Era un hétero de esos que ni por accidente se me iba un mal pensamiento hacia otro tipo. Obviamente uno como hombre también sabe cuando otro es atractivo, tiene buen físico y demás, pero hasta ahí. Pero llegó el día en que conocí a Carolina. Una mona hermosa, voluptuosa de senos redondos y firmes, cintura pequeña, un culo proporcional y duro y unos ojazos verdes claro, que me perdían en ellos.
Al principio se me ocurrió que era una novia como todas, de esas para presentar a mis papás y mis hermanos, para pasar el tiempo, ir al cine, comer juntos, y para tener buen sexo; Hasta con mi madre salía de compras. Sin embargo, Carolina no era una mujer corriente. Pronto me di cuenta que buen sexo con ella, no iba a ser suficiente, y de buen sexo pasamos a excelente sexo: animal, sucio, y cada vez sin prejuicios. Desde el día en que en el matrimonio de su hermana me secuestró para meterme al cuarto de los regalos, y darme una mamada profunda, insistente, sonora y jugosa hasta tragarse mi leche por completo, dejándome rojo y sin aliento, supe que con ella podría hacer muchas cosas que con otras ex novias nunca pude.
De nuestras faenas sexuales, en lugares públicos (con ella descubrí mi voyerismo), de los masajes con aceites y esposas a la cama, pasamos sin muchas preguntas a usar dildos para doble penetración. Ella llevó el juguete una noche y me dijo que quería sentirse llena por todos sus huecos al mismo tiempo. Accedí gustoso y mientras la penetraba analmente con mi pene, boca arriba, con sus piernas abiertas mirándome como loba, también la penetraba en su concha con su dildo grueso color piel. Miraba en ella el goce, y pensaba en la posibilidad del sexo en grupo; pero no le dije nada. Recuerdo que una noche de esas, mi hermosa Caro, se masturbó frente a mis ojos con un dildo rosa que yo le acaba de regalar, mientras yo, sentado en la cama me masturbaba frente a semejante escena; acercó su juguete húmedo de jugos vaginales y me lo puso en los labios. Sin pensarlo, lo lamí y lo chupé mientras ella se lamía los labios. No sabía en lo que me estaba iniciando.
Mi pervertida Carola, comenzó a llevar películas de sexo en grupo, en especial relacionadas con el tema swinger. El plato está servido pensé pero siempre dejé que ella tomara la iniciativa. A los días me hizo la propuesta y así suene a cliché, consultamos Guiacereza.com y terminamos yendo a la primera de muchas fiestas.
Después de desinhibirnos, de tener contactos con otras parejas, de tener mucho sexo de intercambio en el sitio, en nuestro apartamento o en algún otro lugar; después de yo gozarme a la mujer de otro y ella gozarse al marido de otra, comenzamos a conocer a parejas mucho más abiertas que nosotros. Uno de esos encuentros, ofrecieron al marido de una de ellas y a mí un espectáculo lésbico propio de las mejores películas porno. Era su primera vez con una chica, según me dijo, pero no nunca le creí.
En el sexo en grupo pasan muchas cosas, si la chica quiere doble penetración, debes estar dispuesto a que el roce con el otro participante será real. Mientras uno está boca arriba, con ella encima penetrándose vaginalmente al tiempo de que el otro la penetra por el culo, es imposible no sentir las piernas velludas friccionarse con las nuestras en la calentura del momento. Escuchar los gemidos de los tres o cuatro, sentir el olor a colonia masculina del tercer visitante de tu esposa o novia… eso también te golpea la mente mientras estás a punto de llegar al éxtasis. Luego, si el dueño del segundo falo que tu mujer se está gozando, es agradable físicamente, limpio y huele bien, mal rato no se pasa.
Fue cuando conocimos a Marcela y a Andrés en una fiesta swinger. Hubo química. En el sitio nos culiámos a nuestras respectivas parejas o ellas nos culiaron a nosotros, da igual. Luego quedamos en tener otro encuentro en nuestro apartamento y fue en ese día donde crucé la línea peligrosa que si te queda gustando, ya no tiene vuelta atrás.
Pero… si no hay repulsión extrema, si no curiosidad ¿Por qué negarse al placer de descubrir?
Andrés es de mi estatura, 173 centímetros, muy masculino, de voz agradable, educado, y de fácil trato, un bacán. De cuerpo marcado como el mío, semivelludo, pelo negro, piel blanca, ojos miel, cejón, de brazos velludos y manos grandes; culo firme redondo, piernón, vergón y de huevos rosados que cuelgan bastante. Un guapetón con sombra de piel barbuda y una mujer apenas para él, una mamacita de cabello castaño.
