Carmen, Como Se Borraron Los Restos Del Franquismo I
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 10 min de lectura calendar_today Octubre de 2011

Carmen, Como Se Borraron Los Restos Del Franquismo I

Hace unos meses que estoy en Barcelona trabajando en una biblioteca huyendo de la falta de trabajo en Francia. Una de las colegas de trabajo, Carmen, es una hermosa mujer de 30 años, tal vez unos pocos más, divorciada hace unos meses, dato del que me enteré por alguna indiscreción de otra....

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Hace unos meses que estoy en Barcelona trabajando en una biblioteca huyendo de la falta de trabajo en Francia. Una de las colegas de trabajo, Carmen, es una hermosa mujer de 30 años, tal vez unos pocos más, divorciada hace unos meses, dato del que me enteré por alguna indiscreción de otra colega que charlaba en una mesa vecina a la mía a la hora del almuerzo. Carmen tiene el pelo castaño claro, recogido siempre en un moño más andaluz que catalán, ojos verdes claros que detrás de gafas que no le van bien desborda una agresividad de fachada para esconder, esconder mal para mí y para cualquiera que desee comprender a las mujeres, una timidez enorme. De cuerpo que toca adivinarlo perfecto bajo sus prendas que no se sabe si son demasiado grandes o simplemente escogidas contrariando a todo buen gusto.

Desde el comienzo las charlas con Carmen eran muy lacónicas, como si ella huyera de toda charla con hombres, pero en realidad nunca la vi mirando a otra mujer con el interés que puede mostrar una lesbiana, por lo que deduje que era una de esas damitas que se sienten desilusionadas de la gente masculina. Viéndola de esa actitud le hablaba poco yo, nunca tocando algún tema sexual, y solo hablábamos de historia o de lingüística, temas de interés que tenemos en común, aprovechando su ortodoxia en los temas de historia para buscar esos desacuerdos que animan una charla. Aprovechaba yo, igualmente, las charlas sobre las lenguas de un país para apoyar mis razonamientos en historia y sobre todo para ir minando, poco a poco, los fundamentos de la estructura rígida en su forma de pensar que ya había detectado de manera cierta. Por ejemplo, una vez, hablando de religión, me permití hacer hincapié en la importancia que la religión judía da al placer de la mujer absteniéndome diplomáticamente de recordarle que si Jesús existió, necesariamente habría creído en esos principios. Todo esto obligándome a observar su cuerpo cuando ella no se daba cuenta y mirando sus ojos, y solo sus ojos, cuando hablaba con ella. Me acerqué a Carmen por el lado estrictamente intelectual, dándole a entender que ninguna atracción sexual ejercía su cuerpo en mi libido.

Una vez que almorzábamos todos juntos, alguien habló de una chica que tenía muchos amantes, y antes que Carmen entrara a criticar como ya lo había hecho en ocasiones anteriores, me adelanté para afirmar que el cuerpo nos pertenece a cada uno y que mientras la niña de la que se hablaba no violara a nadie y gozara de su actitud, me parecía que se comportaba como una hembra libre, sin derecho a criticarla. Otra de las damas en la mesa preguntó si un hombre gustaría de una chica que ha tenido muchos amantes y le contesté, simplemente, que si además de ser un hombre era un macho de verdad, pues simplemente no solo la aceptaría sino que además se podía imaginar las veladas que pasarían contándose sus respectivas aventuras. Carmen intervino preguntando que si era tan macho podría preferir a una mujer virgen, a lo que respondí sonriendo con la historia de las montañas de Tuluá, mi pueblo de origen, que oí en mi infancia sobre la diferencia entre un “macho” y un “machista”.

