No sé cuántos centímetros sea mucho o poco para una verga. La verdad, nunca me ha preocupado saberlo, pese a que, suerte para mi, por mi color de piel muchas piensen que debo tenerlo gigantesco. Confieso que aun me causa desconcierto y cierto morbo cuando, en medio de un delicioso encuentro, escucho que mi amante dice "mira que grande"; mientras se entrega al fragor del combate cuerpo a cuerpo.
Tal vez por eso no dejo de pensar en Mariana, esta mujer hermosa a la que, una vez al mes, puedo visitar; siempre en domingo, cuando sus dos hijos pasan el fin de semana con su exmarido.
Abre la puerta, vestida en una vaporosa prenda que apenas si cubre su piel misteriosamente preservada de las garras del tiempo. La beso e inmediatamente siento crecer en mi las ganas que me devoran tras treinta días de espera. “Todo a su tiempo”, dice; mientras le da tres suaves palmaditas a mi verga tiesa y se aleja cadenciosa, reproduciendo el vaivén de las palmeras de su litoral nativo, tercamente prisionero en sus gráciles movimientos.
Me distraigo observando los árboles tras el ventanal de su sala, disfrutando el sonido del saxofón suave y sensual que inunda el espacio con las notas musicales que dan inicio al rito de nuestros encuentros.
Me siento. Me encanta verla de espaldas, ligeramente inclinada y simulando que no sabe que miro sus nalgas, redondas y firmes, finamente dibujadas tras las mariposas que parecen vivas en la transparencia de su vestido. Levanta los brazos y empieza a moverse sinuosa, al compás de la melodía lenta con la que acompaña esa estampa de diosa de brazos al aire, conducidos por el viento.Se mueve grácil y cadenciosa, mientras hace lento el giro con el que su vestido de humo se pega a la piel, reflejando la felpa delicada e incipiente que cubre su raja abultada.
Me mira y siento un candelazo quemándome por dentro. Acerca una mano a su boca y tamborilea un dedo que inmediatamente me atrae. La beso tan intensamente que pareciera que sus labios se hunden en los míos. Su vestido de gaza desaparece y descorre el velo de su años difíciles de calcular. Confirmo la losanía de su piel en cada centímetro recorrido por mis manos viajeras. Me enciende mucho más la redonda firmeza de ese par de nalgas a las que me aferro para levantarla hasta mi cuntura.
Su cuerpo se funde con el mío y siento que la tenaza de sus piernas a mi alrededor cede en presión para que pueda deslizarse ligeramente sobre mi verga, mientras la humeante calidez de su cuquita experta se la traga palmo a palmo.
"Mira que grande", dice; y siento que se me pone tan tiesa como el domingo en que me lo dijo al oído por vez primera, un año atrás.








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