Todo ese miércoles lo pasamos desnudos los tres cuando los hijos estaban en la escuela y recuerdo con delicia la libertad que sentí al ella frotarse contra mí en un momento que yo preparaba algo en la cocina y pedía a Andrés seguir batiendo las claras de huevo porque yo iba a estar ocupado. Su esposo riendo tomando de mis manos el “bol” y la batidora eléctrica me liberó para que su esposa pudiera darse gusto conmigo. Roxana me volteó hacia ella y luego de un beso apretado, frotando sus senos contra mi pecho, se puso en cuclillas y poniendo mi pene en su boca comenzó a darme una mamada que rápido me puso en forma. En un momento miré como estaban las claras, que ya duras se podían poner en el horno para hacer los suspiros que yo quería hacer. Se lo dije a Andrés y él me dijo que él los pondría él mismo pues ya me había visto hacerlo. Pude pues poner de pie a la linda damita y ella solita se apoyó a la mesa del lavadero exponiendo los globos de sus nalguitas a mi alcance y me pidió que la penetrara rapidito. Era evidente que ella se había excitado solita mientras yo me ocupaba en la cocina y charlábamos los tres. Cuando acerqué mi intimidad a sus nalgas ella se empinó en la punta de sus pies y tomando mi pene con una de sus manos me llevó a la entrada de su vagina que ya estaba húmeda y que retrocediendo me entró hasta el fondo sin ninguna preparación de mi parte. Comencé mis entradas y salidas de su cuerpo con movimientos de mi cintura mientras mis manos la tomaban por sus senos. De esa manera un poco salvaje tuvimos el orgasmo los dos y por vez primera mi semen se derramó en su vagina. Al querer retirarme ella me retuvo y como en un gemido me dijo “espera”. Al perder yo toda erección mi pene salió por sí mismo de su dulce gruta y seguimos charlando como si nada hubiese pasado sentados a la mesa, el culito de la linda colocado sobre una toalla para no mancharla con mis jugos que se escapaban de su vagina. Luego nos duchamos todos juntos y nos vestimos al acercarse el regreso de los hijos.
La menstruación de Roxana vino a los dos días y la linda me negó toda entrada a su culito y toda mamadita. Como lo había dicho ella, esta vez nos quería “cargaditos” para hacer sus comparaciones. Cuatro días después, charlamos los tres y cuando los niños se fueron a dormir yo también me fui a acostar. No me había dormido aun cuando oí pasos en la escalera, pensé que Roxana había decidido que era la noche conmigo pero ella entró con un tinto humeando en la mano vestida de un delicioso baby doll que la desnudaba a la perfección apenas velando sus formas. Colocó el tinto en mi nochero y luego de darme un beso y dejar que yo acariciara sus senos me pidió que tomara mi café y que bajara al cuarto del matrimonio. Sonriendo le pregunté para qué y ella dijo que quería hacer la comparación. Hipócritamente me hice el que no comprendía y simplemente me tomó en su boca introduciéndome todo. Mientras su lengua acariciaba mi glande y sus labios recorrían apretando mi verga a cada instante mas inhiesta, yo tomaba como un pacha mi brebaje mientras una linda mujer que yo ya quería mucho me daba una felación paradisíaca. Cuando terminé y puse la tasa en el nochero de nuevo ella me abandonó y rápida me llevó un pantalón de pijama que sacó del cajón del armario donde se encontraba. Me puse presto el vestido que disimulaba mal mi estado y tomado por su mano nos fuimos al tálamo nupcial del matrimonio.
Cuando llegamos Andrés me hizo un signo de silencio y de otro indicó el sueño de los hijos. Roxana me hizo acostar al lado de su esposo y con nuestra ayuda nos bajó los pantalones del pijama para luego ella desnudar su busto. Cuando quise retirarle el panty me susurró al oído que aun tenia la toalla sanitaria puesta y sin más se puso a masturbar al uno mientras entraba al otro en su boca, sin olvidar por momentos aplicarnos al uno y al otro una rusa, frotando el mástil de nuestro pene entre sus senos al tiempo que nos succionaba la cabeza del mismo con sus labios. Cuando Andrés agarró sus cabellos como para profundizar su penetración comprendimos que él ya venia y la linda apretó la raíz de la verga de su esposo con la mano y lo entró en su boca como nunca la había visto yo hacerlo. Las convulsiones del cuerpo del pene que ella guardaba en su garganta comenzaron lo que hizo que ella lo pusiera en la entrada de su boca donde lo recibió con los ojos cerrados. Siempre sin dejar de acariciarme gustó el semen de su esposo, guardándolo en su boca sin dejar escapar ni una gota, a pesar que se notaba lo abundante que había estado. De toda evidencia él también había sido sometido a esa huelga de la que yo no tenia derecho a quejarme, pero que él, como esposo, sí pudo apelar, sin exigir sus derechos, durante esos días de ciclo menstrual. Luego lo tragó como un “sommelier” que degusta un vino fino, haciendo buches y dejando una vez las papilas al interior de su mejilla izquierda probarlo y luego las de la derecha. Al terminar le preguntó en un susurro a Andrés si quería probar, lo que él rechazó y al hacerme la misma oferta le dije riendo casi en silencio que aun menos yo. Fue después mi turno, ella me chupó, me hundió hasta el fondo de su garganta, haciendo que sus labios chocaran con mi pubis, me llevaba afuera, casi hasta sacarme por completo, para tomar mi glande con los labios apretándolo y lamiéndole la punta para de nuevo entrarme hasta el fondo. Frotar mi pene contra su paladar era una delicia y luego sentir como se separaban sus membranas para darme paso en su garganta fue una sensación que pocas veces he sentido. Por fin eyaculé en su boca y al igual que para con su esposo me saboreó con delicia y en un suspiro dijo “ahora sí sé cual es la diferencia entre los dos”.