La historia dice que la principal diferencia entre un macho y un machista es que si la mujer de un macho se acuesta con otro hombre, éste la deja tranquila porque una vez su curiosidad satisfecha, ella regresará más enamorada a buscar al hombre que la conoce ya sin perturbarle su libertad. Al contrario, el machista sabe que si su mujer prueba otro hombre, es ella quien no regresará nunca. Esta historia perturbó un poco, por no decir mucho, a Carmen y yo me permití cambiar de tema. Cuando caminábamos de regreso al trabajo, ella se acercó a mí y en voz baja (raro en los españoles que hablan a gritos) me preguntó, regresando al tema de la chica de la que se habló en el restaurante, porqué la religión católica prohibía de manera tan dura la sexualidad, a lo que le contesté que solo prohibía la sexualidad de la mujer, porque la del hombre, al igual que la sociedad, la prohíbe de manera más diplomática que real. Cuando ella quiso que aclarara yo ese aspecto le dije que si se hubiese hablado de un caballero con muchas amantes la admiración habría sido general, mientras que una mujer de la que se sabe que goza de su sexualidad generaba una reprobación casi unánime. Luego de unos metros en silencio (caminábamos, recuerden, hacia el trabajo) me afirmó que la sexualidad de la mujer era distinta, a lo que asentí recordando los sexólogos gringos que en sus estudios habían descubierto que la hembra humana puede tener varios centenares de orgasmos por día. Este avance por los lares “prohibidos” de la sexualidad puso un punto final a nuestra charla, al menos sobre ese tema.

Después de lo anteriormente relatado, Carmen era más charladora conmigo, siempre con una distancia prudencial de mínimo un metro, metro que se encogía poco a poco. Ya nos conocíamos desde hacía un mes cuando me permití cuestionarla sobre lo que estudiaba en la universidad, me dijo que sociología y después, de manera natural, trataba yo de saber el tema que estaban estudiando y me documentaba sobre él para ofrecerle charlas que por lo menos fueran útiles, romper el muro que la rodeaba y pretender a una amistad naciente. En una ocasión en que almorzamos solos los dos, ella misma dirigió el tema a las enfermedades sexualmente transmisibles y cuando le dije que había análisis que permitían detectarlas, ruborizada cuando el tema la tocaba personalmente, afirmó no haber visto nunca el resultado de dicho tipo de análisis. Le contesté que hacía bastante tiempo que no me los había hecho yo, que entonces, cuando me los hiciera se los mostraría y que para ese ejemplo me los haría completos y así mostrarle algo completo. A su pregunta si no era algo muy privado, le dije que la necesidad era detectar el sida que puede incubar varios meses, y como estaba yo en abstinencia desde hacía un momento, las otras cosas eran superfluas, pero que para el ejemplo no habría problema. Sobre la “privacidad” de la cosa, dije riendo que yo estaba convencido que ella no pensaba que yo fuera un puro espíritu.

Teniendo un trabajo ella para la universidad donde estudia, cuando ya nos conocíamos desde hacía varios meses, por lo menos tres, le dije que podía yo leer el fin de semana dos de los libros en los que podía tener referencias y que la llamaría para leérselas cuando me pareciera conveniente. Fue de esta manera que obtuve su número de teléfono, y me esmeré tanto en esa lectura, que mis referencias, extraídas de los libros que ella me había dado, completadas por otras que yo saqué de mi memoria, compusieron en realidad, la mayoría de su trabajo. El domingo por la mañana estábamos casi en permanencia al teléfono, por lo que, ante la inminencia de la hora del almuerzo, le dije que era tonto que nos paráramos de trabajar para prepararnos algo de comer, que podríamos reunirnos y seguir trabajando mientras uno de los dos se ocupaba las manos, y un poco su atención, a cocinar y el otro o leía o escribía. Fue de esta manera falaz que traje a Carmen a mi apartamento por la primera vez.

Al llegar Carmen mostraba una timidez enorme, por lo que la recibí afable pero de la manera más asexuada posible, y luego de servirle un café (un tinto aquí sería un vaso de vino rojo, y aun no estábamos tan avanzados) la agredí de entrada con el tema de la tarea para su universidad. El tema era la posibilidad de que existieran cárceles que “corrigieran” al maleante y yo había propuesto como introducción al tema que se enfocara todo desde el principio que siendo la sociedad humana una cosa perfectible (que se puede perfeccionar, es decir incompleta), se puede considerar la desobediencia a la ley, por lo tanto la existencia de todo el sistema represivo, como una confesión de los defectos de la misma sociedad. A partir de éste prolegómeno, podíamos desarrollar una visión del sistema represivo en el que la sociedad se sienta responsable de la desobediencia de sus sujetos y por lo tanto responsable de un sistema carcelario corrector y responsable. Imaginará el lector que era necesario charlas interminables para definir bien estos conceptos y todas sus implicaciones, y, por ejemplo, esto nos permitió recordar con humor que en la unión soviética se enviaba a asilos siquiátricos a los disidentes, puesto que pretendiendo la sociedad comunista como perfecta, quien no estaba de acuerdo con ella era simplemente un enfermo mental.

