![]()
Solamente cuando cumplí veinte me dijeron que lo mío era una enfermedad mental con posibles causas neuroquímicas, pero la verdad es que soy un hombre normal. Ya me había metido en algunos probemas por mi búsqueda de sexo. Desde las escuela miraba a las niñas preguntandome por qué los hombres de mi casa me decían “ya llegará un día en que te contemos todos los chistes de adultos y los entiendas” Aún hoy odio la gente que permantemente hace chistes sexistas donde las mujeres son estúpidas y los hombres lo sabemos todo, donde ellas son putas y nosotros machos y todo esa idea de que el sexo humano es como el de los perros. No saben el daño que producen los padres o tíos o hermanos mayores a los niños cuando rodean el sexo de hipocresía y falsa inocencia. En últimas se trata del origen natural de cada uno de nosotros. De lo que resultó del miserable filtro de la educación católica no hablo mucho, pues es llover sobre mojado: el impulso natural es pecado y toda esa mierda.
Menos mal no todos los sicólogos de m colegio estaban atrofiados y a lo largo de varios años encontré un par que me supoeron decir que si no lo manejaba me iba a complicar la vida. A los 12 años me masturbaba varias veces al día y en una ocasión la inflamación me hizo pedirla a mamá que me llevara al médico. Un par de años después había identificado las chicas que presumían de haber tenido sexo ya, las que buscaban los chicos mayores y me les acercaba con las excusas más ridículas: una tarea, la rifa para ir al viaje de grado y otras pendejadas. Así, logré que alguna me dejara tocar, entre luces raras, su sexo que apenas mostraba un poco de vello y otra ensayara con mi pene una mamada en que casi nos pilla la hermana mayor de ella pues me descuidé por los muchos ecos y cosas nuevas que sentía.
Una ventana cerca del baño de mujeres me había permitido comenzar a oír las conversaciones y descubrir las palabras secretas con que las colegialas hablaban de sus calenturas. Muchas llegaban de escuelas católicas femeninas y el sexo era tanto un tema recien liberado como una preocupación que se agudizaba con los cambios corporales. Obviamente, igual que los hombres, las mujeres jóvenes obtienen estatus entre sus amigas hablando de sexo, tal vez ellas sí saben con quienes chicanear o contar sus cosas y no llegan a viejas parloteando de sus calzones con quien apenas conocen. Hay que admitir una diferencia básica, pongámoslo así: Los hombres, en general, somos esclavos en el país de la lujuria. Ellas simples turistas que se van cuando les da la gana. No se tiene la posobilidad de crear vida para nada. Es básico, es un instinto o pulsión supe ya adulto.
Tal vez solamente los niños asesinos causen más curiosidad a los sicólogos que un jovencito tachado de pervertido que no se quiere curar. Cuando regresé del viaje de grados una queja por sugerirle a la hija de la profesora que nos bañaramos juntos me puso en aprietos y mis padres me pusieron un especialista en desórdenes sexuales que apenas le cobró a mi papá las primeras dos consultas. No sentía culpa, solo iba para no imaginar tanto que nuevas cosas habría por hacer. Fue una queja menor e hipócrita pues en el viaje habíamos bailado casi empelotas todos y yo había agarrado mucha nalga en las idas al mar. El tipo, un barbudo, flaco y de gafas estaba casado, me contaba él mismo, que uno los elementos que lo mantenía unido a su mujer, decía, era la comunicación. Así que me pedía que pensara si en mi futuro quería una relación de largo plazo, que pensara en la reacción de la mujer de que yo me enamorara cuando le dijera que solo pensaba en sexo, así entendió él la vaina. El sicólogo se quedó frío cuando yo, un chico apenas con cédula, le dije que no me podía o no me quería enamorar si esa era la solución que me proponía. Era verdad, sentía cosas muy intensas por alguna compañera de la universidad, pero no estaba pensando siempre en ella y nunca le dije que fueramos novios y tampoco me sentía mal por no tener novia. Dijo otro par de bobadas que no recuerdo. Con el paso del tiempo me dí cuenta de que el gafufo quería saber demasiados detalles de las veces en que las mujeres decían sí y no estaba concentrado en ayudarme a manejar el tema de mi falta de concentración que era lo que mí realmente me preocupaba, así que al año siguiente terminé en otro consulotorio con una señora regordeta que no cobraba tanto pero siempre cobraba y que supo ir al grano desde la primera cita. Luego del saludo y un vaso de agua revisó mi historial, sacó una libreta de notas y atacó.
¿Te gustaría tener sexo conmigo?
¿Porqué me pregunta eso?... No sé, si me lo pregunta así creo que posiblemente, pero no es el tipo de mujer que más me gusta.
¿Cómo así? ¿Cómo te gustan pues las muejres?
Menos gordas, pero sobretodo con voz ronca.
Pero, ¿si la chica es flaca y de voz dulce?
Si se deja me la como, pero no me masturbo pensando en ella.
¿Qué te gusta hacer en el sexo?. Dijo anotando muy rápido.
Lo que sea, lo que se pueda, una chupadita, tocar, meter me gusta más pero si la muchacha no deja nos masturbamos... ¿es importante?
Seguimos hablando durante meses, cada vez mas directamente. Una vez me preguntó que sentía durante el sexo.
Veo luces con los ojos cerrados, oigo cosas raras cuando me excito, como alucinaciones.
¿Que drogas usas?
No, no. Bueno, sí. Me gusta la bareta y he probado otras cosas pero no hablo de eso... es que es una vaina del sexo que no sé como explicar...
Realmente antes no me habían preguntado nada a ese nivel, solo me trataban de corregir, darme lecciones de moral o sugerirme que hiciera deporte. Fue un proceso largo hacerme conciente de la dimensión espiritual del sexo. Precisamente fue cuando hablamos de esa último recomendación que me dio risa y la loquera me pidió que contara más.
Pues es que en el colegio, cuando yo estaba en segundo grado, me agachaba para ver por debajo de las faldas de las grandulonas del último grado. Un profesor de educación física me vió y dijo “eso es falta de canalizar esa energía” y me obligó a entrar al equipo de voleibol.
Allí conocí a otra grandulona que emitia una energía más tibia que la que salía de la boca de la niña más linda de mi clase. Siempre estaba en shorcitos de licra y con ella no solo nos besamos y calentamos escondidos en algún salón, como ya me había pasado una vez. En un parque cercano del colegio con ella empecé a conocer las complejidades cósmicas que resultan de menear penes adentro de vaginas.
Para esto me sirvieron las conversadas quicenales con Berta, así se llamaba la sicóloga, para entender que había un sentido simbólico complejo en el sexo, que mi verga, mis manos y mi lengua significaban la fuerza de la creación y las vaginas , culos y tetas que tanto me atraían eran fuerzas similares y que de los choques de los cuerpos además de vida se generan nuevas energías. Luego ví una película en que cada orgasmo se vuelve energía cósmica. Tal como me sucede a mí, nos sucede a todos: cada vez que la gente tiene sexo el mundo cambia, sea para bien o para mal. Debería hacer otro relato o entrada de blog sobre esta consecuencia del sexo.
Solo se trata de que todos estamos geneticamente dotados para sentir a un modo diferente y a todo esto la cultura actual, como a muchas otras cosas, las etiqueta como enfermedades. Así que mi historial médico ahora tiene una nota de mi loquera que dice, junto a adicción al sexo: “goza de alucionaciones de orientación cinestésica”. El ejemplo que me gusta dar es que cuando una mujer explota sobre mí el sol huele mucho mejor.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar