Tenía que agradecerte lo de anoche de algún modo, el habérmelo roto todo por dentro y enloquecerme orgasmo tras orgasmo hasta que mi cuerpo no respondiese. Era necesario darte las gracias por esta noche de delicias; te amo.
-¿Puedo darte las gracias por lo de ayer?- te pegunté cerrando la portátil después de leer los útiles concejos del diario de Lulú sobre el sexo oral, me puse sobre ti provocativa a sabiendas de que tenia mis partes destrozadas por la salvaje noche. Toqué tus costillas justo en la base de sus senos mirándote a los ojos-aprendí algo hoy ¿puedo?-
-Has lo que quieras- me dijiste a sabiendas de que mi voz no indicaba nada más que picardía; era mi turno esta noche. Comienzo a besarte el cuello succionando y lamiendo, memorizándome tu sabor que es como poco delicioso, acariciando tus pechos sobre la camiseta.
-hoy serás mía y de mi entonces- recorro sus labios con los míos, enmarco su forma con mi lengua, los muerdo; cosquilleo su paladar con mi lengua disfrutando de su dureza y su textura, disfruto el sabor de tu lengua enloqueciendo a mis papilas gustativas, subo las manos hasta tu cabeza y paso mis dedos por tu delicioso cabello. Me encantan esas delgadas cascadas de suavidad color azabache, me importa un comino si están con canas o sin canas, el tuyo es hermoso como es, ondeante suave y bello.
Mientras tanto mi lengua se retuerce girando sobre la tuya, deleitándose con su circunferencia cónica, era deliciosa. Dejo libre una mano de tu cabello y te acaricio el cuello sobre mi pijama, puedo sentir tus pezones comenzando a endurecerse. Succiono tu labio inferior con la boca, tus labios son deliciosos, amo la carnosidad de su naturaleza, los quiero míos, los muerdo un poquitico con los dientes disfrutando la sensación que dan al escaparse de mi boca. Beso tu mentón, tu mandíbula, las pequitas de tus mejillas, tus parpados. Paso a los lóbulos de tus orejas dejando salir un frio suspiro, bajo la mano que tenía en tus cabellos hasta tus pechos. Ya tenías los pezones duros y eso que yo apenas comenzaba. Se escuchaban en nuestras respiraciones las ansias, yo por comerte viva, tú por estrenar aquella novedad que acababa de aprender. Estabas a mi merced.
Apreté tus senos con mis manos queriendo sentirlos envueltos en mis dedos ansiosos, que aun temblaban de ganas. Estaba excitada porque esta vez seria yo quien te dejaría durmiendo en la cama.
Pasé de lamer tus orejas a besar de nuevo tu cuello, ese delicioso trayecto lleno de palpitares por donde tu agitada respiración pasaba, tu garganta que vibraba de excitación comenzaba a enviar sonoras exhalaciones de placer, te daba igual si hubiese aprendido bien o no, querías ser mi sujeto de práctica. Agradecí al cielo por qué odiaras los sujetadores, aquellos endemoniados ganchitos son como poco un reto hasta para mi cuando me los pongo. Detuve todo para deshacerme de la camiseta que me estorbaba el camino entre mis besos, mis manos y tu piel. Viéndote desnuda con los senos al aire se me antojaron el par de botones de color que se enmarcaban en tu pecho. Quería succionarme tus pezones hasta haberme memorizado tu sabor o hasta que el hambre de más me moviera de ellos.
Si, parecía un cuervo hambriento sobre la carroña, un pezón en mi boca, un seno en mi mano y la otra inquieta comenzó a acariciarte por donde quería, curiosa. Pasé mi dedo por el elástico de tu bóxer, tocando la piel bajo este, adoraba el tacto de tu piel, suave y cálido, ahora perlado por el sudor excitante de tu ardor apasionado. Eras mía, eras deliciosa.
