Esta es una de esas historias que de tanto haber sido contadas se convierten en clichés. Una de esas cosas que avergüenzan a quien le ocurre, que se niegan, pues el temor de ser tratado de loco, ingenuo, ignorante o insensato puede más que la verdad; Una historia que muta, que cobra vida boca a boca, cambiando de locación, de personajes, pero siendo en sustancia la misma, y es en este nivel inmutable en el que la historia alcanza verosimilitud, y se vuelve real cuando descubres unos ojos cómplices que te dicen –A mi me ha pasado lo mismo-. Por eso, y no sin temor de que me tilden de loca o mentirosa, les contaré mi historia.
Estaba en mi cuarto una noche como cualquier otra, había memorizado cada parte de la lámpara de techo y el reloj marcaba su inagotable marcha, anunciando a gritos de campana cada hora que el insomnio no me dejaba dormir. Afuera, en la calle, el viento arrastraba las hojas muertas de un viejo ficus, rugía con el indómito aliento que la fuerza natural le daba, se colaba por mi ventana abierta y refrescaba el cuarto, del que se había apoderado un calor infernal. Yo sudaba bajo las sábanas, pero no quería desprenderme de ellas, el insomnio sin cobija siempre me ha parecido el peor.
Algo cayó pesado, como si alguien hubiera tirado un mueble desde la ventana en mi habitación. Me senté de golpe en la cama y vacilé un momento en prender la luz, nada, aparte de la misma decoración insulsa, nada. Apagué la luz nuevamente y me sumí en esa pesadilla de los que no pueden dormir.
Fue entonces cuando escuché el primer paso, un paso firme y pesado, como los que da algo grande sobre la baldosa; Luego otro, otro y otro, el sonido se hacía más cercano, lento pero firme, caminaba con cautela esquivando las sillitas que crujían indefensas ante la inminencia de esos pasos que hacían vibrar la habitación, y a medida que se acercaban a mi me iba subiendo un escalofrío que nacía en las rodillas y me subía hasta la sien. Aun así no quise mirar, no quería enfrentarme a ese extraño que se había colado en mi habitación y ahora se encontraba de pie, al lado de mi cama.
Una brisa sopló sobre mi cara, desde arriba y no desde la ventana, y sentí de inmediato un hormigueo que inició en el centro de la frente (ese cosquilleo insoportable que se siente cuando alguien acerca un dedo a la frente y lo mantiene ahí), pero se fue extendiendo con rapidez hasta que quedé paralizada. Entonces abrí los ojos, pero no vi nada, aún así prevalecía la sensación de parálisis, el calor se había hecho insoportable y la cobija, pegada por el sudor, empezaba a lastimarme la piel.
Algo se movió a mi lado y vi como el colchón iba ganando profundidad, como cediendo ante el peso de un cuerpo que yo no podía ver. Escuché un gemido, largo, bajito, casi parecía un quejido, provenía de un lugar cercano a mi pecho e iba ganando intensidad, hasta que se convirtió en un rugido que no podía ser humano, era más… animal.
Empecé a sentir una presión en el pecho, intenté gritar, pero la voz se me quedó estancada y sólo pude lanzar un aullido como un hilo. Quería moverme, la parálisis no me lo permitió y la presión empezó a dejarme sin respiración. Sentí entonces un cosquilleo en la rodilla, como si un insecto caminara sobre ella, y la cobija se empezó a enrollar dejando al descubierto mi cuello brillante de sudor. Una mueca de horror se apoderó mi rostro cuando empecé a sentir una mano que me acariciaba el cuello. La falta de respiración me tenía al borde del desmayo pero, en cuanto estaba a punto de perder el conocimiento, la cosa liberaba un poco la presión permitiéndome tomar un poco del preciado aire y entonces esa criatura aspiraba, succionaba algo de mi y yo me iba sintiendo más exhausta, también más indefensa.
La mano empezó a enredarse en mi cabello, acarició mi rostro, bajó nuevamente por mi cuello, bajó un poco más, pasaba de un hombro al otro, jugueteando con el arco que forma en la clavícula mis senos. Bajó con la palma abierta por la separación de los mismos, los rozó por debajo sin tocarlos directamente, acarició mi vientre. Empecé a sentirme excitada a pesar del terror, entonces la mano subió nuevamente y me clavó unas garras gruesas a la altura de las costillas. Dejé escapar un gemido y la cosa aprovechó para presionarme más el pecho, dejé escapar todo el aire que había logrado acumular mientras ella lo succionaba, aullaba como un cachorro herido.
La mano se deslizó otra vez hacia arriba y me sobó la cara como un enamorado, me pasó unos dedos gruesos, bruscos, por los labios. Yo me dejé llevar, él seguía gruñendo, dejaba escapar bocanadas de aire que me refrescaban el rostro,jugaba con sus dedos en mi boca. La abrí un poco para que la caricia fuera más suave y, cuando sentí que la criatura se había rendido ante el simulacro, le mordí un dedo con la poca energía que me quedaba.
Entonces dio un alarido y pude respirar por primera vez con tranquilidad, me incorporé en la cama de un salto pero nuevamente la criatura me aprisionó por el pecho, clavándome violentamente contra el colchón. Quise gritar, pero la voz seguía sin salir, sólo pude abrir la boca, mucho, palmoteé un poco pero la parálisis se volvió a apoderar de mi. Entonces la criatura me acercó la cara y sentí su aliento corrosivo. No podía verla, pero el gruñido inquietante, amenazador, cerca de mi oído me dio la certeza de su cercanía.
Sentí la grandeza de su mano, que se abrazó a mi cuello y ejercía presión cada vez que tragaba saliva, dificultándome aún más la respiración. Con la otra mano me separó las piernas con violencia y me presionó el muslo por la parte interna, clavándome las garras y luego retirando la presión para después enterrarme nuevamente las uñas en una caricia brutal. Sentí una boca que me mordisqueba el vientre, mientras la estregaba de un lado a otro con unos labios que se extendían hasta las orejas. Presionaba mi estómago con una hilera de dientes que no parecía tener fin, entonces yo daba un gemido y la criatura aspiraba nuevamente, daba aullidos complacido.
La cabeza rodó hasta mi pelvis y se detuvo ahí, jugando con la lengua con el resorte de mis shorts, bajó por la parte en que se conectan las piernas con el tronco y me besó dónde antes me había lastimado. Me buscó los labios con los suyos y hacía un gemido lastimero mientras unas gotas caían sobre mi rostro. Estaba exhausta, resignada, enternecida por su llanto. Lo besé. Entonces se recostó contra mi cuerpo, dejando encima mío su majestuosa horizontalidad. Liberó mi cuello de la atadura y aspiré hondo mientras la criatura se me estregaba. El movimiento hacía rebotar el colchón, era lento, pero brusco y yo permanecía rígida, derrotada, mientras las lágrimas me corrían hacía las sienes. Cada movimiento de su cuerpo me sumía en un terror delicioso, una especie de delirio de desamparado, mientras tanto la lámpara del techo empezó a alejarse y yo me desvanecí en brazos de ese inesperado y brutal amante.








Comentarios
1 comentario
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrarmuy interesante tu relato, es una fantasia de muchas mujeres.