Como yo quería seguir con mi caricia, besando su vagina, su clítoris, sus labios, por momentos sus muslos, ella me miró y me dijo que me quería hacer lo mismo, pero que nunca había besado “a un hombre allí”. Yo me detuve ante tan exquisita invitación y luego de subir hasta besarla en los labios, notando que ella dejaba sus piernas abiertas ya ofrecida sin retención alguna, me puse a su lado y la atraje sobre mi pecho. Cuando sentí resistencia le pregunté “ya no quieres besarme”, ella me dijo que no sabía hacerlo, le dije que yo la guiaría y como con miedo, me tomó en su mano, me miró detenidamente, moviéndome de un lado para el otro como si no conociera un pene, me dio un beso ligero en la punta, luego otro, luego una caricia con la lengua y despacio me metió en su boca, solo la cabeza del glande al principio, luego un poco más, su lengua se animó para acariciarme también, y comenzó, torpemente al principio un mete y saca delicioso, para luego tomar cierto ritmo. Sin embargo noté que la situación no era la más erótica para ella, por lo que le propuse que me permitiera besarla al mismo tiempo, explicándole que se tenía que poner de medio lado y cuando llevaba yo unos pocos minutos besándole de nuevo su sexo, sus movimientos pélvicos tomaron un ritmo de placer, de ella misma comenzó a mamarme como un ternero, y sentí que descubría el placer que una mamada puede suministrar a una mujer. Me dejé besar de esa forma hasta que ella tuvo de nuevo su orgasmo, y justo cuando estaba ella en el principio del clímax, le abrí las nalgas y me insinué hasta besarle la entrada a su ano. Su primera reacción fue parar todo movimiento, pero cuando las ondas de placer que ese beso le proporcionaba llegaron a su cerebro, de ella misma se arqueó para que mi beso fuera más cómodo y recibir este nuevo orgasmo de todo su cuerpo, sus senos frotándose contra mi vientre, sus genitales contra mi mentón y mi barba, su anito recibiendo las embestidas que mi lengua le daba justo con su ápice.
Sin dejar terminar su orgasmo se separó de mí, de fuerza me puso de espaldas y subiéndose sobre mí se penetró, casi sin darme tiempo a colocarme el preservativo, con cuidadito en un principio, hasta llevarme hasta el fondo de su ser francamente después y alargó su placer de esa forma. Ya calmada, sin sacarme, me miró con los ojos semi cerrados para decirme “¡y me tocó violarte, qué malo!”. La atraje hacia mí para darle un beso interminable lleno de ternura y le dije que yo temía que ella dudara querer ser penetrada, a lo que me contesto que sí, al principio, pero que después sentía volverse loca si no la penetraba yo. Así acostada sobre mi pecho, penetradita por mi pene, dándonos besitos, moviéndose delicadamente como saboreando los momentos de placer pasados y por venir, mis manos acariciando el alto de sus muslos, sus nalgas, sus pechos y su espalda, ella me pidió que le “hiciera de todo”, que casi no conocía del sexo por la falta de imaginación o gusto de su esposo. Cuando me dijo eso la miré serio y bajé mis manos hasta sus nalgas para introducir suavecito el índice en su chiquito y ella como riendo me dijo un “noooo, porqué te dije yo eso”, a lo que riendo yo también contesté, “porque lo quieres también”. Escondiendo su cabeza en mi cuello me dijo, no sin acelerar el movimiento de su cadera para hacerme entrar y salir más profundo y más rápido en su vagina, “siii, quiero de todo”.
