Terminados los spaghetti y el vino, saqué el postre, que comimos bastante rápido, luego el café con un poco de brandy (hay brandys excelentes en España, mejores a veces que muchos cognac de Francia) y cuando terminamos el café le hice caer en cuenta que ya eran las 11 PM, que arriesgaba de perder el metro. Con desgano se levantó y tomando su saco, su maletín, lentamente, mientras yo la seguía siempre a medio metro de ella, se dirigió a la puerta. Cuando llegó a la puerta apoyó la cabeza contra ella, la mano en la chapa de apertura, cerró los ojos y se inmovilizó en esa posición unos segundos. La mirada brillante al abrir los ojos me miró como con desafío y me dijo, “Gerardo, no quiero irme, no ahora”. Atiné solo a estirar la mano para tomar la de ella, alejársela de la cerradura y luego atraerla hacía mí, donde ella vino como si sus piernas tuvieran voluntad propia.
Como ella se acercó a mí con la mirada baja, le tomé suavemente el mentón y levanté su cara para un beso delicado, solo besando sus labios con la punta de los míos, aunque poco a poco sentí como me devolvía mi beso, sus labios se entreabrieron y su cuerpo se estrechó contra el mío. Por primera vez sentí sus senos contra mi pecho, me parecieron más grandes que lo sospechado por mis ojos, firmes, llenos y resistí la tentación de acariciarlos incontinente. Mis brazos rodearon su cintura, los suyos mi cuello y durante largos minutos solo nos besamos, incluyendo el momento en que su boca se abrió para dar paso a su lengua la que llegando allende mis dientes, acaricié con la mía. Al sentir un suspiro de su parte, abandoné sus labios para besarle con ternura sus ojos, sus mejillas y despacio pasar detrás de sus orejas y besarla entre los lóbulos y el nacimiento de su cabello. Esta caricia la hizo estremecer, ella se apretó aun más contra mí y cuando le besé la nuca, su cuerpo curioso buscó con su vientre comprobar el estado en el que estaba yo. Sonriendo le dije que no estaba yo muy presentable y solo una risita de su parte me respondió, esta vez aplastándose contra mi cuerpo y besándome el cuello.
Le susurré al oído que me dejara acariciar sus senos y en medio de un suspiro, como exhalando una queja emitió un “siii” que callé con otro beso apasionado mientras mi mano derecha sacaba su blusa fuera de la falda para abrirme camino hacia sus ubres que encontré, una vez levantado el brasier, calientes y con la punta erguida. Un suspiro como un sollozo salió de su garganta cuando me apoderé de sus senos y fue sin resistencia alguna de su parte, siempre nuestros labios acariciando los del otro, que mis manos buscaron en su espalda los broches de su sostén, que me permitieran, una vez abiertos, acariciar sus senos sin entrabas. Yo ya con las dos manos en sus senos seguía besándola, mis dedos recorriendo suavemente las puntas de sus pezones, o toda la mano abarcando la ubre entera embriagándose con la seda de su piel. Esta vez sin pedir permiso, levanté su blusa para ponerlos a la vista y deslizándome de sus labios me incliné para besar esas puntas que temblaron al sentir mis besos. Su respiración se aceleraba poco a poco y fue con una voz ronca que un “que rico” me corroboró su aprobación.
Sin dejar de chuparle con suavidad los pezones, mi lengua acariciando la punta de los mismos, cuando no intentaba yo vanamente entrar todo el seno en mi boca, mis manos corrieron a lo largo de su espalda para no detenerse bajando y llegar a sus nalgas. Estas eran duras de lo firmes, prueba de la gimnasia que hacía, redondas y bastante grandes. Cuando sentí que se relajaba después de esta caricia, subí de nuevo en búsqueda de su boca, y de común acuerdo nos dirigimos, sin dejar de besarnos, a la cama que estaba en un cuarto después de la sala comedor. En España los cuartos son muy oscuros y la luz de las velas que aun se quemaban en el comedor daban una luz demasiado tenue, por lo que dejé la puerta del dormitorio abierta oponiéndome cuando ella quiso cerrarla alegando que no era justo que me privara de su belleza. De esta manera la habitación era iluminada discretamente por las velas y por la luz eléctrica de la entrada que habíamos “olvidado” apagar.
