Pola La Brava
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 9 min de lectura calendar_today Diciembre de 2010

Pola La Brava

En mi infancia campesina teníamos unos vecinos que vivían a “tan solo” media hora a pie, a media cuesta de una montaña cercana de donde se encontraba nuestra casa, en Monteloro (en realidad el pueblo éste no quedaba nada cerca de mi casa), un corregimiento de Tuluá. Era una familia de....

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En mi infancia campesina teníamos unos vecinos que vivían a “tan solo” media hora a pie, a media cuesta de una montaña cercana de donde se encontraba nuestra casa, en Monteloro (en realidad el pueblo éste no quedaba nada cerca de mi casa), un corregimiento de Tuluá. Era una familia de campesinos normales, de esos que hoy se encuentran, cuando no los han asesinado, en las calles de las ciudades perdidos pidiendo algo de comer, lo que ellos nunca han negado a quien se lo pidiera y soportando el desprecio de los transeúntes indiferentes. Esta familia se componía de tres hijos varones y de dos hijas. Con los muchachos éramos amigos, ya que se ocupaban de mí y de mis hermanos, aun niños nosotros, cuando mis padres se ausentaban.

Rosita, para llamarla así, tenía dos o tres años menos que yo, y nos queríamos mucho. Esta nena fue la primera a explicarme que nuestras anatomías eran diferentes y por sus caricias maliciosas me hizo comprender que lo que me servía para orinar también es una fuente de placer. Estos juegos no muy inocentes, en medio de la selva cómplice, no llevaban a mayores debido a que los dos no teníamos, ninguno, ni siquiera siete años. Con la madurez del campesino ella soñaba con el día que la naturaleza (ella decía “Pacha Mama”, mostrando sus orígenes indios) nos permitiera que mi “chimbo” entrara en su “panocha”. Recordaré siempre sus: “huffff, como será de rico”. Cuando yo le decía que “parece que la primera vez duele” riendo me respondía que “pos repetimos, bobito”. Esto era nuestro secreto, sin embargo cuando algún caballo cubría a una yegua, o un perro cazador a una perra, en lugar de mirar el espectáculo como los otros, nos mirábamos fijamente las mentes perdidas en un sueño común.

Las cosas de la vida hicieron que ellos se fueran “monte adentro” mucho tiempo antes que nuestras fantasías fueran biológicamente posibles. La linda Rosita se despidió sin una lagrima, solo diciéndome, en el abrazo que me dio, al igual que nuestro primer beso en publico, ya los caballos enjalmados con sus “chécheres” que “no le importaba esperar” y no la volví a ver por muchos, muchísimos años.

Más de 20 años después, en una de las primeras veces que regresé a Colombia, por los años 90, fui con amigos al Lago Calima para un fin de semana. En esos tiempos “los muchachos” controlaban el sector y desde antes de llegar, en el usual retén de control, nos informaron que había una fiesta el sábado (estábamos en viernes), que nos esperaban. Al saber que habría “música fariana” mi curiosidad fue enorme, pues desde la Francia ordenada yo no imaginaba que tuviesen una música propia. El temor de mis amigos (muy burgueses) no pudo nada y al día siguiente apenas entrada la noche nos fuimos al baile. La fiesta tenia lugar en el patio de la escuela del Darién, ciudad donde terminaba la carretera que llevaba al Lago. Los postes que sostenían el techo estaban adornados con flores, rosas, violetas, y amapolas, símbolo de la independencia que estos grupos muestran hacia las ordenes de la embajada gringa. Una que otra frase politizada adornaba las paredes y hacían marco al estrado donde dos o tres grupos se turnaban para la música.