Quería probar el sabor de tu cuerpo, separé mi boca glotona de tu seno dejándole lugar a la mano para volver a tocarlo y recorrí tu pecho entre lametones y besos. Podía sentir con mi boca la diferencia e irregularidades naturales de tu cuerpo, sus cambios me excitaban más de lo que creería cualquiera. Tus manos que desde un principio me dibujaban figuras en la espalda se estaban ahora poniendo demasiado coquetas, y yo en el estado en el que estaba quería vivir tu excitación en tu cuerpo, y así excitar el mío.
Ni corta ni perezosa y sin que lo notaras a tiempo te esposé en la cama, sabía que había sido una muy buena idea dejarlas bajo las almohadas después de lo de ayer, no se habían perdido y ahora cuando más las necesitaba las tuve a mano rápidamente. Ahora si eras toda mía. Sonreí al ver tu sorpresa y algo de indignación, quizá hasta algún puchero se te pudo haber escapado antes de besarte para evitar que me reprochases. Era mi noche y eras mía. Toda mía.
Mis manos ahora acariciaban tus pechos de forma suave, llenando a tu cuerpo de una irresistible sensación de cosquilleo, y aunque eran juiciosas una mano era más pícara que la otra y cambió de rumbo en dirección a tu sexo.
Estabas mojada, tanto que pude mojar mis dedos sobre tus bóxers, acaricié tus labios mayores sobre la prenda con la uña del dedo índice, opacando tus suspiros con mis besos desbordados. No quería darle más rodeos al asunto, quería bajarte y hacerte gritar de placer, hacer que nos llamaran de portería y preguntaran si estábamos bien.
Me separé de tus labios, pero los de tu rostro, porque mi mano juguetona aun disfrutaba del cosquillear entre pierna y pierna, ya no eran uno sino dos los dedos que querían disfrutar de la humedad de aquel camino. Besé tu cuello, el pecho que quedaba libre de mi mano izquierda, la mitad de tu pecho, la "y" de tu tórax, tu ombligo…. Siempre quise saber cómo era morder un ombligo, nunca me había atrevido porque el bello masculino no estaba entre mis deleites.
Apreté entre mis dientes uno de sus bordes, era mejor de lo que esperaba, era sensual, era romántico y gracioso, todo en el mismo instante. Me atreví entonces a meter mi lengua en tu ombligo. Su sabor no era algo que mereciese aclamarse, era igual que el resto de tu piel, pero la sensación me encendía las mejillas llevándome a pensar que estaba penetrándote.
Disfruté por un rato de hacerlo incrementando el poder de mis dedos sobre tu sexo cubierto de tela hasta que uno de tus gruñidos me sacaron de mis fantasías rogándome por hacerlas verdaderas. ¿Cómo decía tu canción? Ah si, quiero follarte como un animal.... No, no, así no es como yo quiero, yo quiero comerte como una primicia de national geographic, yo quiero hacerte el amor como una salvaje. Después de todo eres mi presa.
Me tomé la molestia de aumentar tu tortura, digo, tu placer bajándote los bóxer con la boca, primero con la lengua bajando el elástico de la parte de arriba, luego con la boca, que aunque carnosa tengo la decencia de presumir fuerza en ella. Bajé el elástico suavente, dejándote la ropa interior a medias.
Dejé olvidados tus pechos, y bajé la mano libre para que hiciese equipo con la otra y me ayudasen a quitar la estorbosa tela que nos hacía falta. Bajé tus bóxer lentamente disfrutando del momento en que al fin te dejé desnuda. Los olí con recato, ¿a que olías? Fuese lo que fuese era dulce y la comparación sería difícil de realizar aunque mi mundo gastronómico fuera tan extenso como lo era. Olías fruta prohibida, olías al dulce sabor del pecado, y eso es lo más cerca que estaré de aproximártelo.
Haciéndole caso a aquellos artículos de enseñanza saqué a mano mi lubricante de mora azúl, era después de todo una recomendación sensata para aquellos principiantes que querían devorarle enteros los genitales a su novia.
No escatimé en gastos y vacié medio tarro sobre tu monte de venus, al fin y al Cabo tenía pensado no darte tregua; el liquido se dio paso por las hendiduras de tu vulva y por los lados de tus entrepiernas. Aparté un poco más tus piernas gentilmente con las manos y posé mi lengua sobre tu piel. La pasé suavemente recorriendo tus labios mayores. Su textura, extraña para mi boca se me antojaba como la piel de un melocotón, solo que este tenía olor a moras y un sabor a moras de tus entrañas, la deliciosa mezcla entre tus jugos y los del lubricante.
Como a los melocotones, había que abrir tu ser mordisqueando un poco, Con temor de usar mis dientes usé mis labios que se divertían de agarrar aquella piel que se resbalaba y calentaba con cada uno de mis dedos. Pero quería saber más, ¿que había más allá de lo que se veía a simple vista? Te abrí los labios con las manos dejando entrar profundamente el hilillo de lubricante. Se abría para mí ahora aquella flor de la que tanto me hablabas, parecía una orquídea del deseo.
Empecé a deleitarme desde fuera probando tus labios menores, su tacto divertido no tenia comparación para mi, quizá porque nunca antes había comido algo parecido. Hasta que pude llegar a una pequeñísima baya jugosa y sensible. Y pensar que este pequeño granito te hiciera gruñir tan fervientemente. Acaté las reglas “va a estar extremadamente sensible” pasé suavente la lengua sobre él esparciendo el lubricante, a pesar de la suavidad del paso de mi lengua pude sentir su suave textura, era como una bolita de agrás dentro de tu cuerpo.
Juguetee suavemente con ella extendiendo una de mis manos hasta tus senos. Quizá si no hubieses gruñido habría pensado que no te gustaba, te sentía paralizada. Ah no, quizá fuese el hecho de yo te había esposado a la cama y que por ello no podías moverte porque eras mía, MIA Y SOLO MIA.
Planté repentinamente mi lengua sobre tu clítoris, ¿y que pasaba si la dejaba donde estaba y la movía junto a él, como si jugase con el frutito en mi boca?. Alcé la mirada antes de empezar, quería verte la cara de placer, quería verte apretar los dientes mientras te estimulaba tan salvajemente que humedecieras el colchón con tus jugos. Y comencé a mover la lengua sin soltar aquel fruto prohibido. Delicioso, se escapaba a veces del mismo punto de mi lengua moviéndose entre la carne que lo protegía, pero tu respiración agitada me decía que te gustaba.
Dibujar círculos con la lengua era relativamente sencillo, exceptuando por el hecho de que tus caderas sufrían de fuertes espasmos que me arrebataban tu zona erógena de la boca. Delicioso frutico divertido, adoraba el hecho de que fuera mío. Lo succioné gradualmente deleitándome por la tensión de tus piernas que comenzaban a cerrarse involuntariamente.
-ábrelas, que no puedo ver- tal era tu excitación que tus oídos ensordecidos prescindieron de mis pedidos manteniendo mi cabeza encerrada entre pierna y pierna. Exigiendo atención pasé un fuerte lametazo por tu rajita –¡ábrelas!- si, adoraba verte en ese estado, suplicándome con la mirada una tregua y a la vez un ataque feroz. Sabía que te morías de deseo, sabía que como esta primera vez habría muchas más, probablemente mejores porque sabría cómo hacerlo. Abriste tus piernas con dificultad, quizá aunque esperabas el momento nunca llegaste a pensar que fuese bajo mi total dominio.
Bajé la mano que tenía en tus pechos y con uno de mis dedos te penetré. El calor dentro de ti y la humedad hicieron de la sensación algo nuevo para mí. Y qué tal si…. Intenté bajar la lengua hasta tu entrada pero tus contracciones y la misma naturaleza de tu cuerpo me lo hacían difícil. Yo no estaba en condiciones de soportar dificultades. Con un rápido impulso arrastré hacia abajo ambas almohadas de la cabecera y te obligué a posar tus caderas sobre las dos apiladas.