Entre nosotros se estableció la costumbre de que Roxana pasara por semana una noche conmigo en la que hacíamos el amor como si fuéramos un par de esposos. Por la mañana la nena se levantaba, se duchaba y bajaba en pijama para cumplir con sus deberes matinales. Una vez que habíamos hecho el amor con más intensidad que de costumbre y no nos levantamos al sonar mi despertador Andrés nos despertó con una bandeja que contenía tres tasas de café caliente. Riendo en voz baja nos dijo que habiendo oído el “ajetreo” que habíamos hecho por la noche se dijo que nos gustaría ser despertados con tinto a la cama.Roxana retiró sus cobijas y se sentó, sus senos desnudos libres a nuestra vista y a nuestras caricias, agradeció a su marido de un beso, me besó a mi también y simplemente dijo “buenos días mis amores”. Nos tomamos los tres el café y ella se levantó exhibiendo su desnudez y mientras buscaba su pijama que había sido desperdigada por el apartamento su esposo tomó la bandeja con las tasas y ya vestida la linda, si se puede llamar vestido su pijama, bajaron los dos por las escaleras.
Dos semanas después tuve la sorpresa de recibir a Roxana varias noches seguidas en mi cama y ella insistió para que yo la embistiera en posición perrito y que me quedara a su interior hasta que la última gota de mi semen se quedara en su humanidad. Luego la nena se quedó durmiendo a mi lado, muy mimosa, su cara recostada sobre mi pecho. Andrés nos traía el café muy simpático y las sonrisas picaras entre ellos me confortaban en la idea que la pareja eran ellos y yo solo el invitado en todo menos en sus complicidades. Otra de las posiciones que ella aficionaba en esos días era la simple posición del misionero. Me encantaba como me recibía con sus piernas abiertas apretando mis muslos con los suyos, sus pies sobre mis huecos poplíteos y me encerraba con sus brazos. Su cuerpo tembloroso bajo el mío se ofrecía como en sacrificio, sus senos aplastados por mi cuerpo y su boca repetía “¡qué rico sentir tu semen cuando estallas en mí!” sin dejar de mover su cintura excitada. Al momento de yo tener mi orgasmo me apretaba no solo con sus piernas sino que ponía sus manos en mis nalgas tratando de entrarme más en ella. Como ya era una costumbre, dormíamos apretaditos los dos, por momentos su cabeza sobre mi pecho, por momentos los dos de medio lado, sus nalguitas contra mi sexo, su cabeza sobre uno de mis brazos y uno de sus senos en mi mano.
Mi trabajo debía resentirse pero yo supe respetar las prioridades de la vida. En esas noches dormía poco puesto que a menudo la damita me despertaba con el dulce despertar de tenerme en su boca. Roxana sobre mí tomaba mi pene en su boca, luego lo sacaba y guardándolo en la mano se frotaba la cara con él, recorriendo sus mejillas con él, oliéndolo como si fuera un perfume, luego lamerlo y engullirlo en su boca de paso. Subía un poco su cuerpo para frotar sus senos con mi masculinidad, lo soltaba a veces para encerrarlo entre sus globos tibios y moviendo su cuerpo entero me frotaba mientras sus ojos brillaban bajo sus parpados semi cerrados y sus labios separados en una sonrisa de satisfacción dejaban entrever el nácar de sus dientes. Me gustaba después acostarla boca abajo y recorrer su nuca con mi pene, recibiendo con gusto algunas pausas en las que ella volteando su cabeza me atrapaba en su boca y yo podía ver como su mejilla se deformaba al recibirme. Paseaba mi pene por su espalda, sus nalgas y luego sus muslos que ella separaba de manera bastante amplia. Acariciar su sexo con mi pene, teniendo el espectáculo de sus nalgas ofrecidas sin timidez es un recuerdo que aun hoy me excita. Cuando yo entraba en su ano pocas veces me dejaba terminar, me pedía que la esperara y luego de su orgasmo me llevaba a bañarme, lavaba mi zona genital con mucho esmero y terminábamos, ella de pie, dándome la espalda, agachada, las piernas estiradas y las manos apoyadas en la pared y yo penetrándola por su vagina. A menudo me decía que le encantaba recibir mi “leche”, que “sin el preservativo era mucho mejor” haciéndome sentir como si mi naturaleza produjera un caviar refinado.
