Daniela...
Relato de comunidad Fantasíasschedule 8 min de lectura calendar_today Mayo de 2012

Daniela...

La primera vez que vi a Daniela entrando al salón, cinco minutos después de haber iniciado mi clase de ese día, recibí la mirada más intensa y caliente que jamás había sentido sobre mis cuarenta años de existencia. Era una chica preciosa, de ojos verdes, nariz pequeña tal vez operada un....

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La primera vez que vi a Daniela entrando al salón, cinco minutos después de haber iniciado mi clase de ese día, recibí la mirada más intensa y caliente que jamás había sentido sobre mis cuarenta años de existencia. Era una chica preciosa, de ojos verdes, nariz pequeña tal vez operada un par de años atrás, con labios carnosos y seductores que dibujaban una sonrisa roja, finamente delineada con labial de alto precio y cabello lacio a fuerza de cepillarlo insistentemente cada día. El conjunto era maravilloso: no era alta ni baja, ni flaca ni gorda, ni negra ni blanca: era una morena perfecta de 20 años la que, disculpándose por su tardanza, me regalaba una mirada tan penetrante y coqueta que tuve problemas para disimular la erección que me produjo.

No podía dejar el asunto así; cuando las ganas despiertan la pasión acosa, y esa preciosura me despertó un deseo tan intenso de retenerla, preguntar su nombre, tomar sus manos entre las mías e incluso abrazarla para darle la bienvenida y aprovechar para sentir su piel, la rigidez de su senos y el aroma de su perfume. Todo eso pude hacerlo al final de una clase que parecía interminable y en la que me equivoqué un par de ocasiones cuando paseé mis ojos por entre los asistentes a mi curso y me detuve extasiado al advertir que Daniela se encontraba a mi lado izquierdo, en un extremo del salón en el que sólo ella permanecía sentada, con las piernas entreabiertas, cubiertas por una faldita de jean tan pequeña como la vergüenza con la que me invitaba a imaginar lo que habría piernas arriba. Era una diablita encantadora, calentona desde el primer día.

Durante dos días no pude quitarme de la cabeza la imagen de diosa sensual que exhibía tan impúdicamente sus muslos firmes, mal sentada en la silla universitaria en la que se divertía moviendo las piernas insistentemente, con ganas de que la mirara. Estaba obsesionado con la certeza de verla este jueves nuevamente. Por fortuna fue la primera en llegar al salón en el que ya le estaba esperando, sentado frente al escritorio en el que revisaba mi notas de clase. Se me acercó y me saludó con un beso en la mejilla mientras me dejaba atisbar la circunferencia naciente de sus senos, sin sostén bajo una blusa amarilla, holgada y vaporosa.

Esa era una provocación, definitivamente, lo cual aproveché parándome de la silla con la intención de acercarme a ella. Con ese movimiento intempestivo, rocé sus senos con mi brazo y vi como sus ojos verdes se encendieron mientras sus vibrantes pezones se exponían firmes ante esa caricia inesperada. A mala hora el salón empezó a llenarse, por lo que Daniela se retiró rápidamente hacia su silla, con claras muestras de sonrojo por verme excitado al disfrutar de ese fugaz lance contra las reglas de la universidad.

Era claro que el fuego estaba encendido y la temperatura iba en aumento. Al final de la clase nos quedamos conversando y haciéndonos las preguntas típicas con las que dos personas que se mueren de ganas por devorarse satisfacen primero el ritual del tanteo de las palabras, tras de lo cual, entre sonrisas, caminas hacia un barcito frente a la universidad; al lado de una envidiable mujer que aprendió a caminar contonéando suave y cadenciosamente sus firmes caderas, cuya amplitud se dibuja bajo la falda larga y semitransparente que las aprisiona y que permite ver el hilito dorado de la tanga, desaparecida entre sus carnes.

No tardamos mucho en el bar; tal vez por el efecto edificante del Ron Abuelo con que el panameño recibe a sus antiguos clientes. En el aire nos acoge la Van Ván, alentando nuestro encuentro al ritmo de aquella letra promisoria ”Bailen bien, que aquí el que baila gana…" y yo, definitivamente, me sentía ganador apretando el fino cuerpo de Daniela al final de la tarde, mientras le poníamos salsa a las ganas.

Tomamos un taxi en el que me pareció una eternidad recorrer las cuatro cuadras que distan de la universidad al motel. Las ansias de desnudar a aquella perla antioqueña, zamparme y devorarla me hicieron pensar en el hambre de la fieras y su apetito incontenible. En cuanto arribamos la bajé rápidamente y la besé con ganas, sintiendo que su lengua se fusionaba a la mía en un combate tan intenso que no dio tiempo de subir las escalitas hacia la habitación contratada.

Joven, pero experta, pensé al darme cuenta de que en pleno beso Daniela me había bajado la cremallera del pantalón y dirigía su mano a mi entrepierna para tantear el bulto que apenas si lograba ocultarse en el bóxer gris que llevaba puesto. Se desprendió de mi boca y me besó en el pecho, olfateándome profundamente como fiera en celo; al tiempo que apretaba mi verga firme tras la insoportable prisión de la que, bien pronto, ella le liberaría. Bajó mis pantalones de un tirón tan violento que retrocedí, casi a punto de caer. Me miró con una sonrisa pícara: “agárrate que te tumbo” dijo, mientras se abalanzaba para casi arrancarme el bóxer de un jalón, tras el que quedé expuesto en mi modesta desnudez. Abrió los ojos mucho más contemplando esa pieza de carne venosa, cafecita y olorosa que ahora le parecía gigantesca y que se solacea en contemplar y acariciar tiernamente, haciendo que sus dedos caminen sobre ella, como si conquistaran una tierra ignota.

