Hoy, 23 de septiembre, al salir de mi trabajo en Paris me sucedió lo que les narro a continuación.
Hoy fue día de huelga en Francia, en protesta contra la jubilación que pasa de los 60 años a 62… cosa insoportable para los franceses, por lo menos no han tocado a la semana de 35 horas de trabajo…. Estando todo el mundo en huelga los trenes del subterráneo no funcionan y cuando funcionan lo hacen de manera esporádica. Tenia que atravesar casi toda la ciudad para un encargo que me habían hecho y que por terquedad decidí que lo haría hoy mismo.
Habiendo terminado mis vueltas y mientras esperaba un posible tren en una línea rápida al extremo oriental de la ciudad, en la estación “Nation”, para quienes conocen París, oí hablar a colombianos cerca, en medio de la multitud que esperaba conmigo. En esos instantes el alta voz anunció que esa línea no tenia trenes hasta la hora siguiente. Aconsejaban por lo tanto tomar otra línea, el “métro” que no es “rápido”, para dirigirse a destinación. La pareja detrás de mí se rieron y oí un “¿y ahora quien nos traduce lo que pasa? ¡No entendí ni jota!”. Me volteé hacia ellos y tuve la agradable sorpresa de encontrarme con una linda damita y su esposo que estaban entre divertidos por la situación y asustados. Me parecían ligeramente conocidos pero no tenia idea alguna de donde los podía haber visto antes. Ella no era muy alta, como una colombiana normal, pechitos no muy grandes que jugaban libres en su blusa de botones por delante, de esas que siendo amplias y cortas, muestran el ombligo. Cara bonita, pelo que le llega un poco más abajo de los hombros y sus nalgas redonditas y firmes que se adivinaban bajo sus faldas amplias, que terminaban a altura de las rodillas dejando libre una parte de las bonitas piernas para terminar en zapatos cómodos para caminar en una ciudad que se visita.
Me presenté como colombiano y les traduje el mensaje, mientras toda la gente alrededor nuestro se dirigía a otras líneas dejando la plataforma de embarque vacía. Me explicaron ellos que eran de Bogota y que habían llegado hace tres días y se dirigían a donde se hospedaban en un hotel en las afueras de la ciudad, no muy lejos de mi sitio de residencia. Por lo tanto me propuse acompañarlos hasta la ciudad donde se hospedaban, por lo menos a la estación de destino, puesto que yo vivo a unas dos estaciones después. Ellos me lo agradecieron y les expliqué que no era ningún sacrificio para mí. Nos dirigimos pues en búsqueda de una conexión que funcionara.
Mientras caminábamos charlamos mucho y ellos se susurraban cosas al oído lo que les hacia reír. Por fin la damita me preguntó si la palabra “guía” me decía algo. Reí y los reconocí de inmediato. Eran una parejita con la que habíamos chateado por cam hace unos años y que habíamos perdido el contacto por estar tan lejos (nosotros residimos en Pereira) y eso que cuando yo estaba en Europa no eran mil kilómetros los que nos separaban, sino 17 veces más. Ellos, Mira y Raúl, para llamarlos de alguna manera ahora, me dijeron haberme reconocido casi de inmediato. Ella me dio un beso, en la mejilla, apretándose un poco contra mí, en un abrazo de antiguos cómplices, y él, muy amable, se limitó a cerrar mi mano. Les di mi tarjeta de visita con mis teléfonos, fijo y celular, que el caballero guardó en su billetera y dejarles de esa forma, la oportunidad de llamarme si les interesaba.
Llegamos por fin a un muelle en donde por lo menos era posible que llegara un tren en un tiempo humanamente esperable. Charlábamos riendo, recordando de las calentadas que la red nos había permitido con las cámaras y las veces que ellos habían tenido sexo, conmigo sólo o junto con mi esposa como espectadores y tele partícipes. Recordamos la vez que ella se había acercado mucho a la cámara simulando hacerme una mamada cuando Raúl, de pie detrás de ella, en medio de la emoción, penetrándola con brusquedad la empujó tanto que se cayó la cámara al suelo. Ella riendo me tomó del brazo y me dijo, sin dejar de reírse, que su marido la seguía martillando y ella en esa emoción era incapaz de arreglar el aparato. Yo recordaba ese momento, como muchos otros, cuando me habían ayudado a soportar la soledad en esos días.