Elaborábamos pues las bases de ese trabajo, tomando ella notas cuando habíamos llegado a algo definitivo, siempre en su opinión, todo charlado, mientras yo preparaba lo que comeríamos después. Preparé algo rápido y de buen sabor, lo que denomino “comida de solterón” (la hizo reír el término) que les cuento, abusando de la paciencia del lector de inmediato: en entrada un simple melón rojo, no los que se acostumbran en España, los redondos y muy perfumados, cortado por la mitad, bien frío (sacado de la nevera) con un fondo, en el hueco que queda cuando se sacan las semillas, una buena cantidad de pineaud de Charentes, vino cocido similar al oporto, por lo menos por lo cocido y lo dulce. De plato principal un poco de arroz, como lo hacemos en el Valle del Cauca, ¡miraa vee!, con unas papas que puse a fritar en un plato hiendo al horno, tapizando el fondo del plato, y luego tapicé las papas mismas con pimientos de colores diversos cortados en julianas, y terminé poniendo encima de todo dos muslos de pollo (con la rabadilla, es mejor) a los que les había puesto unas dos hojas de albahaca entre la piel y la carne.El pollo una vez cocido por un lado lo volteé, le agregué ajo picado finito y antes de sacarlo subí el horno a 250° unos minutos, no más de dos minutos, lo que dora la piel del pollo con muy buen gusto. Para desglasar el todo con unos chorritos de vino blanco preparé una salsita tenue que no hiciera el plato demasiado seco. Con la disculpa de que fumo puse dos velas prendidas en la mesa (borran el olor a tabaco al quemarse la cera), completamente inútiles para la luz puesto que estábamos de día, aunque los apartamentos aquí son muy oscuros, pero que me permitiría, en otra ocasión, hacer de las velas algo “normal”… Serví pues el melón, que le encantó la forma como el vino se mescla poco a poco con la pulpa roja de la fruta, y luego, cenamos el arroz con el pollo, acompañado todo de vino rosado frío que tomé como ella, muy poco.

A las 7 de la noche, cuando vio la hora salió casi corriendo, diciendo que no había visto las horas pasar, y que se regresaba a su casa para entrar todo al computador. La “obligué” a vernos otra vez, recordándole que el trabajo no era para el lunes, sino para el lunes siguiente, es decir para 9 días después, y que podríamos vernos afín de darle los toques finales. Yo sabía que con su mentalidad estricta de franquista que se ignora, si la idea de hacer la sociedad responsable incluso de sus delincuentes le atraía, era al mismo tiempo, algo completamente nuevo para ella y que seguir tocando el tema no le sería indiferente y mi presencia bienvenida, especialmente para la redacción final de su trabajo. Yo de manera tramposa la seguí llamando fuera de las horas de trabajo para aclarar uno que otro punto de la redacción e igualmente traicionero adelanté el trabajo en mi computador. De todas formas no tenía yo otra cosa para hacer cuando estaba en casa. Le propuse el jueves que nos viéramos el sábado en la mañana para estar seguros de terminar el trabajo ese fin de semana y le prometí que almorzaríamos simples sándwiches si me acompañaba a cenar, cena que yo prepararía.Ella enrojeció un poco al decirme que no me molestara y le respondí que me gustaba cocinar, que le agradecía de antemano si aceptaba y roja como un tomate, los ojos brillantes me dijo un “bueno”. Yo paré la charla para no incomodarla, dándome vuelta y dejarla pensar que su rubor había escapado a mi sensibilidad.

— gerardo91000

14 de octubre de 2011

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gerardo91000

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