Laura
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 5 min de lectura calendar_today Enero de 2013

Laura

Fue lo primero que atrajo mi atención cuando ingresé al local, aquella noche de solos y solas. Estaba sentada, cerca de la puerta, ligeramente recostada mientras sostenía una botella de Smirnoff que abandonaba sus labios en ese momento. Tal vez fue su boca entreabierta y su mirada,....

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Fue lo primero que atrajo mi atención cuando ingresé al local, aquella noche de solos y solas. Estaba sentada, cerca de la puerta, ligeramente recostada mientras sostenía una botella de Smirnoff que abandonaba sus labios en ese momento. Tal vez fue su boca entreabierta y su mirada, deliciosamente intensa lo que me intrigó en la semi penumbra de aquel lugar en el que, apenas entrando, mi pene se sintió en casa.

Pedí una Smirnoff y me acerqué luego de verificar que, efectivamente, hubiese ido sola. “Mira, tenemos los mismos gustos”; dije, buscando empezar una conversación directa con la dueña de unos ojos negros y penetrantes cuya viveza acompañó la sonrisa que recibí al escucharle decir “Buena señal”; mientras se acomodaba en el sillón para hacerme espacio.

Al acercarme, advertí bajo su blusa la comisura de un pezón café, redondito al final de un exquisito seno liberado de los afanes de un sostén. Ni grande ni pequeño, pensé mientras intentaba desprender mi vista de tan súbito y casual obsequio para no parecerle grosero. Ella notó la situación y, aunque se ruborizó un poco, no hizo mayor movimiento para cubrirse, pese a que tampoco me dejó ver más allá. Eso me encendió mucho más. Volvió a sonreírme, abriendo sus ojos al exclamar divertida y coqueta: “¡Eh, pero si quiere mire mijito!”.

Una carcajada burbujeante y compartida fue la ocasión para que me enterara de que Laura había decidido salir esa noche para dejar de pensar en el tonto de su exnovio sorprendido en plena faena con una de sus amigas. “Mala cosa; afortunadamente quedamos algunos en los que se puede confiar”, le dije mientras calculaba el peso de mis palabras y la incomodidad que debía sentir ella por tan embarazosa situación. “Afortunadamente”, respondió dirigiendo su mirada hacia la botella ya vacía.

“Dos más, por favor”, le dije al mesero; recordando el título de una canción arrabalera interpretada por un cantante popular en Ecuador. “Dos más, por favor, dos más; que esta noche quiero brindar”; musité dirigiéndome hacia aquella chica excesivamente joven para mí, pero deliciosamente atractiva y seductora. “¡Cantas!”, exclamó, seguido de un “¡y encantas!”.

Me fascinó su actitud entre lanzada y recatada. Por su relato, sabía que andaba en plan de despecho y no quería abusar de la situación. Creo que los hombres solemos perder oportunidades maravillosas precisamente por falta de galantería y un toque de sutileza en momentos como esos. Luego de una conversación serena en la que evitamos volver a hacer alusión a su desdicha, la invité a bailar. Como dicen en Pasto, parecía un trompo sarandengue, moviendo su cuerpo menudo al compás de aquella canción de Alfredo Gutierrez que parecía compuesta apenas para ese día:

“Esa tormenta de fuego que en mi alma estaba dormida

La ha despertado la sensualidad que derramas tú

Ven pronto a mis brazos que quiero explicarte cómo es la vida.

Voy a enseñarte todo lo que ignora tu juventud.”

Mientras bailábamos, le canté entera esa estrofa sin quitarle los ojos de encima. El ambiente, el baile, las canciones y las miradas compartidas la habían encendido de tal manera que sus pezones casi se escapaban de la fina prenda en la que se notaba el vaivén sinuoso de unos senos a la medida de mis ansias. Media hora después, una sesión de besos en plena pista acompañaban, de nuevo, al acordeón melodioso del tres veces Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, que le anunciaba mis intenciones en cada uno de sus versos: “Yo te quiero besar, te quiero sentir… esta noche es mía”.

Entre vallenato y besos, la noche se nos hizo corta. Como dije, no quería pasarme de la raya, por lo que evitaba que mis manos avanzaran al ritmo de mis ganas. Ella advirtió la situación y decidió darme ánimos tomando la iniciativa. Sus manos ya habían tanteado la dureza de mis nalgas un par de ocasiones mientras bailábamos. Ahora las sentí mucho más inquisidoras, apretándolas por sobre el pantalón; lo que me convenció de dejarme ir sin miramientos. Sujeté su cuerpo con firmeza para dibujar el distintivo salto de una gozosa bachata que se dejaba oír por los parlantes mientras yo escuchaba un jadeito quedo saliendo de los labios de Laura; anuncio inconfundible del placer lujurioso con el que ese ritmo dominicano prometía una noche de sexo.

Las manos de Laura se ocuparon de reconocer mi cuerpo entero en cuanto cerramos la puerta de una habitación de motel que apenas si recuerdo. Sus besos me resultaban tan calientes y húmedos que me sentía transportado entre las aguas de un mar bravío. Una tras otra fueron desapareciendo las prendas de nuestros vestidos. Desnudo y contra la pared, Laura agarraba mi verga, asiéndose a ella firmemente sin dejar de besarme. La tenía terriblemente dura. No podía zafarme del sudoroso abrazo que había iniciado aquella chica cuyo cuerpo era un delicioso festín. Mis manos buscaban oficio en su pelo tanto como en dibujar centímetro a centímetro la vertical de su espalda, suave y humectada en la que advertía goticas de sudor que viajaban lentamente hasta perderse entre sus nalgas. Navegante iniciado, recorría sin prisa la misma trayectoria, deleitándome al acariciar esas cachas turgentes y duras que se abrieron sin vergüenza para que mis dedos se regodearan con la tersa redondez de un culito inmaculado.

Se volteó apretando mi verga contra sus nalgas mientras acariciaba mi cabello y mi rostro, continuando con la danza iniciada hacia varias horas entre salsa, vallenato y bachata. De espaldas, se agachó intensificando la dureza de mi polla con la estampa ardorosa de un culito rosado, enteramente expuesto ante mí. Saliendo de mi actitud contemplativa, doble rodilla y me aferré a sus nalgas, regalándole a mi nariz el almizcle de aquel orificio indecoroso para muchos, mientras mi lengua se regodeaba en saborearlo y penetrarlo. Tras mi lengua, mi verga aventurera se deslizó entre las abundantes carnes de ese culito joven, sin encontrar barrera alguna en cada arremetida. Una y otra vez disfruté de la profundidad, el calor y la festiva recepción con la que un trasero gustoso se solaceaba, meneándose ardoroso en cada embate hasta tragarse la última gota de esperma que brotó de mis entrañas.

Al final de una faena de infarto la llevé hasta su casa y me despedí, pensando en lo afortunada que fue mi decisión de tomarme con calma el desliz de su novio. “Lo que te perdiste, pendejo”, pensé, mientras tomaba el camino hacia mi apartamento, apenas a tres kilómetros de Laura, a la que he prometido recoger de camino a la oficina…

— elsexosentido

13 de enero de 2013

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