“¡Hoy quiero que me desvirgues el culito!”, dijo cuando cerraba la puerta de su casa, aquella tarde en que sus padres aun no habían llegado de un viaje a la costa pacífica a la que ella, taimada y calculadora, no quiso ir para apoderarse de mi enteramente todo el fin de semana.
Era un pecado andando; con veinte años recién cumplidos, de baja estatura, caderas anchas, cintura menuda con esos tres kilitos de más que me fascinan, un par de senos medianos, como melones pequeños; cuello breve y delgado, cabello rizado tinturado de un rojo tan encendido como el de sus labios, nariz ligeramente achatada y unos ojos azules intensos, que me recordaban al mar de Nuquí, en donde simulamos habernos conocido, seis meses atrás en un viaje familiar.
Estudiante de economía, había aprendido a sumar oportunidades, restar inconvenientes, calcular externalidades y planear meticulosamente la duración de nuestros encuentros para que coincidieran con su complicado horario de la universidad, los desplazamientos de sus padres y la escasez de mi tiempo. Pese a ello, varias veces llegué tarde a mi oficina por deleitarme al prolongar por unos minutos más el dulce sabor del sexo abierto de esa muchachita pícara cuyos ojos azules cambiaban de color a medida que iba incrementándose el fuego y la pasión del maniculiteteo, como le gusta llamarle a ese juego en el que uñas, dedos, mano y brazo entero se regodean a sus anchas explorando los más recónditos rincones del cuerpo vestido o desnudo de un par de amantes. Varias veces también tuve que escabullirme rápidamente ante el pitazo del auto, con el que sus padres anunciaban su llegada.
Este fin de semana con puente incluido, me exigió que le dedicara en exclusiva 72 horas de mi vida; con una contundencia tal que, no se me hizo difícil dejar a un lado el fardo de trabajo que tengo acumulado. Para convencerme bastó que su mano viajara lentamente sobre sus labios haciendo círculos con sus dedos, humedeciendo luego con su lengua el dedo índice e introduciéndolo a su boca, mientras me miraba con lascivia. Diligente, acarició sutilmente su oreja, los ojos, la nariz y los pómulos hasta concentrarse en encenderme tanteando con sus dedos su cuello enrojecido por las ganas.
Bajo la camiseta blanca que llevaba puesta se adivinaban sus pezones como un volcán a punto de bullir, pronunciándose a medida que la situación se ponía más caliente. Ajustada y sin sostén, la precaria tela de esa prenda inconsútil se estiraba hasta que la doble oo de la palabra impresa resultaba extraña, como un par de ojos exorbitados. “¡Good!”, bromeé, leyendo el voluptuoso titular que enmarcaba sus senos, hechos a la medida de mi mano.
Sus piernas, musculosas y firmes, se batían insistentemente, invitándome a echar un vistazo al caminito cubierto con una diminuta falda de jean bajo la cual se adivinada la uve de una tanguita fucsia de algodón. Cuando me tuvo concentrado en el arco de su entrepierna, se abrió para dejarme perturbado con la estampa de una cuquita alargada que humedecía la encendida prenda.
No necesité más motivación para salir corriendo de mi oficina, sin plan distinto a dejarme llevar por la arrechera de pasar un fin de semana sin agenda, sin compromisos, sin prisa y sin sus padres, tan queridos como inoportunos.
Ahora, al llegar a mi apartamento, veo la pila de informes y documentos que me espera y sólo pienso en que me encantaría regresar el tiempo para que fuera viernes y no lunes; para poder regodearme, nuevamente, con 72 horas de dedicación exclusiva a una pelirroja de ojos azules que me dejó exhausto…








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar