Carmen, Como Se Borraron Los Restos Del Franquismo II
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 8 min de lectura calendar_today Octubre de 2011

Carmen, Como Se Borraron Los Restos Del Franquismo II

El viernes hice las compras para la cena, aguacates para el guacamole (purée de aguacates con limón, sal, cebolla de tallo y tomate picado finito) de los emparedados, unos encurtidos, atún, maíz en lata, pan cortado y avancé la cena, al llegar a casa, con una bolognesa, sabiendo que le gustaba....

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El viernes hice las compras para la cena, aguacates para el guacamole (purée de aguacates con limón, sal, cebolla de tallo y tomate picado finito) de los emparedados, unos encurtidos, atún, maíz en lata, pan cortado y avancé la cena, al llegar a casa, con una bolognesa, sabiendo que le gustaba mucho la comida italiana. Hice también un “tiramisú” y los spaghettis, que si se dejan un poco duros, faltándoles dos minutos, más o menos, para estar “al dente”, se ponen en un colador, se enfríanrápido con abundante agua y luego se aceitan (el aceite de girasol es perfecto por lo neutro) se guardan después en la nevera varios días si necesario. Al servirlos se pone agua a hervir, y una vez hirviendo se ponen en un colador metálico, se sumergen en el agua hirviendo y dos minutos más tarde se sirven “spaghetti al dente” con “il vero gusto italiano”. Para la entrada me compré dos docenas de ostras, a abrir al momento mismo de comerlas, el día siguiente,con jugo de limón. Un vino tinto Valpolicella para la pasta y un vino blanco alsaciano, un Gewürtz, para la entrada, puesto en la nevera de inmediato para asegurarse que esté bien fresco al día siguiente, sin olvidar un pan de centeno que acompañe los frutos de mar.

Llegó la “victima” a las 9 AM, no sin haber llamado antes para saber si podía pasar, que recibí siempre afable y “desinteresado”, aunque esta vez estaba menos nerviosa. Vestía una falda a media pierna, que le llegaba después de la rodilla, una camiseta de mangas y el pelo lo tenía suelto, por lo que noté que le llegaba un poco más abajo de los hombros, Luego del café le propuse desayuno y apenada confesó haber olvidado de traer algo para el desayuno, le preparé pues unas arepas con un huevo frito y el todo pasado con chocolate de verdad, es decir con las pastillas de chocolate, una por cada persona, dos tasadas de leche, una de agua, panela y a hervir, cuatro veces, enfriándolo un poco entre cada hervor por una dosis de molinillo enérgico. Unos pocos pimentones sin piel (se ensartan en chuzos, se queman al gas hasta que la piel se ennegrece y luego, poniéndolos en una bolsa plástica se les quita la piel) en julianas, fritos en aceite de oliva con perejil, ajo, sal y pimienta para darle un gusto más consistente al desayuno completaban el todo. Le presenté el trabajo que yo había avanzado y la mañana se pasó comparando los dos trabajos y comenzando a digitar todo al computador. Muy al medio día interrumpí el trabajo para servir los emparedados (pan, y lo que lo acompañaba, que podía ser guacamole, huevos duros en rodajas, queso francés o papitas fritas “à la sardallese” (se ponen cortadas en rodajas no muy delgadas en agua hirviendo, para que guarden el gusto, durante dos o tres minutos, luego se sacan, se deja escurrir el agua y se fritan, cuando comienzan a dorarse se les agrega perejil, ajo y sal al gusto), el atún o el maíz de lata. Pasamos el todo con un simple jugo de lulo en agua que pude conseguir congelado en una tienda de colombianos, jugo que ella probaba por primera vez, que le encantó.

Poco después de la pausa para comer terminamos el trabajo, lo leímos, y nos explicamos las últimas preguntas que podrían hacerle a ella cuando lo presentara. Satisfechos de la labor cumplida la invité a acompañarme a la cocina para preparar un café y comenzamos a charlar de cosas distintas al trabajo en general. Me confió que después de varios años de matrimonio poco feliz se había divorciado, que por lo católica había esperado mucho para divorciarse y que desde hacía 8 meses vivía sola en su domicilio viendo gente solo en el trabajo. Su belleza atraía hombres muy apresurados que le disgustaban sobre manera y que trataba de esconderse para no ser vista de todo lo que pueda llevar un pene. Nos reímos de su expresión, le conté yo también un poco mi vida y charlamos mucho sobre lo que podía ser el placer, lo discutible que fuera pecado, y terminamos hablando un poco de religión, en donde le mostré esas partes del pentateuco en el que se glorifica el placer, especialmente el de la mujer, sin olvidar la historia de Sara y Abraham. Terminamos la parte “bíblica” de la tarde leyendo el Cantar de los cantares” y me divirtió ver cómo se ruborizaba ante ciertos versos, sobre todo cuando no los entendía y yo cruel se los explicaba sin tapujos en un lenguaje elegante. Me encantó cuando al decirle lo linda que se veía rojita, se ruborizó aun más y sonriéndome dijo un “no seas malo” que me mostró, por lo menos en ese momento, que las murallas que defendían su intimidad ya no eran tan sólidas.

