Me guió hasta su baño y me empecé a bañar. Toda mi piel estaba sensible y se sentía deli el agua cuando hacía contacto con mi piel. Jorge me veía bañar desde afuera de la ducha, así que le pregunté si se quería bañar conmigo. No dijo palabra alguna sino que se metió de una vez a la ducha conmigo.
Su mirada se había relajado, sólo expresaba ternura y afecto. Ese afecto que se siente por alguien a quién uno valora, esa mirada que no sentía dirigida hacia mí desde mucho tiempo atrás. Me enjabonó toda. Era relajante sentir sus manos recorriendo todo mi cuerpo. Descansaba de aquella faena a la vez que mi espíritu descansaba de tanto dolor que me habían causado antes. Era reconfortante sentir que se puede sentir placer sin amor y sin dolor.
Después de que me enjabonó, procedí a enjabonarlo a él. Nos juagamos juntos, nos secamos y fuimos a su habitación. Me empezó a vestir con una ternura que nunca había sentido y cuando terminó, rompí en llanto. Lloré amargamente en su hombro. Lloré como nunca lo había hecho antes, lo hacía desde el fondo de mi corazón. Lloraba de tristeza por todas las veces que había salido dolida y por orgullo no había podido hacerlo y a la vez lloraba de felicidad por haber sido protagonista de otra forma de concebir el sexo. Jorge no entendía que pasaba, así que sólo se limitó a abrazarme y secarme las lágrimas. Cuando me calmé me dijo que nunca le había pasado algo así y yo me limité a sonreírle.
Nos sentamos en la cama de él y empezamos a escuchar música. Hablábamos de que a él le gustaba el italiano, a mí me gustaba la salsa, en fin, de cosas varias. En un momento quedamos mirándonos fijamente y todo el esfuerzo de Jorge por vestirme se fue al traste pues nos besamos y nos íbamos desvistiendo mientras.
Jorge se paró mostrándome lo tiesa que estaba su verga nuevamente, lista para entrar en acción. Pero no tenía más condones.
¿Y quién dijo que el sexo es sólo penetración?
Lo miré fijamente. Lo deseaba mi cuerpo y después de mi katarsis lo deseaba con mi espíritu también. Suspiré un momento y le pedí aquello que había quedado pendiente.
-Devórame toda. – le dije casi ordenándoselo.
Y él muy obediente se arrodilló y empezó a devorarme toda. Lamió toda mi raja, de abajo a arriba y su lengua se quedó jugando con mi clítoris. No sé si lamía, no sé si chupaba, no sé si mordía, no sé si hacía todas al tiempo. Sólo sé que nunca había disfrutado tanto que me lo hicieran oral. Metió un dedo en mi cuquita y empezó a moverlo de una forma espectacular. Era incluso mejor que tener una verga metida. Jorge movía ese dedo delicioso.
- Méteme más. – le dije.
Inmediatamente Jorge me metió otro dedito y después otro más. Yo estaba feliz, contenta, excitada. De un momento a otro, Jorge se retiró de mí, me miró con esa mirada deliciosa que lo caracteriza y me enseñó otra vez su verga. No había dejado de masturbarse y por eso la tenía todavía más hinchada que al principio. Lo jalé hacia mí, y empecé a chuparle su pene.
Jorge se echó un poquito para atrás, se acostó en la cama y me jaló hacía sí. Me agarró del cabello y me sostuvo así mientras se la chupaba. De a ratos me dejaba sólo chuparle la punta y de a ratos me empujaba para que me la metiera toda hasta la garganta.
- Dale puta, chupa. – me gritaba ocasionalmente.
- Sí papi, lo que tú me pidas. – le respondía.
Jorge me soltó del pelo, me tomó de las manosy me acostó a su lado. Empezó a agarrarme los senos fuerte, a pellizcarme bien duro mis pezones, mientras se masturbaba y yo me seguía dando dedo.
Todo era tan rico, que en un momento mi cuerpo llegó a su máximo de placer y me vine. ¡Qué delicia! Mi cuerpo se estremeció todo, mis caderas se agitaron fuertemente y mi espalda se arqueó totalmente. Demoré un rato para incorporarme en mí nuevamente. Respiré profundo y miré a Jorge, que todavía no había llegado. Me dispuse a chupársela nuevamente y al rato me pidió que me acostara. Yo lo hice e inmediatamente se paro enfrente mío y se tocó un poquito más, antes de derramarse sobre mis senos.
En su cara se notaba la satisfacción y el cansancio. Le pedí que me permitiera algo con qué limpiarme y me pasó su pañuelo. Me limpié, se lo devolví y él lo besó y lo guardó en su bolsillo. Descansamos un rato y después salimos a comer algo. Hablamos de cosas varias, de que su mamá llegaba al día siguiente, en fin. Cuando terminamos de comer, me acompañó a coger el taxi, me dio un beso suave sobre mis labios y nos despedimos.








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