El fin de semana pasado salí para olvidar mis problemas, a caminar un poco por la plaza principal del pueblo donde vivo. De manera muy griega, siendo el centro administrativo y comercial, la llaman la “Ágora”.
El clima bastante frío, no más de 8°, una neblina húmeda que moja los huesos se arrastra por el suelo, y la soledad acentuada por esa falsa privacidad que acuerda la neblina, permitían caminar sin que se sienta excesivamente la angustia de la soledad. A lo lejos un viejo gitano arrancaba a su violín ritmos de su Europa del Este natal, más por nostalgia que en busca del euro que ante la ausencia de gente podría conseguir. Me acerqué a la música y como lo pensaba tan solo una dama lo escuchaba. Ella, no muy joven (a mi edad las mujeres adultas pueden ser ya muy jóvenes, jejeje), el pelo azabache que le llegaba hasta la cintura, , corriendo por su espalda en libertad, escapaba abundante de su gorro de invierno mientras escuchaba al artista sin ponerme cuidado. La observé, sus senos aun erguidos, abundantes, estaban encerrados en su suéter blanco, su cuerpo pleno (en buen montañero no gusto de las flacas) encerraba unas nalgas generosas y bien torneadas en su jeans azul y se mantenía sobre piernas que se adivinaban musculosas y que terminaban en botas de tacón alto. Sus ojos negros como su cabello enmarcaban una nariz que bajaba recta desde la frente, lo que me hizo pensar en posibles orígenes de la raza cañí también, como el músico.
Hurgando en mi bolsillo vacío encontré una moneda que puse en el vaso plástico que se encontraba en el suelo delante del viejo. Éste sonriendo me dijo que le dijera lo que yo quisiera oír y me limité a pedirle un clásico ruso, “Kalinka” que diera una gota de alegría en este oscuro día sin entrar en discordancia con el clima. Mientras el acordeón tomaba impulso en una lenta melodía, mi vecina en un susurro comenzó a cantar, como para ella, al ritmo de la música “Maaaaliiiinka, Maaaliiinka, Maaliinka maya…”. La miré sonriendo y al acelerar la acordeón su ritmo, le hice coro, también en un susurro “saduya gueda Malinka, Malinka maya…”. Soltó la dama una carcajada que hizo brillar sus ojos y me preguntó si yo hablaba ruso, a lo que le contesté sonriendo mi respuesta a esa frase: “Niet, ya nie panimayu nichevo ruski” (No, no hablo nada de ruso) lo que la hizo reír de nuevo declarando el hielo roto entre los dos desconocidos que éramos.
Escuchamos en silencio que el nómada terminara de tocar su “Kalinka” y luego le dije que me gustaría invitarla a tomar un chocolate, a lo que ella me dijo que no creía que hubiese un bar donde vendan chocolate cerca de donde estábamos. Le contesté riendo que si tuviera con qué invitarla sería un gusto, que yo vivía cerca y que si no le molestaba, cuando quisiera la invitaría a ese chocolate en mi casa. Me miro con la debida desconfianza, la miré con un poco de timidez y pasándole mi tarjeta le dije que cuando quisiera ese chocolate me llamara. Un “lacho drom” (“buen viaje” en la lengua gitana del este de Europa, utilizado para despedirse) para ella y el músico me permitió retirarme, riendo delante de su sorpresa. Me dijo ella algo, supongo que en gitano también y le contesté que no lo hablaba tampoco. Sonriendo me dijo “lacho drom, Gerardo” lo que dio lugar a que yo le preguntara su nombre y ella, con su acento muy del este, me dijo en un español extraño, que a veces se llamaba “Soledad” y a veces “Vida, hoy me llamo Soledad”. Sonreí y antes de irme le dije que por sus ojos yo la llamaría “Sol”.