Un sábado, no sé porqué, los hijos no estaban en la casa (tal vez estaban donde los abuelos en su finca…) bajé para tomar algo, pues no me llamaban para el desayuno. Encontré a Roxana desnuda en la cocina preparando el café de la mañana y luego de saludarla de beso y acariciar sus nalgas, ella me quitó el pantalón de pijama diciéndome que todos estábamos en pelota, que si yo guardaba un vestido a ella “le daría pena” y volteándome la espalda se me frotó sus nalgas contra mi pubis. Yo de inmediato le acaricié los senos y una de mis manos bajó por su vientre hasta llegar a su sexo que poco a poco hice humedecer. En muda respuesta ella se inclinó un poco, haciendo salir sus nalgas, y yo, ya suficientemente endurecido por la excitación comencé a penetrarla, primero con cuidado, temiendo lastimarla, pero la encontré bien dilatada y húmeda. Creo que Andrés había no solo preparado el camino que mi pene seguía, sino que ya lo había recorrido y no hacia mucho tiempo de eso por lo fácil que me recibió. Comenzamos un va y viene entre los dos, yo aferrado a sus senos o a sus hombros, entrando en ella sin medida, solo buscando mi placer, y besando sus labios cuando volteando su cabeza ella me ofrecía sus carnosos labios un poco deformados en una sonrisa imprenta de lujuria y siempre sintiendo los globos de sus nalgas contra mi vientre que frenaban un poco mis embestidas y suavizaban mis dulces estocadas. Estando en estas se oyó un grito de “Roxana, puedes venir un momento”, que lanzó su esposo desde una de las habitaciones del interior y ella respondió con “ahorita no puedo, Gerardo me tiene clavada”. Su esposo cómplice se limitó a decir tan solo “bueno, entonces yo busco lo que necesitaba”. Cuando terminamos el café ya estaba listo (después de varios minutos que había colado…)y la linda llamó a su esposo para que lo tomáramos los tres. Este llegó tan desnudo como estábamos su esposa y yo y se disculpó por habernos interrumpido y desde luego los dos le aseguramos que no era una interrupción y ella cogiéndome el pene le dijo que “éste me agarra mejor que un trabajo” a lo que reímos los tres, aunque yo protesté recordándole que era ella siempre mi tentación y recordándole que los dos hombres en esa casa estábamos solo a su buen placer, lo que Andrés afirmó con un rotundo “eso sí es verdad”.
Pocas veces repetimos el trío, y aun menos con doble penetración. Siempre en mi habitación para evitar la llegada inoportuna de sus hijos. Su esposo Andrés subía a la habitación donde ya se encontraba su esposa Roxana conmigo, quien me charlaba con mimitos poco excitantes, esperando evidentemente su llegada. La linda se daba el gusto de ser recorrida por dos penes en estas ocasiones, y de toda evidencia el tener un pene recorriendo sus pechos y su vientre mientras otro estaba en su boca era para ella una preparación perfecta a la penetración. Ser penetrada en su sexo por uno de nosotros mientras el otro invadía su boca, cuatro manos acariciándola, en sus nalgas, en sus senos, en su espalda, en su cabeza, la volvía loca de placer. Sino me colocaba al borde de la cama, me cabalgaba y recostándose sobre mí me llenaba de besitos dulces mientras su marido hurgaba su ano con su pene. Era muy tierno sentirla todita sobre mí, en ocasiones uno de sus pechos en mi mano, su peso aumentado por el de Andrés, mi pene a su interior, sus brazos bajo mi nuca, ella dándome besos mientras se movía para aunar la entrada y salida de mi pene en su vagina y la caricia del pene de su esposo que yo sentía a través de la membrana que nos separaba. Nos regalaba al final con un orgasmo largo y potente al sentirnos eyacular a los dos en su interior. Su esposo se retiraba de su ano y ella seguía guardándome en su vagina, cerrando los ojos con una pequeña mueca como de dolor al sentir su pene salir y sonriendo a pesar de todo. Confieso que un interrogante se formaba en mi cerebro al recibir tantos mimos de esta damita, más que a su esposo y la mirada de satisfacción de este al darse cuenta de ello.
En el próximo relato, y último de esta saga, les contaré como termina esta historia, si es que termina…








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