Ciegos mis dedos recorren tu raido follaje,
Las estrías guían mi camino a través del sendero
Mórbido e inmaculado que se impone a mi paso.
Mil muertos albergan tu ya lóbrega pero diáfana
Prisión de párvulos amantes, ciudad de claroscuros y alelíes.
Quiero abrirte el pecho y dormir en tu alma,
Inhalar la suave fragancia que emana tu sien, sentirte mía,
Poseerte, adorarte, humillarte, arrancarte la vida
Lentamente, sentir que tus gritos se diluyen tiernamente
Entre mis dientes, incinerar tus miembros y ver
Como sus cenizas se pierden en lo alto.
Al final tan sólo quedará tu recuerdo,
Un vago aroma en mi nariz, el cosquilleo de mis dedos
Recordando cuando, en medio de tu muerte,
Por fin te sentiste viva.








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