“¿A tu apartamento o a Punto Cero?”, preguntó mientras bajaba su mano para acariciarme impúdicamente el pene, listo para responder con firmeza ante semejante lance en plena calle al salir del bar aquella noche. La situación me tomó tan de sorpresa que por poco dejo caer la botella de vodka a medio empezar. Aun perturbado, atiné a responder “a donde prefieras, corazón”.
Igual; con lo sucedido ya estaba escrito que aquella noche me dedicaría por entero a los deseos de esa mujer bella, madura, profesional, inteligente y dueña de un cuerpo cien por ciento natural que despertaba la envidia de las muchachitas empeñadas en heredar la belleza del bolsillo de sus padres.
Se decidió por el apartamento, según me dijo antes de cerrar sus labios mordisqueando mi oreja mientras musitaba lo caliente que estaba al ponerme en semejante aprieto. Confieso que me encanta dejarme llevar y acceder obsecuentemente a las más variadas peticiones de mis amantes, hasta sentirme utilizado o humillado. Por eso no las prefiero brutas, si la Santodomingo me permite decirlo. A los hombres nos han criado con la idea perversa de que debemos controlarlo todo y, peor aún, la mayoría de las mujeres se empecinan en reforzar esa idea dejándose tratar como muñequitas. Esta mujer no es así, definitivamente; por lo que me intriga saber hasta dónde quiere llegar hoy conmigo.
Dos horas antes nos habíamos tropezado al salir del baño. Me quedé boquiabierto contemplando lo que parecía ser la encarnación de la perfección: cabello negro intenso, azabache; cejas depiladas y delineadas finamente con las que sus ojos café, grandes y de mirada intensa, ganaban mucho más brillo. Nariz recta, pequeña, con un ligero levante en sus fosas y unos labios gruesos, dibujando una sonrisa roja carmesí. No pude dejar de verla por varios segundos, sin atreverme a decirle nada; hasta que ella me sustrajo de mi mutismo.
“¿Contento con lo que ves?”, preguntó alagada. “¡Encantado!”, respondí, invitándola a hacernos a un lado para desbloquear el acceso al lavamanos en donde nos habíamos encontrado. “Me parece que no habías venido antes a este bar”, afirmé, con la convicción que da el frecuentar habitualmente los mismos sitios. “No; llegué hoy y quería divertirme un ratico” dijo, extendiéndome su mano para presentarse. Nuevamente me embelesó la contemplación de aquella perla norteña en la tacita de plata. Sus dedos eran delicadísimos; primorosamente delineados, uñas largas y refinadas; su brazo macizo evidenciaba el tiempo que dedicaba a darse un cuerpo sano.
Le dije mi nombre, confesándole que me sentía bastante perturbado por poder disfrutar su presencia aquella noche. Por momentos suelo ser bastante cursi, pero he descubierto que algunas mujeres disfrutan esa actitud casi infantil al momento de conocerme; sobre todo porque advierten que no se trata de una estrategia calculada para seducirlas.
Supe que había venido al bar, invitada por una amiga con la que estudió en el colegio y a la que visitaba siempre que quería un poco de emoción que la retirara de la monotonía de su trabajo como administradora de una empresa a la que se había dedicado para salvarla del descalabro provocado por su exmarido.
Conversamos suficiente tiempo para descuidar la botella que habíamos pedido y de la que se sirvió muy poco en las dos horas en las que la charla pasó del protocolo y de los formalismos a las miradas abiertamente seductoras y los roces intencionados hasta convertirse en caricias y besos.
Casi no llegamos a mi apartamento. Al bajarnos del vehículo, el dulce calor de su cuerpo me encendió, aferrándose a mí para darme el beso más intenso, prolongado y excitante que jamás había disfrutado. Sus labios carnosos aprisionaron los míos abriéndolos con su lengua suave, húmeda y caliente como si en una cerradura entrara la llave perfecta, rindiéndose ante el sutil desliz que vence, uno a uno, sus pasadores. Su lengua parecía descifrar el código con el que décadas atrás se había dictado el despertar de mis ansias.
Por largo tiempo debimos ser un fogoso espectáculo en medio de la noche, de lo cual no puedo dar cuenta; ocupado como me encontraba en corresponder diligentemente al reñido combate propuesto por esa lengua maestra y ardorosa que se deslizaba una y otra vez sobre la mía con vehemencia.
Con cierta torpeza, fui llevándola hasta la puerta de mi apartamento, lo que resultaba bastante difícil al contacto de sus manos erizándome en la espalda. Sus uñas resultaban coquetas y lisonjeras sobre el algodón de mi camisa. Las sentía irse tamborileando y aferrándose ligeramente mientras, impúdica y decidida, abría mi bragueta en pleno pasillo para palpar un bulto que le hizo abrir sus grandes ojos. Se aferró mucho más a mí hasta hacerme sentir felizmente sofocado, justo en el momento en el que logré abrir la puerta de par en par.
La mezcla de su sudor, su perfume y el ligero aroma del licor brevemente ingerido era embriagadora. Tras la puerta, me abalancé sobre ella, lamiendo de arriba abajo su cuello largo y fino, recibiendo como respuesta el brote pronunciado de sus pezones. Tomé sus senos en mis manos, masajeándolos suavemente mientras dibujaba la volcánica circunferencia de su pequeña aureola. La suavidad de su piel era maravillosa por lo que recorrí su torso ya desnudo con mi rostro, dejando que mi lengua y mis labios marcaran este nuevo territorio.
El olor de su cuquita afeitada me resultó perturbadoramente arrobador. Por varios segundos aspiré intensamente la fragancia del jazmín con el que bañaba específicamente esa región de su cuerpo. Dejé que mi lengua confirmara la intensidad del perfume que se confundía con la deliciosa y penetrante emanación del elixir con el que los dioses o las diosas premiaron a la vagina y me dispuse a continuar, alborozado, el ritual de amor y muerte con el que, entre gemidos y gimoteos enardecidos, un par de seres humanos reclamamos a la naturaleza el placer convulsionante y orgásmico de nuestra existencia.







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