El lunes temprano timbró mi teléfono a eso de las 8 AM y cuando contesté, sin decirme ningún nombre, me dijo en su francés que tenia 4 “croissants”, si aun me quedaba chocolate o si quería invitarla a alguna parte. Reí y le dije que seguía yo sin dinero, pero que con gusto le preparaba uno en mi casa. Cuando le pregunté donde estaba riendo me dijo que en la cabina de teléfonos al frente de mi dirección. Bajé a buscarla, subimos, y mientras preparaba el chocolate charlamos de muchas cosas. Ella comenzó preguntándome si no me daba miedo invitar a una desconocida a mi casa y cuando le contesté que no veía lo que me podría hacer, ella me dijo “¿estas tan pobre que no se te puede robar nada?” lo que nos hizo reír a los dos. Aproveché, desde luego, para decirle que “el sol solo me puede robar a Sol, pero que Sol ya no me puede robar el tiempo en que habría sol en mi casa” lo que la hizo ruborizar. De manera agresiva me dijo que “no era una puta”, a lo que reí contesté que menos mal, pues no tenía metálico para nada y que lo mas valioso que puede existir o es gratuito o pierde todo su valor.
Cambió bruscamente de tema, insistiendo si yo no hablaba el “gitano” (“tzigan” en sus labios) y el resto de la charla fue a propósito de las lenguas que hablaba cada uno de nosotros. Me contó que efectivamente era gitana, nacida en Rumania, que había ganado una beca para hacer unos estudios en alguna de las universidades cercanas y que me pedía no hacer demasiadas preguntas. Le pregunté con humor si podía yo saber quien era ella ese día, si era “Soledad” o “Vida” y me dijo misteriosa que quería ser Sol un momento. La miré fijo a sus ojos agradeciéndole. Con estas palabras ella terminó su chocolate, el pedazo de croissant que le faltaba por comer y se despidió como huyendo de mi casa. Confieso que me demoré en poder concentrarme a hacer alguna otra cosa por un momento.
Dos días más tarde timbró de nuevo el teléfono muy temprano y una vez que contesté me dijo lacónica “soy Vida, ¿puedo llevar los croissants?”. Le di el código para entrar en mi casa y me dispuse a preparar el chocolate. Al entrar me abrazó, y luego de un beso en la mejilla, tan turbada como lo estaba yo, su perfume llenando mi apartamento, se dirigió a la mesa. Yo, tratando de disimular la energía que me invadía me dispuse a servirle la bebida. Mientras desayunábamos comenzó un monologo en el que hablaba de lo que era sentirse sola, el no ser comprendida por su familia porque estudiaba, “cosa de gadje (no gitanos)” para ellos, el racismo de los mismos “gadje” hacia la gitana y la timidez de dejar saber lo que su alma deseaba. La interrumpí diciéndole que lo que los otros pensaran no era tan grave como lo que ella misma no dejara decirse a sí misma. La discusión siguió sobre lo que una mujer puede sentir, lo que la sociedad, ya sea gitana o “gadje” esperaba que sintiera esa mujer y los pocos espacios de libertad que se puede permitir una hembra humana.
Cuando le dije que esa libertad era ella misma quien podía permitírsela, me miró de sus ojos penetrantes como espadas y con un temblor en su voz respondió “depende si se encuentra con quien permitírselo”. Un silencio se estableció y como movidos por magnetismo su cara se acerco a la mía y mis labios salieron también a buscar los suyos. El beso inicial fue tímido, nuestros labios se acariciaron mutuamente despacio, poco a poco sus ojos se cerraron y como bailando los dos nos pusimos de pie para abrazarnos. La temperatura subía, su olor corporal daba matices a su perfume, nuestras respiraciones se aceleraban y nuestros brazos atraían al otro para sentirnos con cada poro, cada milímetro de piel. Sus senos bajo sus ropas se aplastaron contra mi pecho y ligeramente sentí que ella se movía para acariciarlos contra mí al tiempo que su vientre buscaba verificar el efecto que este beso me causaba. Cuando su lengua buscó la mía, la acaricié y nuestras bocas se abrieron para sentir mejor al otro, tomar su saliva, y acoger su lengua hurgadora.