Es pues estando ella sobre mí que mi índice comenzó a entrar suavecito, poco a poco, a su ritmo, en su chiquito, hasta que de ella misma levantaba su culito para permitirme entrar más profundo, sin prisas. Cuando le pregunté si le gustaba, me dijo que la estaba convirtiendo en una “perdida”, porque le encantaba, y yo, besándole los ojos le dije que no estaba de acuerdo con ese término, puesto que me parecía que se estaba encontrando ella con su cuerpo. Su enésimo orgasmo vino de esta manera, ella sobre mí y mi índice en su ano, sólo que de la caricia tímida inicial, entraba mi dedo ahora tanto como la posición lo permitía. Paré esta caricia para ponerla a ella sentada sobre mí y yo también poder acariciar sus senos, salvo cuando la atraía hacia mi cara para besarlos, sin olvidar de besar también su boca. Para mejor llamar su excitación de nuevo, cuando ella estaba sentada, acariciaba yo con una mano sus senos y con la otra su sexo que enmarcaba mi pene en su interior.
Con una sonrisa pícara, llena de malicia me preguntó si se “lo” podía meter por detrás con suavidad, y le contesté que lo haría con todo los miramientos posibles, que ella me diría cuando avanzar, todo a su gusto. Sin mediar otras palabras inútiles, se bajo de su montura y acostándose boca abajo a mi lado, su grupa erguida ofrecida a mi vista me dijo: “¡estoy tan excitada!, ¿me lo metes suavecito, por favor?” Yo me acosté sobre ella, busqué su boca que ella me ofreció volteando la cabeza, la besé tiernamente y tomé su mano con mi izquierda para sentir mejor sus reacciones. Con mi mano derecha bajo su cuerpo busqué su clítoris que masajeé suavemente hasta que sus nalgas comenzaron a venir contra mi vientre en muda invitación, unté de vaselina mi pene cubierto aun del preservativo y con mi dedo untado del mismo lubricante, introduje mi dedo en su ano que quedaba aun dilatado para sus dimensiones, luego puse la punta de mi pene a la entrada de su esfínter y regresé a acariciar su sexo con la mano. Poco a poco sus movimientos, cuando sus nalgas venían a frotarse contra mi vientre me introdujeron por su apertura más estrecha y cuando yo ya estaba hasta la mitad en ella, traté de empujar, pero su mano que estaba en mi mano me apretó en signo de dolor. Paré de inmediato mi intromisión e inicié un entra y sale solo de la porción que ya había entrado, sin embargo, su excitación creciente, me empujaba cada vez unos milímetros más en ella, cuando sus nalgas venían a buscarme para coincidir mis retiradas con las de su culito, haciendo que su vientre frotara más fuerte su clítoris contra mi mano.
Cuando yo ya estuve enfundado hasta el fondo me detuve y sonreí al escucharla decir: “¡no me digas que me lo metiste todo!”. Le contesté “no queda nada afuera, ¿quieres sentirlo?” y llevé su mano a su sexo y le dije: “métete un dedo”, una vez su dedo en su interior salí suavemente de ella y entré de nuevo para que por medio de la delgada membrana que los separaba sintiera como la invadía yo. Su “ ¡uf, como entra todo!”, acompañado de las caricias que ella misma se prodigaba me autorizaron a acelerar, poco a poco mis embestidas.No tardó la damita en aumentar la velocidad de mis entradas y salidas con los movimientos de sus nalgas lindas para luego permitirme martillarla ya sin ningún miramiento. Deseoso yo de admirar sus nalgas, que son divinas, como lo dije antes, la hice poner en posición perrito para regresar de nuevo a su ano, sin olvidar tomarle la mano y conducirla a su vagina para que no desistiera ella de acariciarse a su gusto. Al mismo tiempo mis manos libres recorrían, como buscando algo, sus muslos, su espalda, sus nalgas, su vientre, sus senos o la acompañaban en la caricia que ella daba a su gallito. Los minutos pasaron, siempre demasiados cortos, hasta que en un grito que dimos los dos, llegamos al orgasmo juntos, cayendo como privados sobre el lecho que cómplice había servido de marco a nuestros embates. Al cabo de unos instantes la reducción de mis dimensiones me sacaron de ellas mismas de su cuerpo, y Carmen exhaló un suspiro de satisfacción y de protesta, no sé cuál de los dos sentimientos expresaba, cuando terminé de salir de ella.