Luego de la comida, los tragos, la charla, la risa, la calentura, los besos las caricias, la desnudes, la sala, la alfombra, y todo eso; pasamos a la alcoba, dueña de nuestros secretos.
Marcela y Carolina jugaron juntas mientras Andrés y yo nos deleitábamos sentados en el sofá del cuarto, viéndolas succionarse una a la otra en un sesenta y nueve glotón y jugoso. Yo me sobaba la verga y él la suya. Ellas se pararon y se dirigieron cada una, al hombre equivocado. Marce se pegó con su boca de mi tranca mientras yo acariciaba sus cabellos alternado con algunos besos con lengua. Lo mismo hacía mi adorada Carola con Andrés y después hubo cambio. Ahora Caro me besaba y advertí por primera vez que los jugos del pene de Andrés ahora estaban en mi boca por cuenta de la sucia boca de mi golosa novia. No me importó, la besé con más ganas.
Todo estaba fría, descarada, desconsiderada y maquiavélicamente planeado por Marcela y Carolina que, en conversaciones extras días antes del encuentro, se habían puesto de acuerdo para que Andrés me iniciara en las artes de la sensualidad homosexual, aprovechando mi carácter complaciente para con ella (Caro) y mi lujuriosa, lasciva y muy desenfrenada hambre hacia casi todas las forma de tener sexo. Mi pervertida Carola se prestó para ello y fue ella la que me llevó a probar las mieles de la masculinidad en toda su expresión.
“Hoy estoy muy loca” me dijo al oído al tiempo que me masturbaba suavemente. La miré con extrañeza, sabiendo que algo tenía en mente, pero sin tener la menor idea de qué. Me sonrió y miró a Marce que para mi sorpresa estaba lamiendo el ano de su marido que estaba tumbado sobre la alfombra con las piernas bien arriba y los ojos cerrados. Nunca había visto a una mujer hacer eso.
Yo estaba muy arrecho, y me quedé contemplando la escena. “¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar”? Me preguntó la pícara mientras me masturbaba ahora con frenesí y pasaba un dedo por mi glande para recoger alguna gota de mi líquido seminal y llevársela a sus labios dejándolos húmedos de mi sexo. Me besó y volví a sentir el sabor de una verga, la mía.
Sin sospechar mucho, pero si con muchas ganas de gozar lo que no había gozado, curioso por saber a qué se refería ella, delirando por el ambiente a sexo que inundaba nuestra habitación, excitado por los gemidos de Andrés que parecía disfrutar lo que su esposa le hacía; le respondí a Carolina con un “Pruébame” sonriente.
Me vendó los ojos como parte del juego y me ató las manos a la cama. Sentí sus manos jugando con mi pene y a Marce chuparme las tetillas (su perfume es inconfundible), luego sentí dos bocas degustar mi falo duro y venoso. “Guarras, gócense mi verga” pensé. Luego, al rato, solo una boca cálida, galga, profunda y acuosa. De inmediato supe que no era Carolina, ella no mama así… “ojalá y Carola mamara así como Marce”, pensé mientras lo disfrutaba.
Entonces sentí que una de ellas se montaba sobre mi rostro ofreciéndome su concha lagrimosa, pero al sentir su perfume y probarla supe que no era mi Carolina si no Marcela, entonces me enteré: si quién me hacía la mamada espectacular no era mi novia ni Marce, entonces era…. Andrés.
Me sentí incómodo, quise quitarme pero Marce me tomó de la cabeza apretándome contra su vulva y yo sucumbí. Mi pene siguió recibiendo una deliciosa mamada. Me relajé por momentos, pero por instantes recapacitaba y quería zafarme. Llamé a Carolina pero ella no respondió de inmediato; guardó silencio. Al momento, susurro me al oído: “Te estoy probando, cariño, sólo gózalo”.
Y así lo hice. Un beso con lengua fue mi respuesta para ella y luego seguí lamiendo la vagina de Marcela que gemía como enajenada. Entre tanto mi verga seguía espléndidamente atendida.
Entonces me tomaron las piernas y las subieron hacia arriba. Tuve terror hasta que sentí la lengua de Andrés en mi orto. ¡Oh, delicias de delicias! ¡Manjares de manjares!... Nunca experimentados hasta ese entonces. Temblé, gemí y pedí más. Sentí por primera vez las manos de Andres, tan grandes ellas, sosteniendo mi culo y abriendo mis cachas; por momentos pasaban a mi verga para masturbarla, pero sin despegar su lengua traviesa de mi culo. Lo lamió, mordisqueó mis nalgas, y lo volvió a lamer. Paseaba su boca por toda la raja de mis glúteos hasta la ‘niez’, y volvía y bajaba. Un espectáculo. Les dije que me quitaran la venda, que quería ver, y la primera imagen de mi rendimiento homosexual fue épica.
