Comenzando A Conocer A Colombia
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 9 min de lectura calendar_today Septiembre de 2009

Comenzando A Conocer A Colombia

Cuando mi empresa me ofreció trasladarme a Colombia desde Buenos Aires, reconozco que no tení­a claro si querí­a la promoción o no. Colombia tiene muchos puntos fuertes, pero también me generaba un poco de inquietud, sobre todo porque significaba trasladar a mi familia entera (esposa y dos....

diablin

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Cuando mi empresa me ofreció trasladarme a Colombia desde Buenos Aires, reconozco que no tení­a claro si querí­a la promoción o no. Colombia tiene muchos puntos fuertes, pero también me generaba un poco de inquietud, sobre todo porque significaba trasladar a mi familia entera (esposa y dos hijos). Debo reconocer que cada vez estoy más contento con la opción de venirme, y uno de los motivos son las mujeres colombianas. Encontré la página de la Guí­a Cereza por casualidad, y me encantó la sección de relatos. Nunca pensé que fuera a terminar contribuyendo, pero aquí­ estoy.. Soy una persona bastante normal, estoy por cumplir los 40, enamorado de mi esposa, y para nada mujeriego. Sin duda me gustan las mujeres bien presentadas, pero hasta la ocasión que les voy a contar, nunca habí­a sido infiel. Resulta que mi trabajo me requiere frecuentemente asistir a presentaciones y lanzamientos de productos que suelen terminar en fiestas a las que se invita a los clientes y principales relaciones comerciales. Mi esposa suele acompañarme a estos eventos, pero hace unas semanas tuve que ir solo a un lanzamiento, porque la chica que se suele quedar con los niños estaba con gripe y mi esposa se tuvo que quedar en casa. El evento se hizo en una discoteca muy conocida de la zona rosa de Bogotá, y luego de terminada la parte promocional, nos quedamos con los clientes a seguir la rumba. Entre los invitados estaban Julio y Karen, un matrimonio de paisas que son dueños de una cadena de tiendas en centros comerciales, clientes nuestros de considerable tamaño. Julio tiene cerca de 50 años, y a pesar de unos kilos de más y una calva avanzada, es un hombre agradable y siempre está impecablemente vestido. Karen está a mediados de los 40, y es una mujer hermosa por donde se la mire. Su cara es muy agradable, de ojos negros y una sonrisa juguetona de labios carnosos. Tiene un magní­fico par de tetas que sabe aprovechar muy bien con escotes generosos pero nunca demasiado agresivos. Por último, sus largas horas de gimnasio le rindieron también un hermoso culo que siempre enfunda en ajustados pantalones, rematados por sus infaltables botas altas. Me habí­a reunido con ella por negocios en al menos cinco ocasiones, y siempre la habí­a visto hermosa. Esta noche no era la excepción. Por casualidad quedamos sentados en la misma mesa, y estuvimos charlando de temas variados mientras el local se llenaba, y el volumen de la música aumentaba. Yo intentaba no mirarle las tetas a Karen, aunque lo tení­a difí­cil, porque la tení­a justo enfrente y cada vez que se agachaba a tomar o dejar el vaso de la mesa, sus hermosos pechos luchaban por salirse de su blusa. Por otra parte, los tragos que tomábamos uno tras otro potenciaban nuestra reciente amistad y afloraban las risas. Al poco tiempo parecí­amos amigos de toda la vida. Finalmente, cuando ya la discoteca estaba a full, yo me levanté para retirarme. Ambos insistieron en que me quedara, porque habí­an quedado en encontrarse con unos amigos de Julio y me los querí­an presentar. Accedí­ sin mucho entusiasmo a quedarme media hora más, y finalmente llegaron los amigos, aunque sin las esposas. Parece que las mujeres habí­an decidido tener su “noche de mujeres” por su lado. Karen se comunicó por teléfono con ellas y efectivamente la esperaban en otra discoteca. Julio me invitó a quedarme con sus amigos, pero rechacé cortésmente la invitación y me despedí­. Ya iba camino a la puerta, cuando me llama Julio y me pregunta: “te molestarí­a mucho llevar a Karen a la otra discoteca, así­ yo me puedo quedar con el carro?”