Sentados a una mesa con otros “veraneros”, todos nerviosos al ver como se llenaba la sala de muchachos de los dos sexos, en uniforme y pantaneras, muy corteses pero en su mundo, apurábamos el aguardiente “tapetuza” que compramos en el sitio, bastante insensibles a la música que en realidad era muy buena. Nuestra nerviosidad aumentó cuando uno de los muchachos, de los que no bailaban pero guardaba sendo fusil terciado a la espalda (me extrañó que ya fuera un “galil” puesto que no hacia mucho el ejército había cambiado su dotación), se acercó a nuestra mesa y directamente me pidió que me identificara. Miró mi cédula, vi sus labios repetir en silencio mi nombre, me la entregó y se fue. Mis amigos temblaron al pensar que mi pasado de militar pudiera traerles problemas a todos, pero no hubo ningún otro signo de interés hacia nosotros de la parte de los otros asistentes.

La música y el trago nos hicieron olvidar el miedo y ya bailábamos entre “veraneros”, puesto que si no nos atrevíamos a sacar a ninguna de las “otras” muchachas a bailar, tampoco “ellos” se interesaban en nosotros. La fiesta se iba calentando, se notaba que era su música ya que sabían bailarla, y que también cantaban, todos en coro, esa mezcla de ritmo, historia y doctrina. En un momento un viento frío recorrió nuestra mesa cuando una de las muchachas que habíamos detectado como “comandante” ante el respeto y obediencia que le acordaban los muchachos, una botella de aguardiente a la mano, vino a nuestra mesa y pidió sentarse a nuestra mesa, al frente mío. La amiga que al lado de su esposo se encontraba en ese puesto se levantó de inmediato sentándose en otro sitio, muy obediente ante la forma cortés pero acostumbrada a ser obedecida con la que se le solicito cambiar de puesto.

Esta mujer, que se notaba que no era mucho más joven que yo, india grande, bonita de cara, con esa nariz agresiva de la gente de su raza, pelo largo azabache en cola de caballo, cuerpo musculoso, pechos abundantes y orgullosos, vientre que se adivinaba plano por la gimnasia y no en un “spa”, piernas fuertes y nalgas redondas de india pijao, se sentó y me miró con sus ojos azabache directo a mis ojos. Me preguntó, con su voz melodiosa pero demasiado precisa para una tímida damita “¿Gerardo, puedo invitar su mesa a tomar mi guaro mientras charlo con usted?” Acto seguido ella tomó uno de los vasos que traía, se sirvió ella misma un trago, se lo tomó y llenando mi vaso se sirvió de nuevo para que brindáramos los dos, siempre sus ojos clavados en los míos, aunque un brillo de sonrisa y, pensaba yo, de ternura, brillaba al fondo de ellos. Ella brindó al pasado y yo cortés (también consciente de que todos los muchachos alrededor nuestro nos miraban en silencio expectante) brindé al futuro que representaban ellos. Mi brindis produjo una sonrisa cómplice en el publico vecino, un destello de nostalgia iluminó los carbones encendidos de su mirada y un suspiro de alivio brotó del pecho de mis amigos.

Sin preguntarme si yo la reconocía me dijo de manera un poco lacónica, “Francia está lejos, ¿ya fuiste a Monteloro?” En mi memoria su forma de hablar, su mirada sobre todo, me llevó a mi niñez y yo mismo me quedé mirándola en silencio mientras recordaba tantas cosas que ya no ocupaban, desde lustros y lustros mis pensamientos. Me levanté sin responderle, fui hasta uno de los pilares, arranqué una rosa y regresé para ofrecérsela a ella diciéndole, “ahora estoy allá, y estoy muy joven”. Aceptando mi regalo me preguntó un simple “¿porqué?” a lo que respondí “que las rosas estén entre ellas”. Sus ojos se empañaron y con la misma mirada de su niñez me dijo sonriendo, “ahora me llamo Pola, como la Zalabarrieta” (heroína de los tiempos prerrevolucionarios que llevaron a la primera independencia de Colombia). Los silencios se instalaban en nuestra conversación, más concentrados nosotros en recordar tiempos añejos que en conversar amenamente. Cuando una ola de emoción me sumergió atiné a decirle “estas siempre igual de linda” a lo que ella respondió, con sus ojos mostrando gran complicidad, con un “nooo, ahora por lo menos puedo funcionar” y los dos sonreímos en silencio.

