Noches Boca Arriba
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 4 min de lectura calendar_today Junio de 2012

Noches Boca Arriba

Mientras los demás se iban quedando ciegos ante la promiscuidad de la moral y adoptaban ese sigilo rotundo cuando de los placeres del cuerpo se trata; yo te miraba iluminada por las imágenes de mis deseos más naturales. Mis ojos jugaban con cada apertura indiscreta que me ofrecías con los....

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Mientras los demás se iban quedando ciegos ante la promiscuidad de la moral y adoptaban ese sigilo rotundo cuando de los placeres del cuerpo se trata; yo te miraba iluminada por las imágenes de mis deseos más naturales. Mis ojos jugaban con cada apertura indiscreta que me ofrecías con los movimientos delicados que me hacían delirar de deseo. Ah, el rose de tus piernas cuando se cruzaban, tus labios cuando los hidratabas con la saliva que imaginaba recorriendo mi falo, el mismo que en ese momento deseaba ser parte de ti.

Esa tarde de calor, era verano, concluyó con un sol que se escondía tras las montañas, ardiente, sofocante; imagen que resumía los movimientos calculados de todo mi cuerpo; y tú con el vino en la boca, tomaste un sorbo mientras mirabas mordiéndome los labios, porque esta vez te diste cuenta del triangulo que se formó en medio de tus piernas: cómo olvidar el pantalón blanco que dibujaba tú parte íntimas, objeto de mis apetitos orales.

Me di cuenta que sufrías del complejo de Narciso y que tú fetiche era provocar las más infaustas erecciones con simples, pero calculados movimientos de tu cuerpo. Infaustas, porque es una desgracia no poder cogerte en ese momento, no poder mover tu cintura con mi verga atravesando tu vulva, partiéndola en dos; no poder, en últimas, follarte hasta el alma.

Sé que te diste cuenta cuando me imaginación llegó a la mitad de mi cuerpo y supiste de los calores que recorrían mi cabeza junto con la sangre. Lo sé porque mordiste tus labios con algo de lujuria oculta al interior de esas pupilas dilatadas, como cuando la luz llega después de varios días de estar detrás de la cortina bailando las danzas amatorias.

¿El deseo? Sentir tu boca en mi verga erecta, palpitante de placer; el deseo también era besar tu vulva, secar tus líquidos con mi boca, mientras me miras fijamente como gata en alerta.

Te me acercaste al oído para decirme “estoy incómoda en este lugar”. Entendí el mensaje, pague la cuenta, salimos a caminar las calles blancas de mi ciudad; estabas en sandalias y me permití el fetiche de ver tus dedos largos, finos, delicados, cuidados…

Nos guiaba el sexo y por eso llegamos, sin preguntar para dónde íbamos, al lugar. “Tres hora por favor”, le dije al personaje que atendía el hotel y te miró y me miró como diciéndome “tremenda mujer que vas a sofocar en las fauces del placer”. Las llaves, habitación 215, encendimos la luz y tú te sentaste a un lado de la cama. Me diste la espalda, hiciste hacía un lado tu cabello y mis manos se lanzaron a tocar tu cuello, tus hombros; mi boca a besar tu cuello, mientras me dirigías la manos a tus senos que no son mucho pero si suficientes.

No lo esperaba así, nos desnudamos con pasión a la vez que respiramos con desesperación. Ya desnuda, descansando en la cama pude ver tu cuerpo y el tatuaje de una hermosa rosa en la parte superior izquierda de tu vagina que brillaba un poco por los líquidos derramados; solo faltaba mi boca y mi lengua como serpiente abriéndome camino en tu vagina.

No faltó mucho para verte apropiada de mi pene enloquecido por el placer de tenerte desnuda. Tu boca jugaba como perra detrás de una pelota. Esa misma felicidad y energía vi en tus ojos, mientras chupabas lo que querías adentro.

Faltó poco para sentirte sentada y mirar como esa rosa se perdía en la unión de tu piel y la mía, tus senos y mi pecho, tu pubis y el mío, calor, desespero, pasión, deseo.

Gritabas, solo eso querías hacer me dijiste más tarde. Pero gritabas cuando te embestía con fuerza y apretaba mi brazo que envolvía tu cintura. Gritabas, cuando, estando en cuatro, sentías chocar mi cuerpo como trueno de media noche. Gritabas, solo porque tenías placer gracias a mi erección que antes era infausta.

Cómo olvidar tus dedos de las manos cerrándose con fuerza mientras agarrabas las sábanas y me mirabas fijamente a los ojos con deseo. Ese deseo con cada vez más fuerza mezclada con una extraña delicadeza.

Cómo olvidar cuando, arriba, me pringabas la parte inferior de mi abdomen efecto de nuestros cuerpo calientes. Mi pene entrando y saliendo y tu cada vez más rápido como a quien no importa nada, sólo su mundo. Y en tú mundo llegaste al placer esperado y temblabas, caías, gritabas, cerraste los ojos… los abriste en compañía de una sonrisa cómplice del placer descargado.

Luego recibiste mi esperma en tú boca y senos, porque así lo querías. Una gota recorrió tu abdomen, esquivó tu ombligo y se posó en la rosa que ahora quiero volver a descubrir.

— angelver

25 de junio de 2012

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