Los colectivos (transporte público) pasaban repletos: era hora pico. Yo iba tarde y el desespero ya palpitaba en mis pies. Uno y otro carro, y la ruta que me llevaba directo al trabajo nada que pasaba. Una situación molesta.
Se necesitó de 15 minutos para que pasara mi ruta. Me subí como pude, ya que era hora pico, así que quedé en toda la puerta, como último pasajero. Los y las que han pasado por esa situación saben que no queda de otra que aferrarse a la baranda vertical que uno normalmente utiliza para impulsarse y subir al vehículo.
La pequeña aventura inicio cuando el primer pasajero bajó: todos los cuerpo amontonados y parados, tuvieron que reorganizarse porque venía de los últimos puesto. Yo, con mi mano sujeta a la baranda vertical. Por sorpresa sentí un muslo firme y al voltear a ver era grande y ascendía a unas caderas pronunciadas que eran bien marcadas por una blusa ceñida al cuerpo y una minifalda de bolero: una belleza morena.
La dama tuvo que moverse lo suficiente para dejar pasar al pasajero, acto que dejó a solo centímetros mis nudillos de su sexo. Verlo, era un gozo que empezaba a hacerme olvidar lo tarde que iba. Moví levemente mi mano, con la intención de tener mejores posibilidades en el caso hipotético de otro movimiento ajustado.
Como bajaban, subían pasajeros, estaba repleto. Sin embargo, mi posición y la de ella no cambiaban. Otro pasajero del fondo pidió parar y de nuevo el movimiento de cuerpos. No podía soltarme o salía del vehículo; no quería soltarme porque perdería la oportunidad. Eso pensaba cuando sentí en mis nudillos algo suave pero abullonadito: su vagina. Para completar, ella debió acercar más su cuerpo a la baranda vertical donde estaba mi mano. Ante la situación miré para encontrar sus ojos y nos encontramos de frente; interrumpió el arranque del carro. Así iba, tocando una rica vulva con el vaivén de un carro que frena y acelera. Mi pene se puso duro porque se sentía incluso su ropa interior: una tanga.
Intenté encontrar su mirada y ella hizo lo mismo. ¡Vaya sorpresa, sonrió! Era completamente consiente y lo disfrutaba igual que yo. Desde ahí hicimos un pacto silencioso: por más que el carro se desocupara, esos eran nuestros puestos. Era grande, se sentía bastante rica; me la imaginaba en mi boca refrescándome mis labios… estiré mi dedo índice e inmediatamente me miró. Aceptó el juego y sentí como palpitaba, como la hacía mover voluntariamente. Sin duda deseaba sexo.
Lo disfruté la gran parte del viaje, de pronto sentí desamparada mi mano, con el frío propio después de un calor intenso: ella se bajaba. Intentó rozarme con su pierna derecha (creo que lo sintió), mientras iba con una sonrisa esplendida propia de una mujer que gusta de ser deseada.
Olía a jazmines, un toque final que denotaba delicadeza y elegancia.








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