Un bolero sonó durante el descanso de las orquestas y ella me tomó la mano, diciéndome, siempre tan habladora “vamos a bailar”. Se estrechó de entrada contra mí, su cabeza a la altura casi de mi cuello y abrazándome fuerte la sentí sollozar en silencio pero con sacudidas de emoción. Retiré su cara y besé sus ojos para secarlos de esas lagrimas que corrían. Ya calmada un poco me contó que su familia había sido exterminada por alguien que simplemente les quería comprar la finquita que tenían en el Tolima al otro lado de la cordillera que abrigaba (Monteloro ya no existe hoy, o casi, todos mis vecinos convertidos en cifras de desaparecidos) nuestra infancia. Ella se había salvado por haber estado entre los matorrales y riendo completó la frase “pensando en ti”. Después de deambular por trochas y trochas había sido recogida por el grupo con el que estaba hoy.

Sin romper el encanto la orquesta arrancó, al final del bolero, con una charanga (la pueden escuchar, pues la he guardado desde hace tiempo, en el fichero adjunto). Nuestros cuerpos se frotaban y girábamos como locos siguiendo el ritmo de la música. Por momentos, sin dejar de girar y bailar, nos besábamos. Ella comenzó, de manera idéntica a como lo hacíamos de niños, para luego ir poco a poco mostrando que también había vivido. Cuando terminó la canción me dijo “vámonos” y tomando mi mano me llevó hacia la salida del sitio, solo atiné a hacer señas a mis amigos quienes angustiados me vieron irme. Llegamos a una de las casas del pueblo y entramos en lo que supongo era su habitación. Una cama, una mesa con su silla eran, fuera del morral, lleno, que estaba en el suelo, con una carabina sobre él, los únicos muebles. Apretándome entre sus brazos me dijo “no tendremos tiempo para repetir, bobito” y con prisa nos desnudamos. Su cuerpo era de verdad espléndido y la luna lo acariciaba con sus rayos que entraban por la parte alta de la ventana.

La besé, toqué esos pechos que había acariciado cuando aun no eran y ella me tomó en su boca (cuando quise devolverle la caricia me rechazó con el argumento que estaba sudada) y su risa mitigada al ver mi erección enmarcó un “está mucho mejor que la ultima vez”. Cuando se sentó sobre mí para entrarme en su humanidad me repitió, como tiempos antes “uffff, qué rico”. Las horas pasaron y nosotros hacíamos el amor como condenados a morir al día siguiente. No sé de donde saqué tanta energía, pero al despuntar el sol ella me dijo “ahora debes irte, gracias Gerardo” y yo le contesté simplemente “nunca nos lo hemos agradecido, ahora tampoco lo hagas” y me vestí.

Los dos conteniendo nuestras lagrimas nos dimos un beso y me fui a donde estaba la escuela para tratar de encontrar un carro que me llevara. Me sorprendí encontrar a mis amigos que me esperaban y que me dijeron que los muchachos los habían “invitado” a esperarme. Ya en el carro el más amigo de los que íbamos me dijo simplemente “Gerardo, no quiero saber lo que hicieron, pero por favor, tampoco quiero saber de donde se conocían” y todos soltamos la risa cuando dijo “¡qué susto tan HP!”.

— gerardo91000

28 de diciembre de 2010

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gerardo91000

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Comentarios

1 comentario

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  • nelson3030
    nelson3030 · 28 de dic de 2010

    Hay mi querido Gerardo, creo que estubiste en la boca del lobo, muy sentido y muy buen relato ,  pues esos amores de la infancia marcan e influyen en nuestras vidas y no fué pan Francés lo que comiste , sino una buena arepita Colombiana......Felíz  día

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