. Intenté poner cara de normalidad mientras contestaba “por supuesto, ningún problema”, al tiempo que rezaba para que no se notara la erección que estaba teniendo. Cuando el chico del Valet Parking me entregó las llaves de mi coche, pude ver que él tampoco se resistí­a a mirar las tetas de Karen, que ahora asomaban por entre su chaqueta de piel. Una vez en el coche, Karen me iba indicando el camino mientras buscaba música en la radio. Ella estaba sentada de costado en el asiento del acompañante, por lo que sus pechos volví­an a estar directamente apuntados a mí­. En el camino bromeamos sobre las “noches de mujeres solas”, y su risa inundaba el auto. De vez en cuando, dejaba el dial en una emisora y se poní­a a bailar en el asiento, moviéndose de forma muy sensual; “me muero por bailar” decí­a con los ojos cerrados. Una vez que llegamos, Karen insistió en que entrara a conocer el sitio, y le costó muy poco convencerme. Nos pusimos a buscar a sus amigas, y curiosamente no las encontramos. Ella no pareció preocuparse, y tomándome de la mano me dijo “vamos a pedir un trago”. No nos soltamos incluso cuando llegamos a la barra y nos sirvieron los tragos. Yo le acariciaba la mano con un dedo, y cuando sus labios carnosos me sonrieron casi me voy en seco. Enseguida volvió a tomar la iniciativa: “Vamos a bailar!!” Todaví­a de la mano, me guió a la pista, donde las parejas se apretaban unas con otras intentando bailar el ritmo tropical. “Yo no sé bailar esto!!!” le dije riendo, y ella me tomó fuertemente de la cintura y me dijo “tú sólo sí­gueme”. Su pelvis se pegó a la mí­a, y sus pechos se aplastaron contra el mí­o. Los rí­tmicos movimientos hicieron que mi erección ya fuera inocultable, pero si ella lo notaba, no parecí­a importarle. El baile se hizo aún más caliente, y yo la acariciaba en su espalda, los brazos, su cabello. Karen cerraba los ojos y hací­a lo mismo con mis brazos y espalda. Finalmente en un momento que nuestros ojos se encontraron, me incliné y la besé. Fue un beso suave, pero largo, en el que con delicadeza le besé un labio, luego el otro, chupándoselos suavemente y dejando que mi lengua se rozara levemente con la suya. Al despegarnos volvimos a mirarnos y supe que por esa noche Karen era mí­a. Fue un sentimiento extraño, porque hací­a muchos años que no estaba con una mujer que no fuera mi esposa y no sabí­a qué expectativas tendrí­a ella, pero a esta altura ya estaba todo decidido. “Quieres seguir buscando a tus amigas?” le pregunté, y cuando contestó que no, le di otro beso, este más apasionado. Ella respondió de inmediato, tomándome por detrás de la cabeza y hundiendo su lengua en mi boca y explorando cada rincón. Su mano recorrí­a mi espalda mientras la mí­as le cogí­an firmemente el hermoso culo. “Vámonos” le dije, y cogiéndola de la mano la guié hasta afuera. Una vez en el coche volvimos a besarnos como adolescentes. Mis manos no se resistieron y comenzaron a acariciar sus senos, y cuando escuché sus gemidos de placer, descubrí­ uno de sus pezones y me abalancé sobre él. Ella me apretó contra su pecho, pero a los pocos segundos me retiré, porque estábamos en un parking y no sabí­a si nos estarí­an viendo. Arranqué y me di cuenta que no tení­a idea de adónde ir. No conocí­a ningún motel, y desde luego a mi casa no podí­amos ir. Karen me orientó hacia un motel, y apenas cruzamos la puerta de la habitación se abalanzó sobre mí­. Nos tiramos sobre la gran cama y rodamos entrelazados, sacándonos la ropa lo más rápido que podí­amos. Ella se encargó de mis pantalones, y me los sacó junto con los calzoncillos. Mi verga saltó, libre por fin y ella la