Por fin llegó un tren y como los otros cientos de personas nos empujamos al interior, consiguiendo acomodarnos contra una de las paredes sin sillas (en realidad con bancos plegables que se levantan, haciéndolos desaparecer, en caso de excesiva afluencia de gente, para hacer campo y admitir más personas de pie), quedando muy apretados, Mira entre Raúl y yo. Como yo les hablaba ella se hizo frente a mí y con la gente que llenaba el vagón terminó apretada, muy apretada contra mi pecho. Su esposo, hablando bajito, nos dijo con humor, “Gerardo, espero que toda esa gente sea swinger también”. Nos reímos y ella maliciosa restregó sus senitos y su bajo vientre contra mi cuerpo y me dijo, lo suficientemente alto para que su esposo la oyera “siente lo que te perdiste Gerardo”. Inclinando un poco la cabeza la besé en la mejilla y le pregunté si Raúl no la tenia apretadita también. Ella me dijo que con todo ese gentío no se lo podría sacar, que estaban como perritos. Imaginará el lector que mi excitación comenzó a crecer con esa linda damita frotándose contra mí, sobre todo cuando una de sus piernas, pasando entre la pared del vagón y yo, me acariciaba pierna arriba. Yo bajé mi mano y encontré su muslo, la falda alzada, firme sin ser muy voluminoso, realmente hecho para recibir caricias. Cuando les dije que nos bajábamos a la estación siguiente Raúl riendo me dijo que “menos mal, dos estaciones más y me vengo”. Ella sólo le contestó, “¡yo no me quedaré empezada!”.
Nos bajamos y salimos en medio de la multitud a buscar la otra línea para ir a nuestro destino, la linda Mira tomándonos a los dos, Raúl su esposo y a mí, de la mano, confirmando la confianza que nos habíamos tenido tiempos atrás gracias a internet. Entre los corredores interminables de la estación “Châtelet” guardamos silencio, con la damita frotándose contra el uno o el otro en los trancones de gente que se dirige en todas las direcciones. En la plataforma de acceso al tren nos tocó estar contra la pared del fondo y discretamente su marido y yo le acariciamos las nalgas lo que ella “soportó” gustosa. Al aproximarse por fin el tren, nos acercamos al borde para conseguir un puesto y cuando éste llegó, de oficio nos fuimos contra una pared del fondo, con todas las intenciones de seguir lo que habíamos comenzado en el tren anterior. Mira me volteó la espalda y a medida que la gente empujaba, su culito se acomodaba mejor contra mis genitales. Cuando ya no cabía ni un alfiler más el piloto tocó el timbre y con dificultad cerró las puertas a pesar de que aun muchas personas trataban de entrar. El brusco empujón al tratar de arrancar con alguna puerta aun no bien cerrada me hizo sentir las nalguitas de la nena aprisionándome entre sus globos, y yo, ya sin timidez, le acaricié el que quedaba contra la pared, apoyándome en mi hombro solo, y con la otra tomándola de la cintura.