A las 7 PM comencé a preparar la cena, puse un mantel en la mesa, apagué las luces, puse dos velas largas como única luz. Como ella se ofreció a ayudarme, le permití acompañarme a la cocina en donde, con la disculpa de la estrechez del sitio, le tomé la cintura para pedirle que se moviera, o le tomaba la mano para indicarle “mejor” donde se encontraban las cosas. Preparé los limones y abrí las ostras, luego de haber puesto el agua de los espaghetti al máximo y a calentar la salsa en su baño María (creo que éste “María” se escribe con minúsculas, que me perdonen los puristas). Abrí el Gewürtz (el vino blanco que se compagina muy bien con las ostras) y la invité a pasar a la mesa en donde llevé la bandeja grande con los crustáceos, el jugo de limón y el pan de centeno cortado en rodajas con un poco de mantequilla en un platillo al lado y dos cuchillos pequeños para untarlo sobre el pan. Al brindar sentí como sus ojos me miraban de forma nueva, con un brillo iluminado por mil volcanes y su sonrisa ya era franca sin ninguna prevención. Tomábamos al unísono el vino, como marinos sedientos, y en un momento ella me dijo, su mirada insegura y llena de timidez que si tomaba demasiado se “tendría” que quedar en mi casa, a lo que le respondí, obviamente, que no habría ningún problema, esta vez tratando de poner muchos significados en mi mirada, mirada que ella sostuvo algunos instantes, permitiendo que un silencio cómplice llenara el espacio. Seguimos tomando pues, comiendo las ostras hasta que las dos docenas se terminaron.

Charlaba muy alegre, me contaba que le encantaban las ostras, que no las comía hacía mucho y que también, poniéndose sería de repente, no recordaba ya cuando era la última vez que se había sentido tan a gusto. A esta última afirmación le respondí que era la mejor forma de agradecerme la cena el sentirse a gusto, que eso significaba que yo había alcanzado todas mis metas. Con esta frase sentí en su mirada cierta duda, y sonriendo, sin dejar de mirarla a los ojos terminé diciéndole, “las metas mínimas, que me satisfarán si el resto te puede molestar, pero que por favor, si algo comienza a molestarte,me lo haces saber, quiero que este día sea perfecto para ti”. Ante mi frase enrojeció y vi brillar una lágrima en su ojo, lo que me permitió cambiar de tema y apurarla a terminar el vino para servir la pasta. Como quiso acompañarme a la cocina, se tambaleó y para recuperar el equilibrio se apoyó en mi hombro. Yo la tomé por la cintura y la atraje hacia mí y le di un beso en la mejilla, ella se puso tensa con ese beso y le murmuré un “perdón, pero gracias de todas formas por el beso robado” y la solté. Como por milagro ella caminó derecha y admirada miraba los trucos culinarios que yo usaba para calentar las pastas en dos minutos y ponerla en los platos con una salsa que ya estaba caliente.

Abrí el vino, que ella miró sin reprocharme la cantidad de alcohol de la velada, como aceptando ser seducida “en contra de su voluntad” como el pudor lo obliga y nos fuimos a la mesa, ella muy cerca de mí, haciéndome caer en cuenta con su actitud que no me guardaba rencor por el besito. Nos sentamos, brindamos con el Valpolicella y comenzamos a comernos los spaghetti, charlando de cosas y otras aunque yo mucho más mimoso, diciéndole cosas como el porqué no usar otras gafas que dejaran ver mejor sus ojos que eran muy lindos, y decirle que su pelo merecía ondear libre al viento, sin estar apretado en ese moño tan stricto. Cuando ella me argumentaba que estaba harta de los acosadores impacientes, le dije riendo que ellos también tenían derecho a lo bello de la creación. Esta última frase mereció que ella me tire la servilleta a la cara, riendo cariñosa y acusándome de ser un vil adulador. Reí de buena gana con ella y en mi defensa dije que era fácil adularla, que si no fuera tan linda merecería yo tal vez que se me llame “vil” puesto que, de serlo, habría hecho un esfuerzo grande para imaginar algo, mientras que en su caso ese “algo” era “mucho” y que estaba presente. Me miró seriamente y me preguntó si de verdad yo sentía lo que decía y con la misma seriedad le contesté que desde que la vi había notado yo que sus esfuerzos para parecer fea eran completamente inútiles. Guardó silencio y de nuevo cambiamos de tema, esta vez hablando de lo que le gustaba, a donde le gustaría viajar, esos aspectos de la vida que llevaba, tal vez, mucho tiempo sin decírselos a nadie.

Nota aparte: La parte más “caliente” de la historia sigue, si el lector busca ese sexo tórrido que narro a veces, puede leer lo que sigue. Si toda la tarde fue una preparación, la noche era el objetivo que fue alcanzado de manera muy satisfactoria. Gracias por leerme hasta aquí.

— gerardo91000

14 de octubre de 2011

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gerardo91000

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