Acercó su cara, oliéndome intensamente. “Qué bien huele”, dijo al acercar su rostro y recostarse sobre mi pija insoportablemente tiesa. La situación me tenía encendido, desnudo como estaba mientras ella permanecía aun vestida y, ahora cerrando los ojos se dirigía hacia la cabecita bien torneada de mi verga para darle un besito tierno, extendiendo sus labios con la boca cerrada. Era deliciosa la sensación de su carnosidad recorriendo la extensión de mi polla casi a punto de estallar. Empezó a comérsela con devoción de beata. La abertura de su caliente boca engulléndose mi verga me obligó a asirme firmemente de la escalerita ante la maestría de esa mamada tan rica y deliciosa. Mi verga entraba y salía entre sus labios ardorosamente tanto tiempo que empezaba a sentir el vértigo antecedente a un orgasmo.La detuve y la alcé hasta alcanzar sus senos, ahora prisioneros de mi boca y de los lengüetazos húmedos con los que produje una acelerada erección de sus pezones altivos, todavía resguardados tras la blusa que los retenía. Levanté sus brazos y dirigí mi boca hacia la tersa piel de sus axilas. La besé y la lamí como si se tratara de un coño. Las cosquillas le erizaron mucho más, por lo que sentía sus poros abiertos endureciéndole la piel.

Intentando aplacar las ganas que me embriagaban le pedí que subiera las escalas. Me miró algo decepcionada porque no quería parar el fuego que anunciaba mi incontenible venida, pero obedeció subiendo con parsimonia cada uno de los trece escalones en los que poco a poco se quitó la blusa primero y luego la falda que cubría sus nalgas bronceadas naturalmente, mientras me miraba por sobre los hombros, de espaldas a mí. Era una imagen de infarto: el cabello suelto cubriéndole la espalda torneada, abierta arriba, delicadamente cerrada en la cintura y amplia en sus nalgas turgentes. Provocadora me retaba a seguirla. Se había puesto en cuatro al final de la escalera y maullaba, simulando una gata lasciva que ondea su cuerpo lentamente para dejarme contemplar la abultadita, humeante y escandalosa raja entre sus piernas.

¡Eso fue troya! Me abalancé sobre ella desde atrás tan fuertemente que de un sólo empellón hundí mi verga en su cuquita lista. Un placentero “ay”, suave, casi como un gemido recibía los primeros embates que le propinaba, mientras me aferraba a su culo amplio y firme como si de ello dependiera que siguiera viviendo. Ella me sentía ir y venir y alentaba mis ganas moviéndose ardorosamente, acompasada al vertiginoso vaivén de mis arremetidas.

La subí a la cama boca arriba, exponiéndole la raja húmeda de la que se escapaba un espeso líquido entremezclado con el sudor que desprendía su cuerpo caliente. Mi lengua se internó entre sus labios ardientes, penetrándola mientras ella hundía mi cabeza para que alcanzara la profundidad secreta de su moza hendidura.

Alcé sus piernas y deslicé mi lengua en el redondo y duro orificio de su culo, lo que la encendió mucho más aun, pues respondió a mi osadía abriéndose las nalgas. Esa era una invitación imperdonable, así que volví a su clítoris pronunciado entre sus labios, mientras deslizaba un dedo y luego dos en el boquete de su culo rabioso.

Sin palabras, con la insistente voracidad de sus ojos, pedía que la penetrara entre sus posaderas. Suavemente ubiqué la humedecida cabeza de mi polla en la rendija de ese culo tierno, al tiempo que acariciaba sus nalgas. Daniela se aferró al borde de la cama expectante por sentir tantos centímetros de carne madura deslizándose en su trasero. Estaba tan caliente que mi polla parecía nadar en mantequilla, encajándose poco a poco en esa gruta que le acariciaba.

No sé por cuánto tiempo me deleité entrando y saliendo del delicioso culo de Daniela; Su jadeo intenso, el movimiento insistente y el fuego de sus ojos verdes evidenciaba que era infinito el goce y la excitación que le producía sentirme penetrándola una y otra vez por su culito, mientras se masturbaba furiosamente. Yo parecía enloquecer, hundiendo mi verga hasta los huevos por el orto encantadoramente arrobador de mi estudiante. No pude más y sentí descargarse hasta la última gota de mi esperma en ese culito hermoso que trepidaba entre mis estertores, sumados a los de Daniela llegando al mismo tiempo.

Dos años después, cada viernes; Daniela me espera al final de clase, sentada al fondo del salón con las piernas entreabiertas…

— elsexosentido

19 de mayo de 2012

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elsexosentido

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1 seguidores ·Soy hombre heterosexual

Comentarios

1 comentario

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  • doncheo
    doncheo · 19 de may de 2012

    excelente relato

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