De Renata Y El Sexo: El Deseo.
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 7 min de lectura calendar_today Mayo de 2011

De Renata Y El Sexo: El Deseo.

Cuando la regla general nos dice que el idioma importante de ser atendido es el inglés, yo preferí el italiano. El italiano seductor, romántico, elegante y elaborado. En estas cosas pensaba mientras la profesora, una mujer colombo-italiana, escribía en el tablero moviendo y estirando el brazo....

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Cuando la regla general nos dice que el idioma importante de ser atendido es el inglés, yo preferí el italiano. El italiano seductor, romántico, elegante y elaborado. En estas cosas pensaba mientras la profesora, una mujer colombo-italiana, escribía en el tablero moviendo y estirando el brazo que reposaba en un cuerpo de excelentes curvas. Ese culo era redondo y se marcaba de maravilla en los jeans apretados que le gustaba llevar (aun no entiendo cómo se logra aprender algo con tales distracciones). Todos concentrados en lo que escribía o en su cuerpo; cuando abrieron la puerta que quedaba al lado del tablero. Pasaron algunos segundos y la primera pierna apareció, luego su cara, sus senos, sus dos manos… era Renata. Cabello largo lacio, ojos grandes y expresivos, labios rojos y sexis, y un cuerpo que después entendí que era trabajado a diario en el gimnasio. Una mujer bellísima.

Teníamos algo en común. Era nuestra primera clase a pesar de que las mismas ya habían empezado hace tres días atrás. De eso nos dimos cuenta cuando, al poner un trabajo en clase, los dos nos quedamos “flotando” en medio de los grupos. Nos miramos, sonreímos y nos unimos. Además de hermosa, inteligente. Además de inteligente, seductora. Su blusa blanca descotaba permitía ver unos senos no grandes, pero redondos, bien formados, con una piel delicada que permitía presagiar unos pezones de ensueño. Yo me debatía entre la hoja del ejercicio y sus senos. Mientras ella parecía disfrutarlo, porque vi salir algunas sonrisas. Al acabar la clase una sorpresa, me pidió el número de celular (lo que me dejó perplejo y me despertó. Vaya forma de decirme dormido)

Así pasaron las cosas. Entre clase, algunas invitaciones a tomar algo (esas sí planeadas por mi) y una sola rumba. Hasta ese momento no había pasado nada, ni un beso. Simplemente las cosas no se daban. Hasta ese día en que, por cosas del destino, nos olvidamos que no había clase y los dos llegamos al quinto piso del edificio donde recibíamos clase, a las 7pm de un día lunes. Solos, completamente solos. Para completar me entregó la agenda que el fin de semana se me había olvidado y en donde había escrito algunas cosas sobre su cuerpo y su inteligencia. Me la entregó con una sonrisa y con la frase: “aquí están tus secretos”.

(El rojo es ella)

  • ¿Cuál es tú sueño erótico?
  • ¿De verdad quieres saberlo Renata? El mío es hacerlo en un lugar público
  • ¿Enserio? Yo si pensaba que ibas por ahí. La universidad es pública ¿No?
  • (Risas) muy pública, y en ocasiones, como esta, solitaria.
  • Me encantaron las frases. Sobre todo esas en donde rondas, sin mi permiso, mi cuerpo. Me mira y hace algún gesto con los labios que aún hoy no logro describir.

Como estábamos frente a frente y ella con una falda me sube su pierna izquierda.

  • No había conocido persona más obsesionada con los pies.
  • Es que los tuyos son hermosos, Renata. Pienso que en ellos se refleja la pulcritud; así como en los labios, la sensualidad.
  • Me excitaste (sonrisa) … eres bueno con las palabras, con las miradas y con tus gestos. ¿No te lo había dicho?

Empecé a subir mis manos. Recorrí sus piernas firmes por el ejercicio diario. Mientras ella se acercó pidiéndome un beso (eso creí), pero su mano se posó sobre mi verga, que para ese momento ya estaba dura. La palpó por un momento, mientras me miraba fijamente con la boca roja entre-abierta. Se mordió un poco su labio inferior.

  • ¿Te gusta?
  • Me fascina. Ufff. Se siente bien. ¿Puedo verlo?

No me dejó responderle y se arrodilló de un solo movimiento al frente mío. A mi espalda estaba toda una ciudad expectante y a la espera de lo que ella iba a hacer mientras bajaba el cierre, zafaba la correa y desabotonaba el botón.

  • Se siente rica tú verga. La quiero sentir ¿Sabes dónde? Aquí en mi boca.