Mis labios abandonaron los de Vida para salir a recorrer sus orejas, detrás de ellas, y besar tiernamente el nacimiento de su cabello. Un suspiro profundo la estremeció y apretándome con fuerza todo su cuerpo se abandonó contra el mío. En ese momento mi mano subió entre los dos buscando uno de sus senos y ella, sin rechazarme, se separó un poco y me dejó acariciarla mirándome a los ojos. A medida que la acariciaba, su seno se llenaba de sangre, se endurecía ligeramente, una vena se dibujaba en su frente, una sonrisa incipiente deformaba sus labios y sus ojos se cerraban ligeramente. Envalentonado por su actitud deslicé mi mano debajo de su suéter, subí su sostén liberando sus senos y pude sentir sus formas en mi mano, su calor sedoso llenándome todo a medida que lo acariciaba. Ella, un poco arqueada, su vientre pegado al mío, ahora mis dos manos acariciándole su pecho, se restregaba contra mí diciéndome que la volvía loca.
En un instante se apretó de nuevo contra mí y me dijo como si sollozara “¿qué vas a pensar?”. Yo le contesté “que me tienes confianza para dejarme ver ese aspecto de tu ser”. Un “¿estás seguro?” siguió y le dije “si en un instante cualquiera no lo pienso, te lo digo, prometido”. Siguió una lucha entre los dos, nuestras ropas volaron desnudándonos, sus pezones erguidos recibieron mis labios, mi boca se llenó de sus ubres, mis manos acariciaron sus nalgas, sus muslos, su vientre y bajando encontraron su bosque íntimo y luego sus labios vulvares que liberaban su miel en delicada cascada viscosa.
Tomé a Vida de la mano, la llevé a mi cama, esperando que ella tomara su bolso, única prenda de su ropa que llevó, y acostados los dos de medio lado nos besamos tiernamente por momentos, con pasión desbordante a otros. La puse de espaldas, me subí sobre ella, sus piernas se abrieron para abrazarme como ya lo hacían sus brazos y nos besamos en la boca durante mucho rato. Como una serpiente me deslicé hacia abajo, besé su cuello, sus senos, jugó mi lengua con sus pezones, su vientre temblaba cuando lo besé y al llegar a su sexo ella me retuvo con sus manos me dijo que ya no aguantaba mas, que se vendría de inmediato, a lo que solo contesté, retirando con suavidad sus manos, que viniera tranquila. Lamiendo sus labios, metiendo mi lengua al interior de su ser, gusté su miel dulce, salada, un poco acida. Ella se retorcía como recibiendo una descarga eléctrica, sus manos acariciaban mi cabeza, y sus piernas encogidas le permitían arquearse para mejor disfrutar mis caricias. Mis manos acariciaban sus muslos, sus nalgas y sus senos mientras sus quejidos de placer llenaban el exiguo apartamento. Efectivamente, en pocos instantes un “daaaaa” (“si” en rumano, como en las lenguas eslavas) se escuchó interminable, mientras sus manos apretaban mi cabeza contra ella, sus muslos sobre mis hombros permitían a sus pies apretar mis costillas y su vientre subía y bajaba ayudándome en mi caricia, guiándola y haciéndola profunda y completa, según sus deseos. Me dijo “ven”, tratando de halarme hacia su cabeza a lo que respondí que terminara así, que todo vendría a su tiempo. Una vez su orgasmo completo, me recosté a su lado, Vida limpió con su mano mi boca que estaba llena de sus líquidos y me llenó de besos dulces.
Vida me devolvió mi caricia a su turno, sacó de su bolso un preservativo que una vez abierto puso en la cabeza de mi pene y continuando su felación, moviendo sus labios y su lengua, lo hizo descender para cubrir completamente mi pene. Luego cabalgándome me introdujo en su ser, pudiendo yo ver sus senos majestuosos balancearse al ritmo de sus movimientos, y de muchas formas su cuerpo recibo el mío hasta que, una vez nuestro mutuo orgasmo, el segundo para ella, satisfecho, siempre sin dar muchas explicaciones, se fue a sus propias actividades después de una rápida ducha y un beso en mi boca.
Temo ahora no poner mucho ahínco a buscar trabajo, por estar en mi casa esperando que me traigan croissants de nuevo…








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login EntrarENTRE BUSCANDO ACCION SEXUAL DESENFRENADA,,,,,,,,,,,,,,,,ME ENCONTRE CON PALABRAS FINAMENTE ENCADENADAS,QUE ME TRASPORTARON AL MOMENTO,AL OLOR, ALSUDOR Y A LA PASION DE AQUELLA ESENA, EXELENTE RELATO GRASIAS