La Chica Del Restaurante
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 5 min de lectura calendar_today Junio de 2012

La Chica Del Restaurante

En la tarde había decidido regresar temprano, aprovechándome de que no tengo que cumplir un horario fijo. En el camino hacia mi apartamento arrimé a comprar mi almuerzo en un restaurante del que soy cliente frecuente. Rutinariamente, sin detenerme a ver lo que el destino me depararía como la....

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En la tarde había decidido regresar temprano, aprovechándome de que no tengo que cumplir un horario fijo. En el camino hacia mi apartamento arrimé a comprar mi almuerzo en un restaurante del que soy cliente frecuente. Rutinariamente, sin detenerme a ver lo que el destino me depararía como la mejor y muy diferente noche de sexo en mi vida, llegué a la mesa al lado de la ventana en la que me había sentado tantas veces.

Desde ahí vi que a la barra se acercó una chica nueva; al menos eso pensé al verla, con el uniforme rojo de cintas verdes tan ajustado que parecía un regalo de navidad. Era hermosa. Desde donde estaba podía ver sus piernas bien torneadas, dibujando sensualmente el camino hacia un par de nalgas imponentes, apenas si contenidas por el uniforme. Al detallarla de arriba a abajo noté lo delicada que parecía esa florcita extraña en ese ambiente tan concurrido: una mujer afrodescendiente de cabello alisado, frente amplia, ojos cafés intensos, nariz ancha muy bien definida, labios finos curiosamente delgados, de unos 50 kilos pensé mientras me imaginaba alzándola.

“¿Qué va a comer?” preguntó luego de saludarme. “A ti”, pensé sin dejar de echarle un vistazo a sus senos mozos, sinuosamente contentos de ser exhibidos con total desparpajo hasta donde lo permitía la impúdica prenda que invariablemente usaban las chicas en ese local. Hice el pedido y se dio vuelta, lo que me permitió deleitarme contemplando sus nalgas, dibujadas tercamente en su amplitud tras el corto y apretado atuendo que apenas si la vestía. Sus piernas se movían en un vaivén cadencioso que me encendía la sangre. No podía dejar de verla y ella lo notó, regalándome una sonrisa inmensamente blanca desde el mostrador.

“Terminas tarde”, afirmé preguntándole para romper el hielo. “Bien, pero bien tarde”, dijo mirándome intensamente y sonriéndome pícara para replicar: “generalmente me demoro mucho”. Eso me encantó; no sólo lucía divina en el atuendo casi mimetizado en su cuerpo, sino además se veía inteligente y coqueta: “paquete completo”, me dije; mientras me regodeaba desvergonzadamente, acechándola a profusión. No dejaba de detallarla mientras crecía en mi un intenso deseo de meterme entre las piernas de esa belleza de ébano todavía ignota. Pero esa noche no fue la noche. Tuve que esperar hasta el siguiente sábado porque, como era universitaria, sólo trabajaba los fines de semana.

Al final, todo salió muy bien. Ella también estaba ansiosa por volver a verme, según me dijo minutos después de servirme una cerveza que parecía el líquido de entrada al cielo. Quedamos en salir al terminar su turno, dos horas después. Confiado en que ya había hecho el lance, esperé el paso del tiempo, pacientemente, en un barcito cerca al restaurante, mientras organizaba algunos apuntes.

Cuando pasé por ella, ya se había quitado el uniforme y se había vestido con un blusón en chiffón y un legis blanco que contrastaba notoriamente con su piel. Verla sonreír ya era un espectáculo, doblemente delicioso al echarle un vistazo mientras caminaba cadenciosamente, bamboleando un par de nalgas soberanamente imponentes. Nos quedamos en Lagos, un rumbiadero en el que se tomó un par de cocteles, justo frente al Palacio de Bellas Artes en donde, me dijo, había estudiado danza contemporánea un tiempo. Eso me pareció excelente porque me confirmó que no sólo por su origen étnico aquella chica era poseedora de un cuerpazo al que había tomado tiempo educar para que se moviera como lo hacía en pleno bailoteo.

Cuando le confesé que no soy el mejor bailarín, me regresó la mirada más honesta que había disfrutado alguna vez, regalándome una sonrisita complaciente, mientras me tranquilizó acercándose a mi oído: “no tienes que ser bueno en todo”. La miré regresándole una sonrisa pícara con la que le confirmaba haber entendido el sentido de sus palabras. “afortunadamente en otros campos soy mejor”, le respondí para disfrutar de su rostro encendido por una sonrisa igualmente cómplice.

Decidimos irnos casi a la media noche. No hice ninguna pregunta; simplemente subimos al taxi en el que recibí un beso intenso, asfixiante y placentero, seguido de la sensación de estar oprimido por su cuerpo, apretándome firmemente. La sesión de besos, manoseo y tanteo estratégico me hizo perder la noción del tiempo que va desde el centro hasta el motel del sur en donde terminaríamos la faena.

“Desnúdame”, me dijo, mientras notaba como sus pezones se encendían y se ponían tan erectos como estaba mi pene en ese momento. Sus pezones, gruesos y pronunciados completaban el festín de sus grandes tetas en mi boca. Como esculpidos en piedra, la redonda pronunciación de su aureola dibujaba una doble circunferencia sensualmente granulosa que amurallaba el bultico erizado en cada seno.

Deslizaba mi lengua entre sus senos como una serpiente antojadiza. Mis manos se deleitaban sopesando el tamaño de su pecho duro, mientras con los pulgares jugaba haciendo suaves círculos en sus pezones. Tomó mi cabeza y me hundió entre sus senos, apretándolos hasta sentirme sofocado con el calor trepidante de su cuerpo.

Me besó en todo el cuerpo. Eso me encantó. Sus labios carnosos dejaron su huella en cada región de mi piel, mientras sentía el caminito arrecho que marcaban sus uñas, como si se tratara de una expedición al centro de mis ansias; descendiendo taimada de un lugar a otro hasta detenerse en mis nalgas. De espaldas, sólo podía cerrar los ojos y disfrutar el masaje sensual que aquella chica de cuerpo firme me prodigaba. La fricción de su cuerpo sobre el mío hacía chispas, mientras sus manos continuaban explorando cada rinconcito de mi cuerpo en el que se divertía en encontrar una nueva reacción a su delicada caricia.

La sensación era maravillosa; había tenido el privilegio de encontrar a una mujer que se solazara en mi cuerpo, lo reconociera a pequeños mordiscos y me acariciara sin prisa por devorarme. Noté que ella había tomado la iniciativa todo el tiempo y me fascinó no verme obligado a tener que responder protocolariamente pues ella tenía su propio guión. Me mordió las nalgas suavemente, lo que me produjo una excitación mayúscula, notoria en la rápida respuesta de mi pene enhiesto. Continuaba en mis nalgas, lengüeteándome mientras se hacía a mi pene para recorrerlo con su mano izquierda, masturbándome. Me dejé hacer cuanto ella quería, regocijándome con la experticia de aquella chica que reconocía mi cuerpo con maestría, volviéndome prisionero de su lengua, de su boca, de su roce y de sus manos.

Cuando quiso, posó su raja húmeda y deliciosamente olorosa sobre mi boca, ondulando de arriba a abajo. Un grito intenso antecedió a una espesa avalancha que inundó mi cara con la maravillosa viscosidad manando a borbotones de esa hendidura volcánica y flameante.

Tengo hambre; hoy es seguro que pasaré por aquel restaurante…

— elsexosentido

11 de junio de 2012

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