Tenía a su marido Jaime y sus dos hijos a los que tanto amaba y a los que tanto debía su felicidad. Pero veces su trabajo de ama de casa y de mujer emprendedora se acumulaba con los problemas del día a día siempre complejos, difíciles de solucionar. Solo un consuelo calmaba su cansancio diario, sus furtivas y esperadas escapadas a la casa de la playa del Cabo donde de forma acordada con los suyos seguía manteniendo la costumbre de su retiro semanal. La casa de la playa, como ella la llamaba, fue una herencia de su desaparecido padre Don Anselmo Viñas.
La pareja acordó después de una amistosa conversación que ella necesitaría cargar sus fuerzas en la casa de la playa del Cabo, después de una dura semana de trabajo, sin que hubiera nunca ninguna oposición a esta decisión por su parte.
Cuando Lili llegó al tranquilo lugar, siguiendo la ya tan conocida ruta por la costa, desde el centro de la ciudad de Santa Marta lugar en el que residía, aparcó su viejo mercedes rojo en frente de la casa, y se paró unos instantes apoyada en el volante de su carro observándola con cariño y respeto.
Con un primer paso descalzo sobre el tibio arenal, una satisfactoria descarga de paz la inundó por completo de nuevo, descarga de calma que siempre comenzaba con un temblor entre los escalofríos y los nervios en su estómago, y, finalizaba con una plácida sensación eléctrica que le recorría hasta la punta de sus senos.
Al fondo de la playa, después de andar su primer largo, Lili llegó de nuevo a un misterioso lugar de recuerdo imborrable para ella.
La playa moría abruptamente en aquel mágico lugar, conocido por los lugareños como las Garras del León, un elevado acantilado en Santa Marta con forma de pecho y garras de felino donde de adolescente vivió la experiencia que marcó a fuego todo lo que ella entendía por su sexualidad, esa intima primera experiencia carnal que sello su pacto con aquel lugar al que en repetidas ocasiones volvió y que supuso el recurrente comparativo con todas sus posteriores relaciones con el sexo opuesto. Fue allí donde, como narran los antiguos textos,conoció por primera vez varón.
Se sentó y le recordó, una vez más... Ándros, se llamaba aquel Misterioso Joven que reencarnaba en una única persona todas las virtudes, habilidades, rasgos varoniles, dotes fálicas y deseos que toda mujer desearía para sí. Desde aquel encuentro la calentura estaba muy alta para Lili.
Allí tumbada, con aquel recuerdo, y, con la tranquila sensación de que el mar la protegía, se tocó las partes erógenas de su cuerpo pasando por sus firmes senos cubiertos por una simple blusa vaporosa con una mano y su concha húmeda que se estremecía al rose de sus dedos que emulaban en ese instante los gruesos y mágicos dedos de Ándros. Luego, después de un orgasmo eléctricamente satisfactorio se quedó dormida envuelta en el plácido manto protector del eco de las olas.
Una fuerte voz la despertó una hora después...
- Me tuviste olvidado muchos años... Lili… Siempre supe que algún día volverías a mí - dijo la penetrante voz masculina, retumbando con el eco del acantilado al compás de las olas y el viento.
El terror de algo inexplicable que estaba sucediendo se introdujo en Lili hasta lo más profundo de su ser, pues la playa, fantasmagóricamente solitaria y desierta no albergaba ningún ser vivo.
Nada podía explicar la manifestación de esa voz salvo su propia imaginación.
-¿Me estaré volviendo loca?- pensó Lili. - No, no Lili- Gritó la voz al instante como un reflejo automático de su pensamiento - Razonas bien, tu locura no es tan grande como la mía cuando me dejaste, y creí que no te volvería a ver más - Volvió a afirmar la Voz.
- ¿Quién eres? , ¿Dónde estás?- Replicó Lili.
- Sí, claro que sabes quién soy, y me conoces bien aunque hasta ahora tú no te habías percatado de mi alma, siempre me tuviste en todas partes y a la vez en una única... a tu lado.
¿No te lo crees? Pues sí, mi preciosa Lili, has vivido toda tu vida cerca de mí, pero pocas veces has reparado que siempre estuve a tu alcance, respirando tu aliento, bebiendo los sonidos de tus labios cada vez que te tenia de nuevo cerca... y me contabas tus tristezas, tus alegrías, y yo... manso como el perro del pastor, amándote en silencio, te escuchaba atento, fiel y sediento de ti, de tus novedades, de tus historias, de tu sonrisa de amante cómplice.
Sí, es así, fui soy y seré tu mejor consejero desde que viniste a mi por primera vez aquella fría mañana de enero en tu primer paseo matinal, recorriéndome con tu mirada, observándome descarada e implorando mi consejo deseando ser escuchada, y yo deseando colmar tu sed de calma, te empecé a escuchar y a responder en mi idioma... el del amor.
Pero escuchas estas palabras... y aun no sabes quién soy en realidad... ¡Qué tristeza la mía! Y te preguntas... ¿Cómo es posible que este hablando contigo? ... ja ja ja...permite que me ría, porque aun tú no te has contestado a ti misma.
Has sentido mi presencia, olido mi aroma y sentido sobre tu piel la suave caricia de mis fuertes manos diluidas en el viento, desde que naciste siempre, siempre, estuve ahí, observándote de niña y luego de mujer, de bella mujer, conocí tu cuerpo, tus hechuras de hembra perfecta, pude rozar tus mejillas, besar tus labios, palpar tus senos, entrar deseoso de placer en tu cuerpo, saciando al fin todas tus incógnitas de hembra humana, y a la vez las mías acerca de vuestro género humano.
Y ahora, te estoy respondiendo de una sola vez a todas las preguntas aceptadas por ti pero sin resolver. Sí, las que asumiste con el paso del tiempo, desde que me amabas de niña, sabiéndolo pero sin saberlo.
No me mires con esa cara incrédula y de asombro... ahora ya sabes quién soy... ¿Verdad? Acéptalo, incrédula. Un día en tu pasado no muy lejano me tuviste entre tus sedosos brazos. ¿Tan pronto me habías olvidado? Puedo leer en tu mente que ya sabes quién soy.
Los de tu raza, los humanos me llamáis de muy diversas maneras porque pensáis que soy un simple objeto sin sentimientos, muerto como la ceniza o la roca.
Pero tú, tú no eres así de mezquina o ignorante , no tú, no tú mi mujer, mi diosa, mi amante deseada; tú eres distinta de todos esos insignificantes seres con sus vidas insignificantes, tú eres muy diferente a ellos, porque sabes que para ti no soy tan solo el mar, o como otros hombres dicen tampoco soy el vasto océano.
Claro que es verdad lo que oyes ahora. ¿Por qué me miras atónita y asustada? No tengas miedo Lili, estoy vivo de verdad y soy inmenso, liquido, a tus ojos humanos, pero si los cierras, y miras con tu alma, me recordarás, recordarás que...
...que hubo un día en que me hice hombre para ti, desee ser un macho de tu especie para sentirte, y transformé parte de mis aguas en un cuerpo donde residir y trasladar lo que llamáis vosotros los hombres un corazón o alma, y, a tu lado nací a un nuevo mundo, a tu mundo, para tocarte, para amarte, para penetrarte, pudiendo al fin, lograrlo.
¿Te sorprendes? Mira en tu interior y haz memoria. Yo fui tu primer amor. Tenías 16 años. ¡Oh! Por los dioses del firmamento, eras una risueña y alegre virgen humana, tu belleza rivalizaba con las ninfas o sirenas que viven en el seno de las aguas que dan forma a mi basto cuerpo.
Fue uno de esos días de primavera cuando me encontraste al bordear este mismo acantilado, inconsciente y desnudo, cubierto de negras algas, pues aun yacía en la fina arena blanca después de mí doloroso y premeditado parto marino, deseando ser encontrado, por ti, en tu habitual paseo de mañana por la playa.
Cuando perpleja me encontraste, tu reacción fue la de un ser piadoso y maternal, pues me elevaste entre tus brazos, me incorporaste y me despertaste con el inconsciente y salvador beso de tu respiración, aprendido en tu instituto en la primera clase de primeros auxilios
Pero no te esperabas lo que aconteció después, cuando nací a vuestro mundo con aquel sensual roce de tus labios, y abrí mis ojos por primera vez para mirarte suave, fijamente a los tuyos verdes como frescos prados de hierba, y tú entraste arrebatadoramente en los míos, en las profundidades de mi alma azul de mar.
Yo tiritando de frió respondí como no esperabas que lo hiciera, a aquel beso, pero, sin embargo aun sorprendida, tu propio cuerpo reaccionó como si necesitaras hacerlo desde hacía mucho tiempo y seguiste besándome con la pasión de un alma rota por el deseo, aceptando sin preguntas tu anhelo de sentir y de aprender a sentir.
Y luego... luego sencillamente, sin preguntas te dejaste sumisamente cobijar por mí, bajo mi fuerte abrazo envolvente que como una fría ola sumergió y heló tu alma y la sedujo completamente para que te pudiera hacer el amor por primera vez en tu vida.
