Lo que te deseo hacer lo he soñado y me ha acompañado durante varias noches. Lo que te deseo hacer se ha expresado con mis manos que se deslizan, a veces rápido, a veces lento, en una armonía que logra explotar.
Corre el reloj. Dos de la mañana. ¿Será obsesión? Confieso que tengo mis dudas, pero la imagen de tu pijama gris corta, y tú sentada, cruzando la pierna: levantaste el pie del suelo, enseguida un extremo de tu pijama corta alzó vuelo, acomodaste la cintura hacia un lado, quisiste bajar alguna de tus manos para tapar cualquier intento de sobre pasarse (pero no entiendo por qué al fin no lo hiciste) y dejaste libre el camino entre mi mirada y tú vulva cubierta por una tela negra, delicada y brillante. Esa imagen y tu voz que despertó mis oídos con estas palabras: “yo también lo he pensado”.
Casi seis años de amigos y los dos lo hemos pensado. Vaya fiasco no tener la iniciativa completa cuando me expresabas “hoy, Santi, tengo unos deseos; quemo mi cuerpo”. Me saboreaba haciendo como si hidratara mis labios, pero nunca contemplamos nuestras curiosidades; excesivo respeto que rayaba con una moral injustificada. Esa noche Maira, esa noche. Es que lo que te deseo hacer (…) Sé que notaste lo abultado de mi dril caqui, lo sé porque sonreíste mirando hacía allá. “Ves lo que produces, y más hoy que estoy tan complaciente con mis hormonas”, te dije, y echó a vivir esa sonrisa tuya hermosa. Enseguida noté que te ruborizaste (cualquiera lo haría ante un amigo de años) pero tú cuerpo reaccionó en desacuerdo a tus palabras: “de haberlo sabido antes me hubiera ahorrado tantas horas de espera”, esbozaste en el aire como queriendo no romper el silencio. Maira, esa noche.
Sonó la tetera y rogué que el té no lograra sus efectos tranquilizantes. Al servirme regaste un poco del agua hirviendo en mi pantalón (me quemé poco Maira, y si lo hiciste a propósito no era necesario), me levanté de un sopetón pero me tranquilicé con tus caricias, porque eran caricias y no intenciones de secarme el agua. Eran caricias porque poco a poco tu mano dibujó la forma de mi pene en el dril caqui; y verte emocionada como estabas imaginando quien sabe qué tantas cosas (porque las mujeres explotan mejor el don de la imaginación).
El silencio no fue interrumpido, no era necesario. Lo que sí fue interrumpido o al menos diferente, fueron las acciones de nuestros cuerpo, nuevas para los dos estando juntos: acaricie tus piernas gruesas y morenas, esas mismas que tú primo te alagaba cada vez que se iba: “uy prima, es que si no fueras prima mía quién sabe qué haría con esas piernotas”. Acercaste tú asiento al mío y yo puede profundizar mis caricias y besarte esa boca que escondía un secreto aún no revelado. Lo comprobé, tú ropa interior era delicada, suaves, lisa; por lo que pude, con la punta de mi dedo índice de mi mano izquierda dibujar la línea de tu vagina que se sentía suave y con urgencia de quitarse esa mascara delicada, suave, lisa. Se te notaba la urgencia en los ojos saqué mi pene para entregártelo en tus manos. Me gustó tu gesto de agrado y tú pregunta: “¿Santi, dónde tenías guardado todo esto?” Aún sentada te inclinaste hacía a mí y por fin el secreto de tu boca fue revelado: disfrutaba de saborear y dar placer a un pene. Movías tú lengua, lo metías en tu boca y apretabas tus labios para irlo sacando; y después rápido. Era un frenesí mientras tocaba tus senos.
Recuerdo haberte pedido que te pararas para sentarte en la mesa del comedor y tener tu vagina, aún oculta, a mi disposición. Como me encantan tus piernas. Te quité la tanga y pude ver tu vulva morena y en medio, color rosado vivo y brillante a causa de tu excitación; no dudé en mojar mi lengua con tus líquidos, cogiéndome de tus piernas para ascender con mi lengua y dividir en dos tu rica vagina palpitante. Asenté mi nariz en tu pubis mientras mi lengua exploraba tu coño mojado y controlaba tus espasmos. Pasar por tu clítoris, mientras me agarro de tus piernas (es que no hay nada como tener las piernas en los hombros mientras se hace un oral). “Santi, ven, para y mételo ¿Si?” Te escuché decir entre gemidos disimulados. Te acerqué al borde de la mesa y te embestí con mi pene duro. Te agarraste de mi cuello y gemías cada vez más duro. Que gusto me daba tirar al traste eso que habíamos pensado y que ahora hacíamos. Eres estrecha y calientita. Te levanté de la cintura y te encargaste de los movimientos, todo iba bien pero tú madre pitó desesperada para que le abrieras la puerta.
En el afán guardé tu linda tanga negra, delicada, suave, lisa en mi bolsillo. Hoy, dos días después, sacudí el pantalón y cayó al suelo y por eso me senté a recordarte bella mujer amiga sexual.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar