De muchacho, desde el instante mismo en que desperté a la sexualidad a través de Macho, Play Boy y pimienta, las revistas de mi época, soñé con estar en medio de dos deliciosas mujeres, tocando tetas, lamiendo chochas y oliendo traseros, y siempre, ante tal situación, mi cuerpo reaccionó con mayúsculas erecciones que me obligaban al consabido y negado pajazo.
Con el tiempo los pajazos disminuyeron más, no la intensión del encuentro cercano de tres cuerpos. Ahora con la posibilidad al alcance de mi verga me dije que debía seguir adelante.
Fue así que tan pronto salimos a descanso, nos dimos cita en un barcito del barrio Cundinamarca, en la capital. Siendo que la mujer de mi compañero aún no estaba del todo convencida yo, debía usar mi encanto y romper sus últimos redaños de dignidad.
En el trayecto del terminal al bar en cuestión, me preguntaba ¿cómo sería el cuerpo, el olor, los ojos y sobretodo la concha de la hembra de mi amigo? ¿Sería joven, vieja, gorda, flaca? Me preguntaba también, como reaccionaria mi socio al verme en pelotas culiandome a su mujer. ¿Sería verdad lo que me había contado o tal vez un posible experimento sexual para conocer sus sentimientos hacía ella? Como fuera, la adrenalina que me recorría en esos momentos nublaba mi razón y mi cordura, acallando la urgencia de pedirle al taxista se detuviera.
Rato después, el frio silbante de la capital me empujo dentro de un local algo sórdido, oloroso a orines represados, mientras desde atrás de una barra coronada por botellas de cerveza un viejo vigilaba.
Paseando la mirada ubique a mi amigo de espaldas; me fui acercando entonces con lentitud hasta que pude ver su rostro (el de ella) tranquilo y bello. Me miro, la mire y sonrió; y ahí supe que era de su agrado.
Más relajado hablamos de todo, menos de lo que me había llevado hasta allí; finalmente con la cabeza caliente y las sombras de la noche manchando la ciudad, Juan sugirió comprar más licor y terminar la fiesta en su departamento. Hasta el momento ella (Lucía) habló poco, solo dedicándose a mirarme.
No bien cerramos la puerta de su casa él, le pregunto a boca de jarro si estaba dispuesta, ella con voz apenas audible respondió que sí. A esta parte Juan se notaba bastante borracho y temí por un momento que la noche terminara mal. En la alcoba, el me invito a sentarme sobre la cama mientras Lucía hacía lo mismo en una silla ubicada al costado.
Luego de zamparse entre pecho y espalda un trago que lo tendió cuan largo era sobre el lecho, Juan roncaba con estrepito; nunca supe si sus ronquidos fueron reales o sólo parte de su estrategia.
Continuara…








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