El Hechizo De Las Pelirrojas
Relato de comunidad Fantasíasschedule 3 min de lectura calendar_today Agosto de 2012

El Hechizo De Las Pelirrojas

Había decidido quedarme en el bar de siempre, releyendo un par de notas para un nuevo curso de composición española que iniciaba al día siguiente; cuando el Turco me recordó que el tiempo, pese a todo, no es oro y se va rápido. Rayaba la medianoche y sólo quedábamos en aquel local dos....

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Había decidido quedarme en el bar de siempre, releyendo un par de notas para un nuevo curso de composición española que iniciaba al día siguiente; cuando el Turco me recordó que el tiempo, pese a todo, no es oro y se va rápido. Rayaba la medianoche y sólo quedábamos en aquel local dos parejas, una pelirroja y yo. Por andar entre papeles, obvié advertir que hacía algunos minutos la pelirroja se había acercado lo suficiente como para que yo le prestara atención. Seguramente estaría pensando que no la había notado y, decepcionada, se disponía a marcharse sola. La detuve dirigiéndole una sonrisa coqueta, para nada inocente; acompañada de mi copa alzada, celebrando su presencia. Me respondió elevando su vaso mientras se acercaba un poco más hasta quedar tan cerca que pude percibir el delicioso aroma del sándalo despedido a suaves toques embriagantes.

“¡Qué bien hueles!”, le dije, casi sin darme cuenta de haber puesto mi mano sobre su hombro, al tiempo que acercaba mi nariz para que apresara la riqueza de la que siempre me ha parecido la más misteriosa emanación balsámica. “¿Sándalo, cierto?”, afirmé sin darle tiempo a que se sobrepusiera de mi súbito lance. “¡Mira que eres descarado!”; me dijo regalándome una sonrisa abierta, sin expresar ninguna intención de retirar mi mano posada en su hombro. “De pronto te me vas y no vuelvo a verte”, le respondí mirándola de la manera más pícara que había aprendido a lanzar naturalmente, luego de ensayar con terquedad mil técnicas de conquista en mi temprana adolescencia. “Es que te veo ocupadito”, dijo la pelirroja mientras, remolona, se fijaba en la pareja que atravesaba la puerta del bar y se despedía del turco. “No creas”, le respondí; “sólo ojeaba un par de notas mientras hacía tiempo para que te acercaras”. Ambos reímos.

Extendimos la mano cortésmente para regalarnos nuestros nombres y brindamos por este furtivo encuentro. Ella había tenido ya tiempo para detallarme y seguramente había decidido que le gustaba. Por mi parte todo estaba claro: su cabello naturalmente encendido se convertía en un presagio de que necesitaba conocerla, desnudarla y devorarla para comprobar la veracidad del hechizo de las pelirrojas. Particularmente siento una intensa atracción por las mujeres con cabellos de tonos fuertes y definidos. Con o sin tinturas, pelirrojo, negro azabache y rubio cenizo; el cabello y los bellos en la piel me hacen pensar en lo escandalosamente maravilloso que puede ser una batalla arrobadora con semejante contrincante.

No recuerdo bien quien asintió primero y, la verdad, es poco caballeroso conservar tales memorias; el caso es que subimos a un taxi minutos después de haber iniciado una sesión de besos que desesperó al Turco; solitario como siempre. “Se van a tener que ir para un motel”, espetó entre advertencia y exhortación. Creo que nuestras miradas coincidieron con esas palabras que ya se hacían deseo y arrechera en nuestros cuerpos. “Tocará”, dije sin mirar al Turco, deleitándome con la intensidad aguamarina en la mirada coqueta y lasciva de la pelirroja. Pagué la cuenta y salimos, abrazados como si la noche hubiera decidido emparejarnos por largo tiempo.

De golpe, el recuerdo de anoche toma cuerpo nuevamente en el salón 503 del ala 10 en el que, entre quienes matricularon el curso, advierto la misteriosa emanación del sándalo despedido por la rojiza cabellera de Amanda. Definitivamente las pelirrojas seguirán en mi lista de hechiceras…

— elsexosentido

25 de agosto de 2012

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