Selvas Ancestrales Y Complices
Relato de comunidad Fantasíasschedule 17 min de lectura calendar_today Junio de 2009

Selvas Ancestrales Y Complices

En mi pueblo natal tengo un amigo que conozco desde la infancia, cuando regresé después de más de 10 años de una vida de aventuras, este amigo, que llamaremos Adolfo, estaba felizmente casado con Elisa, una bella mulata, esa mezcla de pueblos tan común en nuestras tierras, cuerpo de negra,....

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En mi pueblo natal tengo un amigo que conozco desde la infancia, cuando regresé después de más de 10 años de una vida de aventuras, este amigo, que llamaremos Adolfo, estaba felizmente casado con Elisa, una bella mulata, esa mezcla de pueblos tan común en nuestras tierras, cuerpo de negra, pelo de india que cae libremente sobre su espalda y una piel color canela claro. Sus hermosas nalgas, abultadas ligeramente, como dos balones de fútbol, balanceadas por orgullosas y nada pequeñas ubres, se sostení­an sobre los pilares musculosos y bien moldeados de sus piernas de hija de cortadores caña. El matrimonio constaba de tres hijos, de los cuales la menor era una nenita de tan solo 2 años y el mayor de 6. Como en la canción del francés Becaud, “Natalie”, sin estar en Moscú, el primer dí­a que nos vimos reí­mos, mucho conversamos y querí­amos saberlo todo.. Elisa me habí­a encantado desde el momento que la conocí­, el que de toda evidencia hiciera feliz a Adolfo me hizo estimarla y sentí­ que yo no le era indiferente, sobre todo como su mirada se hacia dulce al mirarme, como cuando una mujer mira a una persona que aprecia favorablemente, con amistad, con ternura y, quizás, algo más. ¡Lindas damitas en las que se puede leer como en un libro escrito en la lengua materna si se las quiere lo suficiente como para tratar de conocerlas..! Ese dí­a lo terminamos con la promesa de estar a su mesa al dí­a siguiente a mediodí­a y al despedirme me quedé con la mano estirada hacia Elisa, la que sonriendo apretó su cuerpo contra el mí­o, me abrazó y me regaló un enorme beso en la mejilla, todo cubierto por la sonrisa aprobadora de Adolfo, quien me dijo, “Gerardo, ¡has sido adoptado!”. Durante la semana siguiente nos vimos casi todos los dí­as y en cada una de nuestras reuniones los mimos de Elisa se hací­an más y más abundantes y tiernos. A pesar de la excitación que generaba ser objeto de las atenciones de tan linda damita, temí­a confundir la amistad sin lí­mites con el simple sexo, por lo que me limitaba a una cortesí­a extrema y a mostrar la misma amistad sin fronteras, lo que es muy corriente entre mis conciudadanos. Tanta ternura encontrada en mi tierra luego de años y años de ausencia producí­an un dulce calor en mi alma y cierto remordimiento de haberme ido tanto tiempo, dejando esa tierra que haga lo que yo haga era, es y será mi hogar. Comprenda el lector que el amor fanático de todo tulueño hacia su pueblo (“pueblito” por siempre en nuestros corazones) nos lo hace único sobre el planeta. Este sentimiento lo expresó Asprilla, estando en Italia, cuando dijo que era “de Tuluá, América Latina”, sin otra precisión geográfica. Paro aquí­ con la expresión de mi nostalgia que es inmarcesible e insondable. Planificamos, aprovechando el puente a venir, para recordar viejos tiempos muy aventureros y saludar la Pacha Mama local, ir a acampar para la semana siguiente, desde el viernes por la mañana para regresar el lunes por la tarde. Adolfo me dijo que él tení­a la carpa y que por lo que era de las cobijas no me preocupara, que “encartarí­an” a los suegros con los “sardinos” y que estarí­amos tan solo entre adultos. El tenor de esa escapada agreste comenzó a precisarse cuando Adolfo me llamo al hotel un dí­a para decirme que nos veí­amos al dí­a siguiente a las 7 AM y que me pedí­a que estuviese en ayunas, completamente en ayunas. Al salir a la hora indicada me esperaban mis dos amigos y me llevaron de inmediato a un laboratorio de análisis, diciéndome mi amigo con una sonrisa “es para un examen del sida, hermano, que pase lo que pase sepas en qué condiciones pasa” mientras su esposa me tomaba del brazo con un expresivo apretón de su mano. Me sorprendí­ un poco cuando vi que ellos también se hicieron la toma de sangre y sobre todo ante