Ahora tu sexo miraba a mi rostro y quedaba al descubierto por completo de la luz de la lámpara. El sexo femenino era extraño, curioso y aunque pudiesen algunos llamarle feo yo lo veía como una obra magistral del la naturaleza. Volví a recorrerle con la lengua, ahora con las manos libres debido a que la misma gravedad me ayudaba a mantener abiertas tus piernas me robé tus senos y me dediqué a intercalar suaves pellizcos con lametones, y aun así, algo quería, algo iba a hacer.
Pasé mi lengua por la entrada a tu vagina, una extraordinaria ventana a una cueva de pasiones. Empujé un poco tanteando el terreno y me encontré con la distención de la carne totalmente nueva para mí. Introduje más la lengua endureciéndola para probar hasta donde podía llegar. Era un sentimiento extraño, como meterle la lengua a un tarro de miel acabado, sus paredes dulces chocan contra tu lengua, pero no puedes conseguir el fondo, aunque lo quieras. Lo mismo pasaba con esa cueva de placer, mi lengua llegaba hasta su punto límite dejando que mi nariz acariciase tu clítoris y se despertara con tu olor.
Por mero impulso moví la cara y disfruté con un muy repentino espasmo de tus caderas, esto de los brincos involuntarios comenzaba a antojárseme como un vicio. Saqué mi lengua de tu vagina y en su lugar metí uno de mis dedos tanteando el terreno, intentando reconocer, con mi escasa teoría anatómica, todo aquello que tocaba dentro de ti. Habiendo terminado el reconocimiento saqué el dedo y metí el índice y el anular juntos. Sin preámbulos ni delicadeces, quería deleitarme con los fuertes gritos que te producían las embestidas repentinas.
Una y otra vez, unas tres veces por segundo cuando quería incrementar el ritmo y volvía a retrasarle con una sacudida cada dos segundos. Mientras tanto mi boca aun se daba un festín con tu fruto, intercalando pequeños lametones con suaves succiones y fuertes sacudidas, hasta llegué a probar la sensación de toquetear suavente hundiéndole disfrutando de su rigidez.
Simplemente delicioso. Las horas de gimnasio daban frutos, mis manos no cederían fácilmente y debido a mi ambidestría podía penetrarte con ambas, turnándose para descansar.
El tiempo se nos fue como volando, o al menos a mí que disfrutaba entre gruñidos y exhalaciones de una jornada nueva y excitante.
Finalmente mi premio estaba llegando, aquella vulva palpitante se contraía más y más en éxtasis, tus piernas temblaban y forcejeaban contra el inminente deseo de juntar tus rodillas pequé mi rostro a tu sexo impidiéndole moverse a menos que fuese con mi boca que te succionaba mientras la lengua te masajeaba con furor. Tus nalgas se tensaron, tu cadera se embistió hacia arriba llevándose consigo mi rostro y mis dedos hasta que explotaste de placer y dejaste salir con fuerza un rugido de leona. Golosa y aun sin querer parar continué con el toqueteo, bajándole la intensidad a sabiendas de la sensibilidad después de un orgasmo.
-acabo de bajar del cielo- Relajaste cada músculo de tu cuerpo soltando de tu rostro una sonrisa placentera dirigida a mi picara mirada que acababa de alejarse de tu sexo.
-¿un besito?- pregunté felizmente como si nada hubiese pasado, aunque en mi pecho la felicidad por haber aprendido a hacerte llegar como lo acababas de hacer crecía a cada segundo. Tomé tu rostro entre mis manos y lentamente besé tus cálidos labios que hervían aun de la excitación.
-suéltame para abrazarte- tu rostro feliz y complacido me miraba con tal amor que no pude pensar siquiera en disimular la risa que se me salía del pecho. Ante tu mirada atónita no pude menos que morderme los labios con lujuria abrir el cajón de los juguetes y sacar el arnés que habías usado anoche.
-¿crees que no voy a provechar que estas así para usarlo? -








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login Entrarque espectacular relato de lo mejor que he podido leer si es realidad y lo viviste te felicito, cuentanos como te fue con el arnes, y de pronto sube foticos