Un Delicioso E Inesperado Trío En San Andrés Isla, Parte I.
Relato de comunidad Fantasíasschedule 4 min de lectura calendar_today Agosto de 2010

Un Delicioso E Inesperado Trío En San Andrés Isla, Parte I.

Por razones de negocios me encontraba en las islas de San Andrés desde hacia ya una semana cuando el cliente que pagaba todo debió regresar a su país para algo urgente por tres días, pidiéndome que lo esperara para seguir nuestras conversaciones. Como me encanta la isla acepté y me dispuse a....

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Por razones de negocios me encontraba en las islas de San Andrés desde hacia ya una semana cuando el cliente que pagaba todo debió regresar a su país para algo urgente por tres días, pidiéndome que lo esperara para seguir nuestras conversaciones. Como me encanta la isla acepté y me dispuse a estar sin compañía en ese paraíso. Luego de acompañarlos, temprano por la mañana, a él y a su familia al aeropuerto me regresé al hotel para prepararme a una tarde de solitario. Estaba en el hotel al que siempre voy, un poco alejado de la playa, compuesto de apartamentos en edificios de solo dos pisos, distribuidos a lo largo del terreno y alrededor cada uno de una piscina.

Llegué a la recepción, luego de arrendar una moto para esos días, y cuando me dirigía al bar oí un caballero tratar de hacerse comprender en italiano quien decía, traduzco: “mi esposa viene, por favor esperémosla un segundo”. Para evitarle incomodidades me presenté tanto a él como a la recepcionista y me propuse como traductor. La dama estaba en los baños, tenia en su bolso los tiquetes de entrada, acababan de llegar de Italia y directo del aeropuerto de Bogotá se habían ido a las islas, y el caballero no quería hurgar esa intimidad sagrada de las damas que es su bolso. Charlamos hasta que la dama llegó, una linda colombiana de más de treinta años, de pelo negro largo, con bonito cuerpo, sin ser escultural, por lo que dejaba ver su ropa, vientre casi plano, cintura manifiesta, nalguitas pequeñas, redondas y con unos senos que sin ser indiferentes a la gravedad y a la edad guardaban aun orgullo y volumen. El caballero tendría los cincuenta, yo en aquel entonces tenia unos 42, delgado, de cara normal y me parecieron los dos muy simpáticos. Evidentemente ella hablaba las dos lenguas útiles y los dejé tranquilos despidiéndome.

Cuando fui a mi apartamento tuve la sorpresa de verlos en el siguiente al mío, al final del pasillo que en terraza permite el acceso a las puertas de entrada a la casa de cada cual, el caballero se tomaba una cerveza en el pasillo y se mostró muy contento de verme. Le expliqué que en ese hotel todo estaba incluido, que bastaba con ir a cualquiera de las piscinas del sitio, que siempre tienen un bar y pedir lo que deseaba. Su esposa, hablando siempre en italiano nos pidió que nos fuéramos a tomar al más próximo, que ella, una vez arreglado el apartamento se nos uniría. No olvidemos que en Italia la casa es el reino de la “mamma” y que incluso la presencia de un hombre cuando la mujer toma posesión de su imperio es insoportable. Comprendí esa actitud tan italiana de la señora cuando en la charla supe que ella llevaba unos 15 años en la región Véneta. Al saber que eran vénetos me di el gusto de pedirle que él me hablara en véneto y recordé de esa manera esa lengua que un día supe. Cuando su esposa llegó mi léxico ya usaba muchas palabras de la lengua de la laguna y él podía hablarme sin tener que explicar cada palabra. Me sentía yo 20 años más joven, como cuando residía en esa región y hablaba sin problemas dicha lengua.

Fue delicioso ver como simpatizamos todos, luego de tomar un aperitivo juntos nos fuimos a almorzar. Era la primera vez que los dos venían a la isla y que deseaban pasar una semana en ella antes de regresar al continente visitar la familia de la esposa. Ella se llamaba, digamos para este relato, Andrea, y él Gino. Como buenos europeos estaban sedientos de sol y les propuse que se fueran a cambiar y luego a la playa reservada del hotel, o que simplemente se quedaran descansando del viaje sobre una de las poltronas alrededor que siempre hay alrededor de las piscinas. No teniendo nada más que hacer, salí a dar la vuelta para la que había arrendado yo la moto. Regresé por la tarde, dos horas antes de la hora de la cena, y al llegar a mi apartamento, Gino salio del suyo y me dijo que me estaban esperando para que fuéramos a cenar, para que yo no comiese solo. Agradecí y luego de darme una ducha salimos con Gino a tomar el aperitivo a la sombra aun necesaria de un parasol de la mesa de una de las piscinas. Estábamos los dos en camisetas blancas, bermudas, sandalias sin medias, gafas de sol y él tenía puesta una gorra, blanca también, que por la hora no tardaría a ser innecesaria.

— gerardo91000

8 de agosto de 2010

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gerardo91000

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Comentarios

1 comentario

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  • juan2222
    juan2222 · 10 de ago de 2010

    una estupidez tu relato

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