la actitud acostumbrada de la señora que efectuaba las tomas de sangre. Nos dijeron que nos entregarí­an los resultados a los dos dí­as. Después desayunamos y cada cual salió para sus ocupaciones, ellos al trabajo y yo a las vueltas que explicaban mi presencia en mi tierra. Cuando llegó el viernes del “regreso a la tierra” me levanté de madrugada, preparé la mochila que habí­a previamente comprado y a la llegada de mis amigos salimos en su campero hacia la cordillera en donde la selva reinaba libre aun, en aquel entonces, del terror de la motosierra que hoy enturbia mi región con el rojo de la sangre de sus hijos. Tres horas montaña arriba dejamos el carro a la entrada de una casa donde prometieron cuidarlo y seguimos a pie selva adentro. Llegamos a un caño con una cascada de agua frí­a y cristalina e instalamos la carpa que era grande, lo normal para una familia con tres hijos, a unos cien metros de la caí­da de agua. Preparamos el desayuno, en una estufa de “gasolina blanca” que funciona como las viejas lámparas “Coleman” que algunos deben recordar. Mis amigos se burlaron de mí­, escandalizados por la perturbación que yo habrí­a causado en nuestra región usando la madera del bosque. Colgamos la comida de una rama de árbol, fuera del alcance de los animales más grandes, envuelta en “chuspas” plásticas para impedir el acceso de hormigas u otros insectos, cargamos en las mochilas lo necesario para comer a medio dí­a y salimos a recorrer las trochas existentes entre la vegetación agresiva y húmeda. La linda Elisa se deja ayudar, para sortear los obstáculos, alternativamente por su esposo o por mí­, apoyando generosamente su cuerpo contra el nuestro más de lo que la situación lo exigí­a. Todo en el mejor humor aunque el esfuerzo de la caminata nos obligara a ser muy lacónico para ahorrar nuestro aire que la falta de costumbre aunada con la altura hací­an escaso. Durante la pausa del almuerzo, mientras consumí­amos las ensaladas y otras arepas con queso y el mazato que la pareja de esposos llevaron, que la charla se basó sobre mi vida en Europa, especialmente inquietos mis amigos por la ausencia de “variedad” que presentaba la vida de pareja en ese viejo continente aferrado a nociones de “moral” y de “fidelidad” que reconocimos nos parecí­an absurdas. Nos felicitamos todos que nunca nos divorciarí­amos en nuestra tierra por “cansancio”, y que sin problemas para echarse un “polvito” fuera del matrimonio nos permite nunca “cansarse” del conyugue. Adolfo abrazó tiernamente a su esposa Elisa, diciéndome que ella era tan “disciplinada” (máximo elogio en mi tierra) que le tocaba a él encontrarle la dicha variación. Ella, un poco sonrojada, le contestó entre dos besos en la boca: “normal, eres tu quien sostiene el hogar”. El resto de la caminata se pasó con mayor ternura hacia los dos de la parte de la bella Elisa, guardando su mano en mi mano, o en la de su esposo, cuando lo ancho de la trocha lo permití­a. De regreso a la carpa Elisa dejó la puerta abierta para ponerse el vestido de baño, mientras los dos hombres nos vestí­amos afuera sin ocultarnos realmente. A un momento la dama, dentro de la tienda cerca de la puerta, sus senos desnudos, nos miró a los dos, con una sonrisa en sus labios a la que correspondimos también con una sonrisa. Una vez sus pechos orgullos ocultos por su biquini, nos fuimos a bañar bajo la cascada, la que formaba una pequeña piscina antes de continuar en la “quebrada” normal. El agua frí­a redujo los caballeros a nuestra mí­nima expresión mientras hacia resaltar la punta de los senos de la damita. Adolfo acarició los pechos de su mujer, por encima de su brasier, felicitándola por lo bonita que estaba, mientras que ella, acariciando también por encima de su pantaloneta la zona donde debí­a encontrarse su sexo, lamentaba el efecto negativo del agua frí­a en su anatomí­a, en medio de las risas de los tres. Elisa le dio un beso y luego de decirle “voy a ver como está Gerardo”, se tiró sobre mi, poniendo sus brazos alrededor de mi nuca y pasando a mi espalda se frotó su pecho susurrándome “¿ves como me pone el agua frí­a?” a lo que respondí­ “deliciosos”. Ella bajó su mano hasta mi sexo, el cual habí­a recuperado cierto orgullo ante su caricia en mi espalda, mientras Adolfo que se encontraba