Ella estaba de pie, sola en medio de la noche, contemplando en la ventana las gotas de agua cansinas que todavía caían, luego de ese aguacero que le pareció un diluvio.
Sus dedos se deslizaban lentamente por el vidrio húmedo, descendiendo al tiempo que la gota de agua que intentaba seguir. Tocó su muslo derecho casi sin darse cuenta, pero la sensación de ese dedo gélido en su cuerpo tibio la estremeció y le hizo recordar a aquel muchacho, apenas si llegado a adulto, que se había deleitado al final de la mañana; en pleno aguacero.
El recuerdo de su pecho, ancho y firme le hizo llevar sus manos a su seno grande, pesado, turgente todavía, sobre el que se dejaba sentir la batalla contra cuatro décadas de atracción gravitacional.
Lo sostuvo por unos instantes y luego se concentró en recorrer su pezón, grande y pronunciado y lo sintió agigantándose al deslizar su dedo en círculos alrededor. Cerró los ojos y se divertía con la sensación de humedecerse un poco más cada segundo, sin advertir que la ventana aun tenía la cortina descorrida y que los vecinos, mirones como siempre, podrían verla dedicarse a este juego de autoseducción.
Uno a uno sus poros se abrían al calor de aquella sensación asfixiante en la que el cuerpo se le transformaba en caldera al recorrerlo lentamente hasta que su mano con experticia de cartógrafa, se dirigía al lugar exacto en el que aquel muchacho le mordió suavemente, mientras exclamaba una quejita mustia que más parecía una voz de aliento.
Los dedos en su boca, reproduciendo la emoción que sintió cuando su verga tiesa se internó entre sus labios, anhelantes de devorarse esos dieciocho añitos de espera. Seguramente no era virgen; pero esa verga joven era la primera para ella. Con su lengua lamía sibilina los dos dedos que se hundían en su boca, justo como hace algunas horas aquel muchacho le había deshecho la perfecta línea roja del labial brillante de su cumpleaños.
Una mano en la boca, la otra viajera sobre su cuerpo se sentía nueva; al igual que la tanguita semitransparente, con fino encaje que aquel muchacho quería arrancarle, presa de las ganas. Ella lo detuvo; no porque no disfrutara del arrebato de sus años mozos sino porque entonces habría tenido que regresar a casa sin esa pieza de evidencia que ahora se deslizaba piernas abajo, mojada y olorosa tras las huellas de ese encuentro osado sostenido al medio día.
Con las manos ocupadas en prodigarse placer, repetía en su cabeza cada momento de aquel encuentro. Silencios, suspiros, gemidos, gritos, llanto, jadeos… Había sido maravilloso; tanto que seguramente tendría que repetirlo.
Su tanga no podía estar más húmeda. El olor que despedía seguramente podía traspasar los muros de su habitación y el vidrio de su ventana. Abrió los ojos y se sonrojó al ver que era la responsable de que el vecino de enfrente, apenas si llegado a los dieciocho, se estuviera masturbando justo como hacía ella…







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1 comentario
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login EntrarMe encanta tu estilo...es elegante y misterioso.....dejas muchas cosas a la imagianción y eso lo hace, bajo mi modo de ver, interesante y muy especial..... Me dejo atrapar por tu estilo...espero leerte aún más..