“Te estoy violando” me dijo el muy zurrón con esa sonrisa blanca en su boca y yo me aterroricé ante la idea de una penetración no deseada. Pero no fue así, no en la primera vez, no sin preparación previa, no sin yo pedirlo primero.
Atado a la cama como estaba, me dejé hacer muchas cosas, nada desagradables, todas muy buenas. Una de esas: mi novia con su vagina sobre mi cara mirando a Andrés de frente que se disponía a penetrarla. Los dos sobre mí, arrodillados uno frente al otro y con la zona en cuestión sobre mi cara para que pudiera ver de primera mano el goce y ¿Por qué no?… participar de ello.
Vi muy de cerca como su verga gruesa se abría paso por los labios de mi Carola, embistiéndola suavemente primero y fuerte después. Sus huevos algunas veces chocaban con mi mentón y tuve unos inmensos deseos de tocarlo, pero yo seguía atado.
Mescla de aromas: delicados los de mi nena, cítricos aromáticos de él… y mucho olor a sexo.
Comencé a lamer a mi novia por los lados de su vagina caliente pasando a su culo mientras Andrés se la culiaba y la besaba. Por momentos miraba la embestida y volvía con mi lengua a lamer a mi novia muy consciente que los jugos que alcanzaba recibir de la húmeda concha de Carola, estaban en su punto, viciados por los jugos de la verga de Andrés; entonces la muy bandida le dijo a nuestro amigo que lo sacara pero que lo dejara a mi alcance. Entonces vi su pene húmedo, rojo, palpitante aprisionando contra la vulva de Caro entre la ‘niez’ y su ano. Lo miré por un instante hasta que Carolina, bajó su cuerpo apropósito para que al hacerlo, empujara con el pene de Andrés sobre mi cara. Entendí la intención pero dudé. La duda no duró mucho tiempo. Lo lamí, una y otra vez, lo chupé y sentí los jugos de mi novia; lo sentí duro y carnoso en mi boca, jugoso y palpitante, venoso y penetrante. Una delicia. Así estuvimos por un rato, el penetrando su vagina, pasando por momentos a penetrar mi boca, al tiempo que Marce, de espaldas a ellos, se ocupaba de mi verga penetrándose golosa con intervalos que pasaban de suaves a duros, al tiempo que se observaba ella misma frente al espejo del tocador de la alcoba. Yo estaba que me venía.
Pedí que me soltaran para lo que seguía. Si lo iba a hacer… quería hacerlo bien.
Andrés de cuclillas sobre mí se penetró muy despacio mirándome pícaramente. Sentir por vez primera el orto dilatándose de un hombre apuesto, nada afeminado, profesional, con mujer (puta) y un hijo; me golpeó la mente a límites insospechados. Nunca estuve más excitado. Mi falo entrando y dilatando hasta sentir su interior caliente abrazando la extensión de mi hombría hasta la base.
Coloqué mis manos sobre sus piernas gruesas duras y velludas, para que él empezara un coito suave. Con sus manos en mi pecho, pellizcaba por momentos mis tetillas. Gemía, pero no de dolor, si no de placer; se le erizaba la piel y yo me mataba la cabeza pensando en cómo o qué es lo que Andrés está sintiendo para complacerse tanto.
Me olvidé por completo de ellas. No me reconocí, y solo quería picharme a ese tipo que olía rico. Lo tomé de los cabellos lo acerqué a mi boca y lo besé con lengua como señal a mi mismo de que había decidido de una vez por todas cruzar la línea de placer que muchos cruzan. Lo abracé luego, para alzarlo y tumbarlo en la cama, y yo quedar sobre él; sin sacárselo ni un instante. Abrí sus piernas y me lo culié como si fuera la decima vez que lo hacía con un hombre, lo miré con morbo y le di tan duro que quería atravesarlo.
El gemía como loco y me pedía más. Miré a Carolina por un momento y la vi extasiada masturbándose con su dildo color piel (el más grueso de sus juguetes), mirándome como aprobando mi faena mientras Marcela le chupaba los pezones. Era feliz viéndome con otro hombre y yo viéndola gozar por ello. Ella se vino y yo la miraba mientras lo penetraba a él. Al rato, sudorosos, agitados, extasiados, temblorosos y enloquecidos nos vinimos él y yo.







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