Si Lili, fue la primera vez en tu vida que hiciste el amor, y yo también aprendí contigo a fundirme con el calor de un cuerpo femenino, el tuyo, el único que deseaba y osaba tocar y sostener con reverencia y amor, con la firme determinación del que posee algo que siempre supo que era suyo, pero con el delicado cuidado, el mimo y el respeto que empleo sosteniendo la belleza de los corales que me adornan.
Solo hizo falta dos gestos rápidos míos para desnudarte de cintura para abajo y también para desvelar tus perfectos pechos ante mi presencia, mostrando tus deliciosos encantos, sin poder evitar que mi Amigo el Viento, rabioso de celos observara lleno de cólera mi conquista, y paradójicamente la adornaba más aun con su furioso soplido a nuestro alrededor, pero envidiando cínicamente mi suerte de poseerte Lili.
Cuando sentiste mi nuevo cuerpo humano intentando abrirse camino entre tus piernas en busca de tu placer y el mío, te relajaste incrédula de tus propios actos, estirando y abriendo de par en par todas tus extremidades y tocando excitada y sensual el frío roce de mi sexo, mi falo duro, grueso, venoso y lubricado para ti.
Yo por mi parte hacía lo mismo con mis manos: una en tus pechos, apretando tus pezones duros, y con la otra explorando tus labios vaginales, pellizcando suavemente tu clítoris, curioseando hábilmente tu raja y sus cavidades.
Tus gemidos de niña-mujer respondían a mis caricias lascivas y tu mano firme se desplazaba fuerte de arriba abajo, una y otra vez por la extensión de mi verga, a la cual le echabas miradas furtivas de deseo, asombro y ansiedad.
Lamiste tus labios lentamente y mordiste el inferior, sosteniendo tu mirada en mi pene y luego en mis ojos… y entendí tu deseo. Lo leí en tu mente como si fuera la mía. Entonces te tomé de los hombros y te dejé sentada sobre la arena y me puse en mis pies, dejando que mi sexo palpitante quedara al alcance de tus labios rojos.
Recuerdo que lo miraste curiosa, era la primera vez que tenías tan cerca la verga de un hombre. La tomaste con tus dos manos en la base y la lamiste como lo hicieras con un helado. “Sabe a sal” me dijiste, “Sabe a mar” te respondí.
Lo engulliste, lo chupaste, lo lamiste y pronto sentí que te convertías en toda una golosa experta que cobijaba con su húmeda boca toda la prolongación de mi falo.
Cuando coloqué mis labios en tu vagina abierta cual concha marina, tus piernas temblaron, y mis manos se pasearon por ellas sintiendo tu piel suave, tus carnes trémulas. Saboreé cada uno de tus líquidos, tu sexo fue un manjar para mí. Me pedías más y tu cuerpo se estremecía ante la insistente fricción de mi lengua.
Entonces me animaste con una mirada materna y deseosa a entrar en ti por primera vez, sensación que enrojeció y excitó aun más cada músculo de mi morada humana, haciéndome sentir loco de deseo carnal por ti. Contigo aprendí vuestros magníficos y efímeros sentimientos carnales y mortales.
“¿Qué más da?” te dijiste, ¿Qué más da hacer el amor con este hermoso joven anónimo que con algún novio idiota y presumido del instituto que difícilmente va a mantener mi secreto?
Sentiste, con este pensamiento, el alivio de la primeriza, que no debía desaprovechar el momento nada más que para saciar toda su sed de conocimiento acerca de las reacciones del macho de su especie , del por qué y cómo funcionan los mecanismos que unen en vida a hombres y mujeres de forma material y a la vez profundamente espiritual.
Creíste que yo, pobre de mí, era algún marinero desaparecido o caído de algún barco extranjero, porque no articulaba ninguna palabra ni parecía entender lo que me decías.
Y dejaste simplemente que pasara, que los dos inmolásemos locamente nuestros cuerpos al fuego de la pasión. Estabas ardiendo de una extraña fiebre sexual e incontinencia de deseo, y sentías una rara mezcla de confusión y vergüenza infantil completamente desbordada por tu nueva y aprendida lujuria, que era infinitamente superior a ellas. Mi falo hinchado, endurecido de deseo por ti, se abrió paso entre tus labios y tu caverna fue penetrada por primera vez, te viste llena, y tus ojos me decían cuanto lo disfrutabas.
Primero te lo hice suave, luego fuerte y tus gemidos inundaron mis sentidos y solo quería partirte en dos con cada embestida. Tu primer orgasmo maximizó el mío y creí explotar al verte en éxtasis por causa mía.
Me diste la ropa de tu padre para engañar al frió que curiosamente no parecía yo padecer, y también cobijo, en el galpón de pescadores que se erigía al lado de la casa de verano de tu familia, y finalmente, alimento, que tampoco creía precisar, pero que yo acepté por tu insistencia, siendo tus deseos plenamente complacidos por mi adoración por ti.