Nos mimamos un poco, acostados en la cama, ella sobre mí y solo besos tiernos interrumpían nuestra charla, en la que ella me contaba que era la primera vez que daba su culito a alguien, que su marido, con lo bruto que era, ni siquiera se lo había propuesto, en su disciplina rígida de franquista, y ella misma, con la misma mentalidad, tampoco habría osado nunca pedirle a él esa caricia. Burlona me acusó de ser un “agente rojo” que la alejaba de la ortodoxia fascista y concluyó con un “gracias Gerardo, podrías haber llegado hace varios años, si posible antes que yo me casara” y luego de un beso más intenso terminó diciendo “¡Cuánto tiempo perdido!”. Nuestra charla se centró sobre la vergüenza, base de la represión fascista, por no decir católica, como de muchas otras religiones, vergüenza del cuerpo (me contó que a menudo hacían el amor vestidos, solo los genitales descubiertos, rápido cubiertos una vez él había eyaculado), vergüenza de ser vistos, vergüenza de que se sepa que hacían el amor, vergüenza de todo. Me dijo lo liberada que se sentía de haberse acariciado delante de mí (en realidad solo cuando yo la penetraba por detrás) y aproveché para pedirle que deambulara desnuda sin taparse cuando caminara por mi apartamento. Después de haber charlado un poco nos fuimos a duchar, nos bañamos juntos, ella me sacó el preservativo, le expliqué cómo hacerle un nudo antes de ponerlo en la basura del baño, y me lavó con cariño el pene como yo le enjaboné los senos, las nalgas y su sexo. Igualmente desnudos pasamos a la cocina para terminar los restos de los sándwiches del almuerzo y me encantó verla en cueros, sus senos libres al aire, al otro lado de la mesa, charlarme y no molestarse cuando pasando la mano por encima de todo yo le acariciaba un seno, o una mejilla. Cuando limpiábamos la mesa libremente le acaricié las nalgas y ella con toda naturalidad seguía charlándome, gozando ella de la experiencia de la desnudez sin tapujos, como había gozado del sexo sin límites morales.
Una vez en la cama dormimos un poco y me despertó, cuando ya amanecía (amanece en estas latitudes y en esta época del año a eso de las 7:30 AM) el sentir mi pene en la caverna húmeda y tibia de su boca. Me besaba, me chupaba, me lamía todo a lo largo del vástago, sin olvidar la punta, para de nuevo engullirme todo, tratando, como yo le había explicado, de relajar sus músculos de la garganta para abrirle paso y tragarlo en su totalidad. Dejé durar esta caricia tanto como pude, y cuando le dije que iba a estallar, sacándome de su boca, tomándome con la mano para acariciarme como masturbándome, me dijo: “quiero sentir tu semen en mi boca, quiero tragarlo, quiero devolverte un poco el placer que me diste anoche”. La charla no fue más larga, pues ella me engulló de nuevo y yo, cerrando los ojos, me entregué a este placer delicioso. Cuando eyaculé, ella tembló un poco como sorprendida, no me sacó de su boca y tomó mi líquido de vida como una comulgante. Me guardó más tiempo en su boca, me lamió hasta que estuvo segura que ya no saldrían más gotas y luego de un momento nos acurrucamos cada uno en el otro para seguir durmiendo.
Paro aquí este relato, tal vez después les cuente como fue el domingo completo y los otros días que estuvimos juntos Carmen y yo. Gracias por leerme, gracias por sus comentarios y perdonen lo largo.








Comentarios
1 comentario
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login EntrarQue decir Gerardo ante tan magistral relato... Sólo me resta decir que tu Carmen......ha sido una mujer muy afortunada....y la forma en que tu logras que los "sintamos" nos hace afortunados de igual manera. Gracias por ser tan descriptivo y por darle la importancia a cada detalle....logras que saboreemos sus propios jugos....casi casi podamos sentir el aroma del brandy........ de la comida...de su escencia....sus pieles llaman las nuestras y logran fusionarnos a sus momentos...tanto como si estuviesemos allí...y pudieramos invadir tanta intimidad....