frente a mi miraba sonriendo la caricia que su esposa me daba. Ella me felicitó por mi forma, aunque anotó que estaba menos “bonito” que cuando me poní­a la pantaloneta. Fue de esa forma, entre cariñitos y besitos, con caricias cada vez más directas que terminamos de bañarnos. Mientras calentábamos la comida Elisa hizo gran alboroto que debí­a tomarse la pí­ldora y se fue a la carpa a buscarla, riendo me pasó dos sobres, que contení­an los resultados, negativos, del análisis y sin salir me exigió que le presentara mis resultados. Entré también en la carpa para buscarlos y ella, sin necesitarlo en realidad, se acostó sobre mi espalda con la disculpa de buscar algo. Le pasé mis resultados, que ella pasó a su esposo y, siempre sin cerrar la carpa se desnudó completamente para ponerse ropas apropiadas a la noche frí­a que se acostumbra en esas alturas. Adolfo desde afuera retiró, luego de devolverme el sobre de los resultados, la pantaloneta y entró desnudo en la carpa para hacer lo mismo. Yo me desnudé también y sin dejar de mirar a Elisa, un poco tí­mido, me vestí­ con ropas calientes y tomé también mi ruana que dejé a la puerta de la carpa. Después de cenar y de haber lavado platos y ollas y guardado la estufa en su sitio, sin haber olvidado el tinto que humeaba en una jarra italiana, nos dispusimos a tomar el brebaje hirviendo no sin haber buscado la botella de “cognac” francés que yo llevé. La noche habí­a ya caí­do y a la luz de una lámpara que llevaron los amigos seguimos vaciando la botella del licor, yo con mi ruana puesta, Adolfo con una chaqueta y Elisa, creo que intencionalmente, con una simple blusita que dejaba ver que la llevaba sobre la piel, sin otra ropa interior que cubriera sus senos y una faldita corta, muy corta. Alegando el frí­o ella apoyó su espalda contra el pecho de su esposo, pero rápidamente prefirió apoyarse contra el mí­o y aprovechar la ruana con la que la cubrí­ en un abrazo que me premió acariciando con sus manos mis antebrazos, sin olvidar contar a su esposo que mis bellos eran distintos a los suyos. Todo esto mientras sus pies buscaban el calor del vientre de Adolfo y sus piernas recibí­an la caricia de las manos de su esposo. Mientras charlábamos de esta forma, por instantes, la linda levantaba su cara para darme uno que otro beso en la mejilla lo que me llevó a posar una de mis manos sobre uno de sus senos, gesto que mereció de su parte otro besito y un “que rico” en un murmullo dulce. Como su esposo preguntó que pasaba ella le contesto simplemente que “Gerardo me acaricia una tetica muy rico” y la amplia sonrisa que iluminó la cara de Adolfo me reconfortó en mi caricia, por lo que aproveché para deslizar mi mano bajo la blusa de la linda para sentir la dulce y calida redondez de su seno y de su punta que se erguí­a de nuevo bajo mis mimos. La damita hací­a largos silencios en los que cerrando ligeramente sus párpados se entregaba a disfrutar las caricias, de mis manos en su pecho y de su esposo en las piernas. Luego, como si estuviese de prisa, Elisa se levanto diciendo “¡acostémonos ya!”. Su esposo y yo intercambiamos una sonrisa y luego de cerrar la botella y colgarla con las otras provisiones que pendí­an de la rama no lejos de la carpa, nos dirigimos también a la misma. En ella las dos cobijas estaban extendidas ocupando casi todo el suelo al fondo, Elisa yací­a al centro fingiendo que dormí­a y los dos caballeros nos desnudamos poniéndome yo unos “shorts” como pijama y nos dispusimos cada uno al lado de la damita. En este momento vi que los espumas que hací­an oficio de colchones no estaban a lo largo de cada uno, sino a lo ancho, lo que los convertí­a en una enorme cama para los tres. Antes de que Adolfo apagara la luz de la lámpara pude ver que la nena estaba completamente desnuda como su esposo y fingiendo no despertar. Ante esa actitud y pensando a una negación para algo más nos dispusimos los caballeros a dormir. Pocos minutos después sentí­ como Elisa se volteaba hacia su esposo y besos, primero casi silenciosos y luego sonoros, compitieron rápido con el canto de los insectos y el ruido de la cascada a lo lejos. Como para que yo no me sienta excluido del intercambio de caricias, la nena retrocedió hasta mi cadera, para bajar su cabeza al vientre de su