Todo está pasando demasiado rápido. Las cosas no están ocurriendo como las habíamos planeado. En nuestras múltiples charlas en el chat siempre habíamos hablado que nos gustaba el sexo sin afanes.Que la primera vez nos detendríamos en cada rincón de nuestros cuerpos, sin prisas, no pensando en el objetivo de lograr un orgasmo, sino en el placer de la exploración lenta. En el reconocimiento de nuestras zonas más sensibles. En el aprendizaje de nuestras sensaciones y gustos.Sin embargo, desde el momento que nos encontramos, nos lanzamos uno contra el otro como dos lobos hambrientos. Ni ella ni yo estamos actuando con nuestro habitual modo de ser. A ambos nos gusta dominar las situaciones. No al contrario. Esta vez, simplemente hemos perdido el control. Bastó quedar solos en la habitación del motel para que diéramos rienda suelta a todo lo que teníamos reprimido. El deseo puede más que la razón. La pasión vence los modales. Nos arrancamos literalmente nuestra ropa y como en una carrera contra el reloj, buscamos la consumación del acto sexual. Liberamos en forma rápida toda la energía acumulada a lo largo de muchas conversaciones en el chat, donde nació y creció la relación. Ella busca sin pudores mi pene. Lo agarra, lo observa, lo besa, se adueña de él. Yo busco primero su boca, luego su cuerpo. Mi excitación sobrepasa lo esperado. No hay tiempo de preámbulos ni delicadezas. Igual ella no las pide. Solo importa una cosa y hay que lograrla cuanto antes. Logro la penetración con fortaleza. Utilizo la fuerza en vez de la ternura. La velocidad en vez de la paciencia. Ella no pide nada distinto. Me pide cada vez más. Araña con brusquedad mi espalda. Grita desaforadamente. Se transforma en un animal suplicante de placer y rebosante de energía. Totalmente distinta a la persona que era diez minutos atrás. Contra todos los pronósticos, logramos un orgasmo mutuo violento, ruidoso, esplendoroso.
Después viene la calma. Llega ese fantástico momento, después del sexo, cuando se es más sincero. Cuando no hay que fingir nada ni actuar para lograr un fin. Allí volvemos a ser los mismos de antes. Retorna la dulzura, la ternura, los besos. Renace el deseo, pero esta vez es diferente. No mejor ni peor. Solo distinto. Hacemos el amor dulcemente. Hay más ternura que pasión. Hay más preocupación por los deseos del otro que por los propios. El orgasmo es mucho menos exuberante que el anterior, pero es más profundo. Hay mucha más espiritualidad. Nuestras almas están más cerca que nunca.








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