cogió de inmediato, metiéndosela entera en la boca, y comenzando a darme una mamada increí­ble. Yo me acomodé debajo de su vagina para darle un 69 mientras le acariciaba también las tetas. Yo no suelo gritar en la cama, pero esta vez lo hice, aunque no tan fuerte como Karen. Mis manos recorrí­an todo su cuerpo mientras mi lengua y mis labios se encargaban de su clí­toris. En realidad habrí­a acabado a los pocos segundos si no es porque saqué fuerzas de no sé dónde y quité mi verga de la boca e Karen. Ella se resistió, pero finalmente cedió, y quedó jadeando, ronroneando como una leona en celo, mirándome a los ojos y pidiéndome sin palabras que la penetrara. Sin decirme nada se puso en cuatro patas, apuntando su glorioso culo hacia mí­, y mirándome por sobre su hombro me preguntó “dime, te gustan las paisas puticas?” El oí­rla llamarse a sí­ misma “putica” me enloqueció. Enterré mi cabeza en su culo, lamiendo a fondo su ano, lubricándolo para lo que vendrí­a enseguida. No suelo tener sexo anal con mi esposa, y no estoy seguro de que eso fuera lo que Karen querí­a, pero mi lengua entró cada vez más a fondo en su apretado agujerito, y sus gemidos se hicieron más fuertes también a medida que le acariciaba el clí­toris. Pasaron así­ varios deliciosos minutos, entre su coño y su culo. Primero le metí­ un dedo, suavemente, dilatando el ano con cuidado y lubricando siempre con mi lengua. Karen se mordí­a los labios, se aferraba a la almohada y me insultaba de mil formas, pero su culo se moví­a perfectamente al ritmo que yo le poní­a. Enseguida fueron dos dedos en su ano, luego tres, y cada vez ella gritaba más fuerte y gozaba más. Finalmente me ordenó entre jadeos: “ya clávame hijoputa que no puedo más”. Yo tampoco aguantaba más. Me puse el condón en tiempo récord y comencé a enterrarle mi verga hasta el fondo. Sus ojos parecí­an saltar de las órbitas y su boca estaba desencajada, pero pedí­a más. Verla así­ me calentaba enormemente. Ella, que siempre estaba tan perfecta, ahora era la putita perfecta y estaba desmayando de placer con mi verga en su culo. Finalmente terminó de entrar y pareció que todo su cuerpo se aflojara, relajándose en una gran exhalación y permitiendo que la inundara el gozo. Comencé a moverme rí­tmicamente, y ella correspondió, recuperando el volumen de sus jadeos. El ritmo y la intensidad aumentaron rápidamente, entre otras cosas porque yo no aguantaba más. Karen gritaba “sí­, ahora!, sí­, ahora!” y empujaba con fuerza su culo hacia mí­. A los pocos enviones me inundó un orgasmo enorme que Karen secundó enseguida (o fingió muy bien). Me quedé bombeándole el culo un poco más, por inercia, mientras ambos nos aflojábamos. Cuando finalmente saqué mi verga de su culo, el preservativo estaba rebosante de esperma. Karen lo vio y de inmediato lo cogió, retiró el preservativo y comenzó a chuparme la verga hasta dejarla limpia. Luego me plantó un profundo beso, y se fue a dar una ducha. Nos duchamos juntos casi sin cruzar palabra, pero sin dejar de mirarnos a los ojos, y nos fuimos del motel a los 40 minutos de haber llegado. Durante el viaje no cruzamos una palabra, salvo las indicaciones que ella me daba para llegar a su casa. La dejé en la puerta de su edificio, y nos despedimos con un beso en la mejilla, y un leve roce de nuestras manos. De esto hace unos dos meses, y aún no he vuelto a reunirme con Julio y Karen. Espero que nuestros encuentros futuros sean de algo más que negocios...

— diablin

7 de septiembre de 2009

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diablin

Escrito por

Soy hombre heterosexual

Comentarios

1 comentario

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  • moreno2009 · 9 de sept de 2009

    parce muybueno su relato ...pero muy largo y eso aburre se cuida y que le siga hiendo de maravillas

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