También me pusiste un nombre, para llamar de alguna forma mi atención, e intuitivamente me bautizaste como Ándros, por que según tú es nombre griego, como el barco que surcó las costas caribeñas a la altura de tu playa cuando eras niña, y porque creías que es así como en griego se denominaba a un hombre.
Nunca Lili te fallo la intuición, siempre supiste en el fondo que algo mágico había sucedido, y que algo había en mi que no encajaba, que era un hombre distinto y especial, sin saber que soy lo que vulgarmente llamáis entre vosotros, un dios.
En los tres días que estuvimos juntos amándonos física y espiritualmente, aquel fin de semana, nunca pude decirte quien era de verdad, no porque no lo deseara sino porque nunca conseguí articular palabra humana alguna, en un idioma verbal desconocido para mi, con lo que solo me entendí contigo en el idioma de los pensamientos y los sentimientos con el que yo te contestaba desde el fondo de mis profundos ojos serenos y oscuros.
Ahora has vuelto a mí y yo a ti... y he venido a buscarte y a reclamarte definitivamente para mi.
De repente la voz del mar, Ándros, paró y Lili respiro profundamente para acertar a exclamar completamente confusa sus pensamientos:
-Pero esto no puede ser ¡No puedes exigirme eso! Contestó Lili temblorosamente.
Ándros respondió:
- Hazte la siguiente pregunta Lili, ¿Quieres vivir tu vida mortal con los tuyos o deseas disfrutar del verdadero amor eterno para el resto de los tiempos?
Lo siento Lili, cualquiera que sea tu elección pagarás un terrible precio por lo que dejas atrás, pues si decides volver con los tuyos yo despareceré para siempre de tu vida y nunca más volverás a oír mis susurros... si vienes conmigo te convertiré en una diosa como yo y perviviremos eternamente a todos los mortales... incluida tu familia, que sin embargo, no te negaré que visites y protejas.
- Y bien Lili ¿Qué decides? - hablo de nuevo la penetrante voz masculina de Ándros.
- Te amo Ándros, siempre te amé… ¡Pero el precio es muy alto! - Contestó Lili.
El mar, Ándros, sabía que la única forma de convencerla y volver a retener los deseos de Lili era reencarnarse de nuevo en aquel joven majestuoso al que Lili había conocido en su primer encuentro y así fue.
Lili nuevamente sintió el poderoso abrazo del hombre que nació del agua, y con infinito amor, unió nuevamente su cuerpo en repetidas y místicas copulas de intenso sabor salado y arenoso, con el intenso aroma de las esencias minerales que aun recordaba, de su primer encuentro.
Finalizado el día, al atardecer, entera, pero completamente entregada a su amante, Lili entendió que su destino estaba lacrado por el mar y que ella debía formar parte de él, estaba ya escrito, aceptó con resignación ilusionada su nuevo hogar.
La magia del mar hizo el resto, y al anochecer el poder de las aguas conspiró con la ayuda del resto de los dioses, el viento, la tierra, las diosas de cada estrella del firmamento, para transformar el cuerpo de Lili en la misma materia de la que Ándros estaba constituido, licuando en agua cada una de sus células que se fundieron perpetuamente y plenamente a su amado, esta fue la forma en que Lili también se hizo diosa.
Cuenta la prensa de la región samaria, la desaparición de una joven, llamada Liliana Viñas, en la playa del Cabo, el día 6 de junio del 2009, y que en un intento infructuoso de rescate por parte de todos los organismos de salvamento marítimo se trató, sin éxito, al menos de recuperar su cuerpo.
Pero a los 2 meses de iniciarse las búsquedas, éstas cesaron no sin previamente ser oficiado un funeral, sin cuerpo presente, claro, en memoria de Lili, en el mismo acantilado, las Garras del León, donde fueron halladas sus vestimentas.
Es extraño el día en el que alguien no habla de haber observado la erótica visión de una mujer de agua flotando desnuda sobre las rocas del acantilado, que abrazada por un hermoso joven de tez morena, es suavemente mecida y cortejada por las olas del mar.
Solo los lugareños que conocen y respetan al mar, saben realmente lo que sucedió, entendiendo, entre sonrisas, que el pícaro, por fin, había logrado el deseo siempre anhelado de casarse con su amada, alcanzando por fin reposo y descanso.
Y colorín colorado este cuento también tú lo has soñado.








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login EntrarBuenas noches Camilo... No queria pasar por acá sin dejarte un comentario...pues la verdad tu relato me encantó.....es distinto a todo lo que uno está acostumbrado a ver acá...y muy interesante enfoque manejas....y muy pulcro ... Fue un gusto leerte....