Durante ese mes, la hermosa Roxana nos servía el desayuno en pijama y Andrés con mucha complicidad llevaba a menudo los hijos a la escuela, un poco más temprano que lo que lo hacía Roxana y su mirada cómplice para los dos al despedirse me convencía que él estaba al corriente de lo que pasaba en su casa. Casi siempre, apenas había salido él de la casa y Roxana cerrado la puerta detrás de él, que los dos subíamos a mi habitación para hacer el amor durante un buen momento. La tradición se convirtió en que ella después del amor, se reposaba unos momentos conmigo, se duchaba y bajaba a su cuarto desnuda para vestirse y luego llevar su pijama cuando subía a arreglar el cuarto. Durante el día, por momentos venia la linda a darme uno que otro besito y por las noches, cuando no tenían clases, charlábamos todos juntos un rato, incluso después que los niños se acostaban. Durante los fines de semana nos reposábamos y Andrés ocupaba sin excepción su papel de “macho” de la casa.
Un día por la tarde, estando los dos solos en la casa, yo a mi trabajo en mi computador, Roxana subió a mi cuarto, vestida con unos shorts que le ocultaban mal la mitad de las nalgas y una camisetita que le cubría abajo solo hasta el ombligo y le descubría la mitad de los senos arriba, en la que sus senos jugaban libremente cada que ella se movía. Me traía un tinto en una mano y otro para ella en la otra mano en la que también traía un frasco plástico que colocó sobre la cama después de poner los tintos sobre la mesa donde yo trabajaba. Me preguntó si se podía sentar en mis piernas, para lo que apagué la máquina y comenzamos a tomar el tinto entre besos. Pronto comencé a acariciar sus senos y una vez el brebaje caliente terminado, ella me susurró al oído que quería darme chiquito, que se lo hiciera suavecito, y con su vocecita de niña mimada terminó con su “¿si mi amor?” al que estaba acostumbrada que nadie se le resistiera.
Seguimos besándonos, terminamos desnudos rápido y me llevó a la ducha donde nos lavamos de nuevo, insistiendo ella en enjabonar sus nalgas y las mías y el valle marcado por las mismas. Pasamos a la cama donde ella se dispuso en un 69 de medio lado, abriendo sus piernitas para recibir mi beso y apoyando su cabeza en mi muslo me tomó en su boca. Yo feliz me puse a lamer ese sexo aun húmedo de agua, introducir mi lengua y acariciar con la mano libre (la otra estaba bajo mi cuerpo y tomaba la que tampoco estaba libre de la damita) acariciaba yo sus nalgas redonditas que se encontraban a pocos centímetros de mis ojos. Cuando yo ya estaba a su gusto excitado me separó más mis piernas y se bajó un poco para poner mis nalgas al alcance de su boca, me las separó y comenzó a hacerme un beso negro que yo solo pude corresponder. Me avancé pues entre sus piernas, solté su mano para pasarla bajo su cintura y separando a mi turno los globos de sus nalgas me dispuse a recorrer con mis labios y mi lengua el camino entre su vulva y su ano. Era la primera vez que me besaban el ano y fue una sensación deliciosa sentir sus labios y su lengua excitar esas terminaciones nerviosas que nunca me habían despertado. Ella me lamía el esfínter con golpecitos de su lengua, me besaba y rápido comprendí que me daba la pauta de cómo quería ser halagada. Comencé pues a repetir en su culito lo mismo que ella me hacía. Cuando me introdujo un dedo me puse tenso y ella riendo me dijo “relájate” lo que hice y la dejé penetrarme. A mi turno me humedecí un dedo y se lo entré en su ano, ella me tomó la mano y me guió a su interior, haciéndome entrar y salir suavecito y luego más y más rápido. En un momento ella me sacó su dedo, poniendo mi pene en su boca, que lamía guardándolo a su interior, y sentí entrar un dedo más grueso, por lo que adiviné que era su pulgar, que confieso me producía cierto placer, aunque sin común medida con el que ella mostraba cuando yo le hacia la misma caricia.
La nena me atrajo hacia ella, me besó en la boca y se sentó para seguir con su felación, sacó del cajón de mi nochero un preservativo, me lo puso y luego tomó el frasco que había traído y sentí como me puso aceite lubricante en mi pene. Roxana se puso al borde de la cama, llevándose una almohada en las manos, y en posición perrito, la cara apoyada sobre la almohada, con las manos separó sus nalguitas. Tomé yo mismo el frasco que ella trajo, la lubriqué a la entrada de su ano, me unté un dedo con el aceite y se lo metí y luego puse la cabeza de mi pene a la entrada. De ella misma me hizo entrar un poco, solo el glande que guardó dentro inmóvil. Yo salí, le versé aceite en su interior aprovechando la dilatación de su ano y regresé a la posición anterior para permitirle hacerme entrar casi hasta la mitad. De esa manera, de a pocos, terminé lubricándola completamente y entrando también mi pene hasta el fondo. Ella se quejaba como un gatito hambreado, sin dejar de mantener sus nalgas separadas con sus manos. Nos quedamos inmóviles un momento y dejé que ella me hiciera salir un poco para hacerme entrar de nuevo. Cuando sentí que ningún dolor la afectaba yo comencé a sodomizarla con mayor energía y sus “siii, delicioso, sigue así…” y “hasta el fondo papito, métamela toda…” me animaron en mi mete y saca delicioso.
Largos minutos, nunca lo suficientemente largos, pasaron, mi pene al interior de sus caderas, mis manos aferradas a sus senos o a su cintura, cuando no recorrían sus muslos que tanto me encantaban. Ella significó la llegada de su orgasmo, como acostumbraba, con sus “siiii” interminables, aferrando la almohada con sus manos y yo incontinente tuve mi orgasmo de concierto. Caímos los dos sobre la cama exhaustos, yo siempre a su interior, hasta que mi pene tomó proporciones menos agresivas y salir así poco a poco de su recto, aunque un movimiento de retroceso de su culito me guardó lo que pudo a su interior. Luego, acomodados finalmente a lo largo de la cama, la linda Roxana me susurró en medio de un beso “gracias, fue delicioso, gracias”. Puso su cabeza sobre mi pecho, y me dijo que le había contado todo a su esposo, que a él le había gustado la idea que me tuviese como amante, idea que él conocía desde mi llegada a la casa, ya que le gusté desde mi llegada. Recordando que mi ano había sido invadido por sus dedos le recordé que yo era hetero, a lo que ella riendo me dijo que Andrés también, que no temiese nada por ese lado. Que la intrusión de sus dedos en mi intimidad obedecía sólo a una de sus fantasías y que quería mostrarme como prepararla a la entrada de mi pene. Cuando me inquieté de cómo serian las cosas en el futuro, ella me dijo que ya hablaríamos los tres de eso, que no me inquietara de nada. Que él ya sabia que yo era dulce con ella y que a ella le encantaba la forma como yo la trataba, y que siendo lo único que contaba para él, pues le parecía todo perfecto. Me di cuenta que ellos se amaban y que en ese amor la ternura que yo manifestara a la damita solo seria benéfica.
En el próximo relato les contaré como se pasó la confrontación con su esposo y tal vez como siguieron nuestras relaciones durante esos meses que viví en Bogotá. Espero que les guste.








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