EL VENECO
Jorge (nombre cambiado para proteger la identidad del sujeto) era un venezolano que apenas había conocido un mes atrás. Sin embargo, fue de esas personas con quienes uno, por inexplicables razones, sigue hablando y descubre la infinidad de temas que tienen en común. En una de esas conversaciones fue cuando descubrimos que ambos teníamos gusto por el ron. Para ese entonces, yo estaba fuera de Bogotá, pero pronto habría de volver. Así que quedamos que apenas regresara, yo lo llamaría para tomar.
- ¿Y si no contesta? ¿Y si ya tiene otro plan? – Pensaba, renuente a llamarlo una vez en Bogotá. Soy enemiga de llamar a los números fijos, y justo el celular de Jorge estaba dañado.
- Bueno, no hay nada que hacer – me dije – ya he dado mi palabra de llamarlo y fallar a mi palabra sería atentar contra mi honra, algo que no tiene presentación. Si no contesta, no tengo por qué sentirme mal.
Busqué el número, que lo había anotado en algún papelito de esos que uno no sabe de dónde aparecen, pero ahí están. Lo tenía guardado en el bolsillo de mi jean, bien refundido de tal forma que no se me fuera a perder en el vuelo (Yo soy Ph.D en extraviar papeles importantes.). Marqué el número y rogaba al cielo para que sucediera lo que más conviniera.
- ¿Aló? – contestó una voz femenina.
- Buenas tardes, ¿me podría comunicar con Jorge, por favor? – Dije amablemente. Jorge ya me había advertido que si contestaba la empleada del servicio iba a ser difícil la cosa, pues él vive en un segundo piso arrendado a su tía y a la empleada le da pereza subir a avisarle.
- Llámalo al celular – respondió la voz.
-No puedo. Su celular está dañado. – le respondí, confirmando la profecía de Jorge, pero yo estaba dispuesta a no dejarme vencer tan fácil. – Mira, lo que pasa es que yo acabo de llegar a Bogotá y Jorge me pidió que lo llamara. Su celular está dañado y Jorge no está conectado a internet. Por favor, mira a ver si está.-
- Un momento- respondió de mala gana la otra voz.
Quedé un buen rato en el teléfono, esperando a que alguien contestara. Mientras pensaba que habría pasado.
-Hola, ¿cómo estás? – era la voz de Jorge al teléfono.
- Bien, ¿y tú? - le respondí. Estaba muy feliz. No sabía por qué, pero estaba feliz.
Para hacer la historia corta, quedamos de vernos a las 4 en su casa (en la mía no había ni agua en la nevera, acababa de llegar). También me había pedido que le llevara unas cajas, de ser posible, pues estaba organizando su regreso a Venezuela y necesitaba empacar unas cosas.
Me había dicho que su casa no quedaba lejos del transmilenio y por la dirección era fácil darse cuenta que así era. Salí del transmi a las 3:30 y pensé que iba a llegar más temprano de lo planeado, por eso empecé a caminar lento mientras buscaba la dirección. ¡Pero no sabía lo complicado que iba a ser encontrarla! Llevaba 25 minutos caminando y todavía no llegaba. Ya estaba dispuesta a regresarme, increpando por la broma que me habían jugado, cuando un niño que estaba jugando en su casa se le sale el balón a la calle y no podía salir a recogerlo.
- Una buena acción al día no hace daño, además, así sacas una sonrisa y calmas toda esa piedra que tienes encima.- me dije. Recogí la pelota y se la entregué al niño y sólo de casualidad, por hacer el intento, creyendo que ese niño con su pelota era una señal divina, le pregunté si sabía llegar a la dirección que estaba buscando. Y sí. Efectivamente el niño sabía. Y sí. ¡Adivinaron! Era más fácil encontrar un grano de arroz en el desierto que esa dirección. Pero bueno, por fin encontré la dirección y justo cuando me disponía a tocar el timbre, se me cruza una pregunta por la mente.
- ¿Y si el man quiere acostarse contigo? – dijo mi conciencia.
- Ay no. Eso no va a pasar. Igual, yo no estoy dispuesta. No quiero. Punto.- le respondí a mi conciencia.
Toqué el timbre y escuché alguien apresurarse por las escaleras. Pegó un gran salto, cayó, sacó las llaves y abrió. Era Jorge. Nos saludamos con un gran abrazo. Le entregué las cajas y me hizo seguir. Era un apartamento bonito, pequeño pero acogedor. Entramos a su habitación y le pregunté que por qué tenía una corbata, a lo que respondió que en la mañana había salido a hacer unas vueltas.
- Quítatela. – le dije – no seas corroncho.
- No quiero. – me respondió.
Me paré justo en frente de él y agarré la corbata. – No te estoy preguntando si quieres o no, te estoy diciendo que te la quites. – Y en ese momento se la quité con decisión y fue tanta la firmeza que se acercó un poco hacia mí. Tiré la corbata, nos miramos fijamente, sonreímos, nos alejamos y nos sentamos en la cama. Abrimos la botella de ron, brindamos por la buena compañía y ¡salud!
Hablamos un rato sobre cosas triviales, música, profesores, etc. Al rato, me dijoque me invitaba a unas cervezas. Así que salimos de su casa, nos llevamos el ron y en una esquina, el paró un momento, pidió un minuto para llamar a alguien y me compró un Bon Bon Bum de fresa (mi favorito). Llegamos, pedimos 2 cervezas y seguimos hablando.
Su celular, que funcionaba a medias y hoy se había levantado de tan buen humor que cumplía sus funciones básicas, recibió una llamada. Jorge se retiró para contestarla y regresó. Tenía una cara de preocupación. Le pregunté que le pasaba y me empezó a contar toda la historia.
Hacía un mes, él había terminado con su novia, con la cual llevaba 3 años. ¿La razón? Ella llevaba año y medio engañándolo con otro y apenas un mes atrás Jorge se dio cuenta. La persona que lo había llamado era otra chica, la cual había estado esperando un tiempo a que Jorge terminara con la novia para caerle. Según él, la chica no es fea y es hasta buena compañía, sólo que él en este momento no sabía que quería, ni para donde ir, ni que hacer.
-Normal, cualquier persona tiene derecho a estar confundido. – me dije. Pero nunca me hubiera imaginado la verdadera razón que no le dejaba superar a su ex.
-Es el colmo, - me dijo. - ¿Tú puedes creer que ella tiraba todas las semanas con el otro? Una mujer no puede con otro todas las semanas.-








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