yo dando placer a una mujer adorada, deseada y respetada, mi virilidad erguida esperando darle aun más placer, ella casi totalmente satisfecha cubriéndome con su cuerpo tibio y sudoroso, su respiración feliz contra mi cara y sus manos inmóviles casi abandonadas bajo mi cuello. Fue en este estado de beatitud que dejamos pasar unos minutos, siempre muy pocos. La damita comenzó a agitarse suavemente, sus caderas se estremecieron como si fueran sorprendidas de encontrarme dentro de su ser y lentamente su boca se apoderó de nuevo de la mía. Mis manos comenzaron de nuevo una exploración más precisa de la parte de atrás de sus muslos, de sus nalguitas y, metiéndolas entre nuestros cuerpos, de sus senos. Ella de nuevo se sentó y esta vez haciendo círculos suaves con sus caderas partió de nuevo en búsqueda de su placer. A medida que las olas de placer la invadían sus movimientos se hacían cada vez más precisos. Cuando su respiración estuvo agitada de nuevo, volteó su cabeza y al mismo tiempo que hacia un gesto con la mano, invitó a su novio, Isaac a acercarse a ella. Con una sonrisa, con su adorable sonrisa, los brazos alrededor del cuello de su novio, quien se había arrodillado al lado nuestro para besarla, me miró y me dijo, “¿esta vez te vienes conmigo?”. Yo asentí y bajando mi mano en búsqueda de su clítoris, le mandé un besito con mis labios. Ella se entregó al placer que le causaba mi pene en su interior y al beso de su amado. Las piernas bien abiertas, su flor de placer hinchada de sangre que recibía mi caricia, sus músculos internos apretando y aflojando mi pene en una caricia secreta, sus senos temblorosos ante sus movimientos, es de esta forma, que hablando contra la boca de su amado que ella repetía sin cesar: “gracias.., gracias mi amor,..” y, a veces, su cabeza apoyada en la de Isaac, mirándome con dulzura decía: “gracias.. mis amores, gracias”. Fue en ese entorno, con la cabeza de la mujer deseada besando a su amado agradecida, justo sus senos en primer plano, acariciado uno por mi mano y el otro por la mano de Isaac, las estrellas y las ramas del cañadulzal de fondo, mi pene enterrado en una caverna dulce y llena de miel, que yo sentí su orgasmo llegar de nuevo, al cual correspondí con el mío, invadiendo su ser con mi jugo de vida, abundante, fuerte y lleno de ternura, pasión, amistad. Este orgasmo duró una eternidad. No sé si duró unos segundos o unos minutos, o una hora. Fue un instante fuera de todo tiempo. Dejamos ella y yo que el placer nos invadiera, nos inundara, nos ahogara. Cuando al fin este momento eterno se deshizo lentamente, como una nube con la lluvia, nos miramos los tres sonrientes. Miré a Isaac y le pregunté un “¿y tú?” y él me respondió, siempre sonriendo, “otro día, ella y yo solitos, hoy que ella quede con tu recuerdo”. Dejando que mi pene tome una talla menos impúdica, siempre dentro de su cuerpo, Betsabeth me dijo “no sabes cuanto te deseaba..” y besando de nuevo a su amado, repitió su frase “gracias mi amor”. Con las ropas bajo el brazo nos dirigimos de nuevo a la cañada, nos lavamos de nuevo, los dos caballeros enjabonando y juagando el cuerpo de la damita, ella los de cada uno, entre besos y sonrisas, nos vestimos y escoltamos a Betsabeth, por entre la trocha del cañal, cada uno con una de sus manos en la nuestra, buscando los tres la “variante” donde tomar una de las busetas que nos llevaría de nuevo a casa.

Relato de comunidad Fantasíasschedule 8 min de lectura calendar_today Junio de 2009
El Regalo De Betsabeth, Continuación De Modernismos
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1 comentario
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login Entrarno estará de mas decir lo que todo el que tenga el placer de leer este relato identificara;y es precisamente la visible facilidad con que gerardo la cuenta...excelente relato se hace muy agradable... nos gustaría que leyeras "la fantasía de mi mile" en la categoría tríos, has tu comentario.