Siendo uno de los pocos trenes que circulaban, se paraba a cada estación, lo que nos prometía un viaje de más de una hora antes de que ellos se tuvieran que bajar. Mi mano abandonó el culito de la dama e insinuándola entre ella y su esposo, pasándola bajo la blusa, subí a acariciarle sus senos. Raúl, cómplice, se retiró lo que pudo para permitirme la caricia y cubrirnos con su cuerpo, como si fuera necesario. Mira mandó su mano hacia atrás y me acariciaba el pene por encima de mis pantalones. Muy excitado, bajé mi mano hacia sus piernas y subí su falda para mejor acariciar sus muslos y, consecuencia inmediata, subir en búsqueda de sus calzoncitos. Pasé mis dedos entre la tela y su jardín del amor y comencé a acariciarla directamente en su sexo que se encontraba ya abundantemente lubricado con sus jugos. Me regalé acariciándola toda, con los dedos de la mano juntos, frotando su clítoris y sus labios. Por momentos introducía yo un dedo mientras ella movía su cintura para frotar su gallito al mismo tiempo. En un momento ella le dijo a su esposo quien no podía ignorar lo que yo hacía, “Gerardo me está masturbando, ¡me lo hace tan rico!”. Raúl le dio un beso y le dijo, simplemente “aprovéchalo mi amor, aprovéchalo” mientras me miraba sonriendo.
Al cabo de unos momentos la linda bajó la mano libre, la otra acariciándome siempre, sobre el pene de su esposo y apretando mi miembro y luego de decir, siempre en un susurro: “me vengo, ¡qué rico!” mordió a su esposo en el pecho teniendo un orgasmo silencioso, mientras él le abrazaba la cabeza cariñoso y protector. Sus nalgas musculosas temblaron un momento, como en un escalofrío, y por encima de la tela mi miembro era acariciado por su mano y por sus glúteos al mismo tiempo. Durante todo ese tiempo, yo seguía acariciando su clítoris o el interior de su vagina con mis dedos hundidos en ella y de vez en cuando los labios de su vulva, dejando los vaivenes y sacudidas del tren ritmar mis caricias. Una vez que sus emociones se calmaron, Mira me retiró la mano que la acariciaba y se volteó como pudo para quedar frente a mí y abandonarse contra mi cuerpo abrazándome con uno de sus brazos para susurrarme al oído un “inolvidable París, gracias Gerardo”, todo sin dejar de acariciarse sus pechos contra el mío, toda ella contra mí, como si desnudos y acostados, estuviera sobre mi cuerpo después de haber hecho el amor.
Algunas estaciones de tren después, siempre apretados y frotándonos los dos, con su marido no menos activo detrás de ella, en una charla punteada de besitos lo menos discretos posible, de sí misma se subió la falda, siempre del lado de la pared del vagón y finalmente me pidió, en un beso que me dio en la oreja un “méteme el dedo, aun más, otra vez, ¿si?…” Cuando llegué a su sexo de nuevo, éste estaba aún inundado y me acogió como si me esperaba”. Introduje primero el índice y luego también mi dedo corazón, para acariciarla con ellos moviéndose exploradores y la palma de mi mano acariciando su clítoris. Su esposo por detrás la mimaba como podía y con mis dedos hurgando su intimidad, Mira se dio el lujo de tener otro orgasmo menos fuerte que el anterior. Incluso en esas situaciones poco comunes todo se vuelve rutina… Por desgracia llegamos poco después a donde ellos debían bajarse y solo un beso entre Mira y yo nos sirvió de despedida. Me dieron pues el nombre de su hotel, cuyo número buscaré después para llamarlos, y prometiéndome llamarme se bajaron en el río de personas que bajaban, remplazados por otro río de personas que subían, y solo un beso a lo lejos de la linda y un gesto de Raúl fueron posibles cuando el tren cerró sus puertas y arrancó de nuevo. Terminé mi viaje respirando en mis dedos el aroma de esa atrevida mujer y lamentando los olores de toda la gente que apretada como sardinas en una lata trataba de regresar a sus casas después de un día de trabajo.
Llegué a mi casa molido por el calor, por los apretujones de toda esa gente, pero con una sonrisa indeleble en mis labios. Llamaré a mi esposa para contarle lo sucedido y hacerla participar de estos momentos. Lo que pase en el futuro será objeto de otra historia, tal vez…
Perdonen que publique este relato solo hoy, pero no estaba a menudo en mi casa, puesto que acompañé a Raúl y a Mira, todo lo que pude, durante su visita a la ciudad Luz, lo que me ocupó, salvo las horas en el trabajo o de sueño, todo el día.








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