La sacó del bóxer y ella (mi verga) dura, gruesa, con la cabeza palpitante por la excitación se perdió en los labios de aquella mujer que tanto había deseado. ¡Que destreza! ¡Que lengua! Como la mamaba de delicioso. De vez en cuando la sacaba de su boca la cogía con su mano derecha (¿O izquierda? No lo recuerdo) y mientras me miraba, otra vez con la boca entre abierta, me decía: “esta deliciosa, de dónde sacaste todo eso”.

La cogí del cabello:

  • Te encanta mamar ¿Cierto? Dime, te fascina.
  • Sí, me encanta chuparla. ¿Te gusta como te la chupo? ¿Quieres más?

Así siguió como por diez minutos de gloria. La levanté y me la llevé a una esquina algo oscura, donde había una banca. Antes de sentarla le dije que se levantara la falda que la quería ver. Unas piernas delicadas y firmes, y un culo bien redondo, y unos cacheteros rojos con encajes y una panocha que al sentirla con la mano, estaba húmeda.

La senté. Empecé a subir desde sus pies lentamente con mis labios y mi lengua. Ella, con espasmos y un pequeño sollozo, disfrutaba. Llegué a su entre pierna. La besé y busqué con mi mano izquierda sus tetas. Le hice a un lado su cachetero, como pude, con mi lengua. Ella bajo una de sus manos y me ayudó un poco. Ufffff. Que rica cosita tenía. Que delicia de panocha. Una piel tierna, rosadita, con un olor a todos los jazmines, húmeda, rasurada, los labios exteriores delicados y su clítoris rosadito y duro. Esa era Renata.

Le pasé mi lengua lento, para disfrutar; rápido, para excitar; suave, para recoger sus jugos. De pronto empecé a escuchar “sube, sube, sube”. Me paré y me esperó para darme otra mamada. De nuevo, la tenía dura (así como se ven en mis fotos) y lista para embestir. Se subió a la banca y me ofreció su culo en cuatro. Le bajé los cacheteros. Las manos me sudaban un poco por la excitación, estaba a punto de follarme a una mamasota y cumpliendo un sueño erótico.

Se la puse. Le rocé la vagina con la cabeza descubierta de mi pene. Me voltio a ver y entendí que era el momento. Se la empujé con fuerza tal, que al chocar nuestros cuerpos el eco se prolongó por unos instantes. Se lo metía y se lo sacaba. Cada vez más fuerte. Ella por cada metida iba gimiendo más fuerte. “Más, más, más estamos en un lugar público ¿Te gusta?” Sentía que se mojaba más.Se lo metía con gran fuerza. Los sonidos del choque de nuestros cuerpos ya eran rítmicos. Ya no importó si alguien nos encontraba por casualidad. Ya se gemía con mayor libertad. Frené un momento y me senté; ella entendió y se sentó encima de mí (Quería saber cómo se movía). Me acosté un poco contra la pared, lo que ella aprovechó para para empezar a dejar caer su culo sobre mi pelvis, en un sube y baja que me hacía sentir el placer desde la punta de la verga y en todo mi cuerpo. Su movimiento era fluido y natural (confirmé que era una mujer con mucha experiencia). Prácticamente brincaba sobre mi falo erecto. Su mirada en un momento era de placer cuando, inesperadamente, cambio a alegría “este también es mi sueño erótico” me dijo. La cogí con fuerza de la cintura y la apoyé contra la pared y ella enganchó sus piernas en mis caderas. La embestía una y otra vez dándole por ese coño que estaba tan mojado.

Estaban tan concentrado y la escuché decirme “voy, voy, voy… dame más duro que voy”. Su respiración se agito más. “Eso así, dame así”. Ufffff. Que rico verla y sentirla así. Ya no gemía con algo de discreción. No. Gemía llegando al placer. Su vagina, cada vez se mojaba más (era impresionante) y se agarró de mi espalda, y tensionó los dedos, y se acostó en mi hombro izquierdo e intentó morderme suave. Llegó al orgasmo.

De tal voltaje, le dije “bájate que voy”. “Espera”, me dijo. Se bajó, se arrodilló, se lo metió a la boca y empezó a succionar, a pasarle la lengua, a masturbarme “llega, llega… que verte, la quiero”. Y volvía a meterlo en la boca. No aguanté más (como si uno aguantara) y llegué en su boca, en su cara. Y ella feliz.

Muchas cosas más pasaron sin importancia. Sólo recuerdo cuando me dijo que yo debería meterme a su gimnasio, que allá había un sitio muy solitario…

— angelver

19 de mayo de 2011

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