esposo. A pesar del ruido de succión y los “que rico, mi amor” de Adolfo yo seguí­a inmóvil, hasta que los movimientos circulares de las nalgas de la dama contra mi cintura me invitaron a participar. Comencé a acariciar de nuevo, esas nalgas, ya libres del vestido de baño que se habí­a interpuesto en mis anteriores caricias bajo la cascada. Sus globos no muy grandes, pero redondos y compactos tení­an una suavidad pocas veces encontrada en mi vida, hací­an casi un arco con su espalda, herencia negra de la homenajeada, supongo. Cuando recorrí­ sus piernas e insinué mi mano entre ellas, la damita las separó e incontinente me dirigí­ a su sexo, el cual, ya húmedo, le produjo un suspiro de satisfacción al ser objeto de mi atención. Pocos momentos con esta caricia la excitaron mucho, y me deslicé hacia el fondo de la agreste cama mientras ella esperaba, de lado, el pene de su esposo en la boca, las piernas abiertas, que yo apoyara mi cabeza sobre su muslo que reposaba en el suelo, y que comenzara a besar sus labios vaginales, a lamerlos, tanto sus labios como su clí­toris y beber sus jugos que corrí­an abundantes. A los pocos minutos de estar recibiendo mi boca, Elisa obtuvo su primer orgasmo, cerrando mi cabeza entre sus moldeados muslos y agitando su cintura en amplios cí­rculos, mientras una de sus manos que me acariciaba la cabeza me empujaba con fuerza contra su sexo. Una vez que las olas de placer que la estremecí­an se calmaron, con la misma mano me alejó y con las piernas me indujo a recuperar mi puesto en alto de la cama. Cuando mi cabeza estuvo arriba, la linda se separó del pene de su esposo, subió hasta poderlo besar, le dijo “¡Gerardo me lamió tan rico!” y rodando terminó sobre mí­, acostada todo a lo largo de mi cuerpo. Mis manos regresaron de nuevo a mimar sus hermosas nalgas que se moví­an acariciadoras sobre mi sexo erguido, efectuando un viaje continuo entre sus senos que las llenaban, su espalda y su posterior. El olor dulce y picante de mestiza invadí­a mi nariz, sus labios me besaban tiernamente y nuestras lenguas se acariciaban en deliciosa lucha. La halé hacia arriba y mi boca se apoderó de uno de sus senos mientras una de mis manos acariciaba el otro. Su pezón creció, como si pudiera hacerlo aun más, ante los roses de mi lengua y la linda se moví­a para alternar mis besos de un seno al otro. Con la voz ronca de la pasión dijo “desde que te conocí­ tenia ganas de esto”, lo que su marido me confirmó preguntando “¿le estas besando las tetas?, ella soñaba con que se las beses, me lo dijo el dí­a mismo que te presenté”. Aproveché para preguntarle si deseaba que se pusiera la luz, lo que le pareció buena idea y sentí­ como Adolfo se disponí­a a darle gusto. Elisa se deslizó como una serpiente a lo largo de mi cuerpo, poniéndose de lado para tomar mi pene en su boca y pude ver, con la luz de la lámpara ya prendida, que Adolfo ocupaba el puesto que yo tenia antes, para lamer la vulvita de su esposa. Con los ojos medio cerrados ella levantó su mirada hacia mi, sin que su boca me soltara, como pidiendo la aprobación de su caricia. Yo solté sus senos para acariciar su cabeza y de un movimiento de cintura me empujé totalmente a su interior en muda pero explí­cita afirmativa. ¡Como podí­a yo quejarme mientras su lengua me recorrí­a a todo lo largo, cuando no se centraba en mi glande, y sus labios me encerraban como un guante de placer! Era hermoso verla con las piernas abiertas para recibir los besos de su esposo, toda su carne expuesta entre las sombras de la luz, su vientre ligeramente abombado, como justamente debe serlo el de toda hembra que a traí­do a la vida tres hijos, sus senos vibrando al ritmo de los movimientos de su cabeza o de las embestidas de la cabeza de su esposo, y su boca absorbiéndome y liberándome, como si fuera mi pene un pistón que entraba y salí­a de ella y sus ojitos cerrados, con sus largas pestañas agitadas por la pasión. Otro orgasmo la agitó, los latidos de su corazón se hicieron sensibles y acelerados contra mi mano que acariciaba su seno izquierdo, tragó mi pene en su totalidad, su nariz estrellada contra mi vientre, el ceño fruncido y unas venitas se le notaron en la frente. Fue largo, durante casi medio minuto siguió sin respirar, conmigo hundido hasta las cuerdas