En un instante su camiseta y sus sostenes estaban en el suelo, y mientras ella desabotonaba mi camisa yo acariciaba su espalda, sus senos, su cara y la interrumpía por momentos para levantarle la cara y darle ya un beso en cada ojo, ya en la punta de su nariz, ya en los labios. Ella me retiró la camisa y en un movimiento suave se acarició los senos contra mi pecho sus manos en mi cintura y las mías en sus nalgas. Encontré el botón de su falda (se encontraba en el lado izquierdo de su cadera), seguido de un cierre que una vez abiertos permitieron a su falda escurrirse al suelo, liberando a la vista unas piernas hermosas, rasuradas, con muslos abundantes, firmes, tanto como sus caderas. Su vientre casi plano, con un abultado ligero de hembra sana y deportista se terminaba al comienzo de sus pantalones de encaje, que connotaban sus intenciones de ser seducida al venir a mi casa. Dejamos pasar varios minutos de caricias de nuestros cuerpos hasta que ella un poco apresurada batalló con mi cinturón para liberar mis pantalones y los dos en las prendas mínimas la alejé un poquito de mí y así admirar su cuerpo. Cuando le dije lo lindo que era su cuerpo, solo me murmuró, abrazándome de nuevo, “cuerpo inútil hasta hoy”. Solo atiné a contestarle que no me cansaría yo nunca de admirarla desnuda. Ella rió y a su “¡qué amable que eres! Le dije “quédate desnuda todo el tiempo que estés, por favor”.
Al fin caímos en la cama, nos desnudamos completamente y ella boca arriba recibió mis besos en su frente, sus ojos, su nariz, sus labios… Me deslicé despacio para besar sus pechos que a pesar de la posición seguían orgullosamente erguidos, sus puntas erguidas como buscando la caricia de mi lengua, que al recibirla produjeron suspiros de excitación al ritmo de los latidos del corazón de Carmen. Cuando fui al ombligo y besé esos puntos sensibles a pocos centímetros hacia la cintura, la bella saltó como golpeada por corriente eléctrica y aproveché sus saltos para ponerme entre sus piernas que cuando trató de cerrarlas se encontraron con mi cuerpo entre ellas. Cuando seguí descendiendo las manos de Carmen me detuvieron aferrándose a mi cabeza, y me dijo un extraño “eso no, nunca me lo han hecho”, y yo tomando sus manos las besé y solo le respondí “que sea yo el primero, por favor, déjame serlo”. Aflojó sus manos y me encontré con su clítoris cargado de sangre que cuando lo besé ella se estremeció de nuevo y una especie de quejido salió de su garganta. Con lengüetazos suaves recorrí sus labios que se cargaron más y más de líquidos, sus caderas en movimientos independientes de su voluntad daban el ritmo a mi caricia y sus manos en lugar de tratar de alejarme, me apretaban contra su sexo, me guiaban, cuando no se limitaban a acariciar mi pelo. Cuando la dama me pidió que yo parara porque creía su orgasmo llegar, le dije haciendo una pausa que no me molestaba recibirlo en mi boca, ella, levantando la cabeza, me miró con una mirada turbia, como si estuviese ebria y a los pocos minutos un “uuuuuuffff” interminable salió de su boca, sus sacudidas pélvicas se terminaron, se puso rígida y sus piernas me aprisionaron con fuerza insospechada y yo me limitaba a acariciar sus piernas, sus caderas, sin dejar de lamerla.
Una vez calmada cerró ella los ojos y yo seguí besándole su sexo, gustando su miel exquisita, de vagina que llevaba tiempo sin ser mimada, si lo había sido correctamente alguna vez. Poco después ella trató de llevarme hacia ella con las manos y con un “ven” casi quejumbroso a lo que me negué para seguir dándole ese placer que de toda evidencia era nuevo para ella. Ya descaradamente con las piernas abiertas y mi cabeza en la unión de ellas me pregunto “¿Gerardo, quieres matarme?”, y le contesté sonriendo “Solo quiero matar tu timidez, quiero mostrarte muchas formas de placer y si me dejas, ya te lo dije, quiero que hoy sea un día perfecto para ti”. Como si hubiese aprendido de la lección anterior se relajó abierta como los pétalos de una margarita para recibir mi caricia. Yo, siempre curioso, metí mis manos bajo sus piernas para levantarle las nalgas y le besaba, por momentos su clítoris absorbiéndolo entre mis labios haciendo un poco de vacío para darle golpecitos con mi lengua en su punta, a otros momentos recorría sus labios de manera amplia, a otros momentos metía yo mi lengua tan lejos como pudiera en su vagina. Su respiración se aceleró de nuevo, y con mis manos siempre bajo sus piernas, las subí para acariciarle sus senos y sentir como bajo el seno izquierdo su corazón partía de nuevo al galope, queriendo alcanzar ese otro orgasmo que no tardó en llegar.
Como el sistema de Guía no permite publicar más de 3 relatos cada día, estas últimas partes aparece hoy, en donde termino estos momentos, les ruego me perdonen por esta incomodidad, pero no terminaba la historia en punta, termina hoy. Gracias por leerme.








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