vocales, mientras un tenue gemido se escapaba de ella. Me sacó para respirar, y con ternura me besó a lo largo, desde el nacimiento hasta la punta, como si fuera la primera vez que ella recorrí­a con sus labios un pene. Una vez calmada, sin que su esposo dejara de hacerle sexo oral, apoyó su mejilla contra mi masculinidad y me miró con la misma dulzura que me habí­a mirado durante las semanas de linda amistad que habí­amos pasado sin expresar estos otros sentimientos tan fuertes y agradables que hoy satisfací­amos. Como su excitación no se habí­a apaciguado completamente, alternó este descanso con besitos dulces a mi pene y caricias de sus manos que recorrí­an mi pecho. Gracias a los besos de su marido sentí­ que la pasión se apoderaba de ella de nuevo, Adolfo conociéndola, se separó de ella y con un “ahora la otra cosa que deseabas tanto, mi amor”, enderezándose la tomó por los sobacos y la llevó a sentarse sobre mi sexo que de ella misma introdujo en su vagina. Mi entrada en su caverna del amor me recibió con una contracción divina, suspiró y se acostó sobre mí­ llenándome de besitos, algunos tiernos y otros apasionados. Mientras su cintura se agitaba sobre mí­, rápido y haciéndome entrar y salir a veces, a veces haciendo cí­rculos que frotaban su clí­toris contra mi vientre, ella emití­a como si se quejara “que rico” y “¡tenia tantas ganas de sentirte dentro de mí­!” tan encantadores como el resto de sus acciones. Sabiendo ya que Elisa es muy sensible a las caricias en sus senos, la empujé hacia atrás, me levanté para sentarme, plegando las piernas como un buda y agachando la cabeza puse sus senos en mi boca para acariciarlos como a ella le gusta tanto. Sus quejidos y griticos me confirmaban en mi acción, tanto como la aceleración de los movimientos de sus caderas, y por momentos me separaba la cabeza de su pecho para besar mis labios ella misma, con mi nuca encerrada entre sus brazos, llevándome luego hasta sus pechos que no se cansaban de ser besados. Con mis manos encerrando sus nalgas, deslicé un dedo hacia su ano pero rápida ella me alejó con una mano, diciéndome un “nooo, no me gusta” y colocándome de nuevo sobre su anito que acaricié sin tratar de entrar, lo que ella aceptó. Adolfo sentado al otro lado de la carpa nos miraba sonriendo y cuando ella sintió otro orgasmo llegar, estiró su mano hacia él, agradeciendo el regalo que yo era, y este la tomó, besándosela tiernamente cuando ella gritó por fin su dicha. De ella misma me recostó a una posición horizontal de nuevo, se levantó y dándome la espalda de nuevo se clavó en mi, con sus nalguitas completamente a mi vista, que me apresuré a tocar, sin olvidar su esfí­nter anal que palpitaba ligeramente cuando alguno de los dedos los hacia participar de la caricia general. Adolfo se levantó para ofrecer de nuevo su pene a la boca de su esposa que ella se apresuro a tomar. Su cabecita hacia movimientos de va y viene, su pelo sobre su espalda agitándose al mismo ritmo que sus caderas me introducí­an y sacaban de ella. Como su esposo parecí­a venir, ella suspendió su caricia y volteando a mirarme me pidió que viniera yo también. Fue así­ que ella recibió mi orgasmo en su vientre y esperma que abundante broto de mí­ al uní­sono que el de su esposo en su boca. Fue de esta forma que comenzamos esa noche, de las tres que pasarí­amos en nuestras montanas, en rito primitivo de agradecimiento a la Pacha Mama que nos permite sentir tantas sensaciones, tanta pasión y que nos educó para que ahuyentando los celos destructores podamos integrarnos todos en el amor de nuestra de pareja y la amistad, ternura y sexo de todos los que nos son queridos. El resto de esta noche, los dí­as que siguieron y sus noches fueron aun mejores y se los contaré si lo desean.

— gerardo91000

10 de junio de 2009

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gerardo91000

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Somos pareja swinger

Comentarios

1 comentario

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  • diego-andres
    diego-andres · 6 de jun de 2009

    SOMOS PAREJA DE MEDELLIN Y NOS GUSTO MUCHO TU RELATO ES MUY HOT Y DESCRIPTIVO SIN CAER EN LO VULGAR. ESPERAMOS LOS PROXIMOS RELATOS. DIEGO Y SARA

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