acompañaba a mi papá a Neiva, cuando trabajaba con una empresa de venta de pescado. En la época de diciembre como estaba en vacaciones y no tenía nada mejor que hacer que odiar el colegio o jugar con mis vecinos entonces quise acompañarlo, teníamos que viajar en un camión grande, que llevaba la carga de pescado a esa ciudad desde Centroabastos. Sólo éramos tres, mi papá, el camionero y yo.
Yo siempre iba en la otra ventana. Al ritmo interminable de música llanera observaba bosques, prados inacabables, nubles luminosas a las que trataba de buscarle forma y enfocar mi mente en no morirme del aburrimiento o para no ser consciente de mis piernas entumecidas de las cuales no me podía quejar porque no quería parecer una niña ante los dos machos presentes. Llegaba la noche y yo me abandonaba al sueño, confiando plenamente en el conductor, de hecho siempre he admirado a los conductores de largas distancias, que no se marean, que están despiertos manejando aún hasta tarde y que cuidan de esa manera a sus pasajeros, o al menos así lo veo yo.
Mientras el camión cruzaba por calles escuetas, silentes y amarillas por la luz callejera, ya me sentía entrando a otro lugar desconocido, al fin lejos de mi micro mundo. Era de madrugada pero el cielo oscuro me hacía preguntar cuanto tiempo más faltaba para que saliera el sol. Al llegar a la plaza de mercado donde sería vendido el pescado, sentía el olor del campo, frio, penetrante, crudo. Y yo simplemente paseaba por puestos oscuros en los que de vez en cuando me sorprendía alguien acomodándose en su puesto y alistando la venta para los clientes que llegarían temprano por lo más grande y más fresco.
Le pregunté a mi papá que cuanto tiempo nos quedaríamos ahí, y él me dijo que hasta cumplir el presupuesto de ese día. Le pregunté por el conductor del cual no recuerdo su nombre, creo que era Álvaro, no tiene importancia la verdad. Me dijo que él se quedaba con nosotros, que debía estar durmiendo. Sentí curiosidad, porque en mi ignorancia creía que además de conductor, también debía ser vendedor y no entendía por qué mientras los que trabajaban para mi papá vendían pescado por montón, el conductor simplemente había decidido irse a dormir. Fui a mirarlo, con un poco de miedo, y lo vi recostado contra la ventana, profundo.
Decidí ir a distraerme con otra cosa, viendo al carnicero cortar la carne, o mirar la cara de las gallinas aún vivas y asustadas en su claustrofobia, pero volví a pensar en ese hombre durmiendo en el camión. Debía tener en aquel entonces 45 años, aproximadamente de 1.75 de estatura, es una simple suposición, barba y bigote, pelo corto, piel canela. Tenía barriga. Cuando me asomé al camión, no lo vi, y me preguntaba a dónde se habría ido. Entonces esta vez me trepé al camión y de inmediato me hice hacia atrás al verlo tendido en el asiento, por eso no lo veía desde el suelo. Lo seguí mirando, mientras me distraía una cuerda amarilla como la de los teléfonos antiguos que estaba en la cabina del camión en el lado de él. Algo habrá pasado en su sueño, porque se despertó y vio que yo estaba ahí, pegado a la ventana. Me miró y empezó a decir algo que no le escuchaba porque la ventaba estaba arriba.
Entonces entre abrió la puerta y me dijo que si quería dormir que podía hacerlo, que él ya había dormido un poco. Yo estaba un poco nervioso, ya que desde niño siempre fui un poco torpe socialmente, especialmente con hombres. Cuando me senté al lado de él, de inmediato sentí que las piernas se me entumecían, y me sentí fastidiado, algo tenía ese asiento que simplemente me dormía las piernas. Me quedé sentado, mirando a la nada, y él no tardó nada en arreglarse la camisa y salir de ahí. No pude dormir, sólo me quedé pensando en ese hombre extraño, que me causaba un poco de fastidio, de curiosidad.
Llegamos al hotel, un hotel del centro de Neiva, diagonal a (en aquel entonces) el Ley, o al menos, desde ahí era el único establecimiento que yo reconocí. El cuarto era grande, lo compartiríamos los tres. Tres camas, un baño amplio, y un televisor. Desde ese momento, no tendría necesidad de abandonar el hotel y no tendría que volver a la plaza de mercado, simplemente podría dedicarme a ver cartoon network (que no tenía en mi casa) y pedir una gaseosa si quería y cargarla a la habitación (lo cual me parecía lo más lujoso del mundo en aquel entonces).
Mi cama quedaba frente al televisor por un lado, y frente a la cama del camionero por otro lado, como en forma de T pero separados obviamente. La de mi papá quedaba en un rincón, cerca de la ventana. Era momento de realmente descansar.
Mientras mi papá dormía, veía al conductor, que a veces abría los ojos mirando hacia el techo del cuarto y los cerraba. Se había cambiado la ropa, y había quedado en una camiseta blanca y unos boxers grises holgados. Tenía una pierna doblada hacia arriba en triangulo y la otra descansaba en la cama. Podía observar su barriga peluda asomándose, sus pernas velludas y su paquete dormido que a veces se tocaba. Y como por la posición de las camas, los dos quedábamos en forma de T, lo podía ver desde abajo, sus piernas, su barriga y su paquete, que era lo que de repente empezó a despertar algo en mí (no era raro, ya que tal vez algún día pueda contar de mi temprano descubrimiento de mi atracción fuerte por el mismo sexo) Lo raro era que mi atención ahora estaba en él.
Ya que él era sólo el conductor, tampoco tenía mucho qué hacer, y mientras mi papá se iba toda la mañana, los dos nos quedábamos en la habitación, mirando televisión, él la miraba más bien, porque yo pretendía prestar atención cuando en realidad esperaba cada momento en que él involuntariamente se tocaba su verga, para alimentar una idea, una idea de la que tenía mucho miedo.
Un día cuando él se fue a bañar y yo estuve ahí para presenciarlo, vi que había dejado su ropa interior en la cama. La puerta del baño estaba entre abierta, y lo escuchaba bañarse. Sentí adrenalina por la idea que estaba abrigando desde que lo vi por primera vez en ropa interior, y era olerla y restregármela en la cara. Si no lo hacía ahora, tal vez no podría volver a hacerlo, entonces salté a su cama y cogí sus boxers y los aspiré profundamente, tratando de retener su aroma de macho, un macho tan distinto que nunca había visto hasta ese momento, con su camiseta sudada y perfumada en colonia y hombría. Alargué ese momento lo más que pude hasta sentir que él ya estaba a punto de salir, y simplemente volví a mi cama como si nada.
Su cuerpo húmedo salió del baño y yo me atreví a mirarlo esta vez sin miedo, su aroma me había transformado por ese instante en un hombre hambriento de otro hombre aun en mi cuerpo de niño. No sé si me ignoraba, o me miraba de reojo, pero me permitió verlo secarse y esa sola imagen me tenía extasiado, quería saltar encima y que me hiciera lo que quisiera, lo que para mí se sentía un impulso natural pero imposible de llevar a cabo, con él.
Sabía de mi presencia, porque cuando se puso su ropa interior limpia, no se quitó la toalla, sino que se subió torpemente los boxers por debajo de ella y sólo alcancé a ver un poco de la piel oscura que rodeaba esa zona. ¿Habría podido sentirse intimidado con mi presencia? O ¿era capaz de traducir las sucias intenciones de mi mirada? No lo sé, nunca lo supe.
El año siguiente, viajamos con otro conductor, curiosamente era una versión más joven del anterior, pero eran casi iguales aunque este tenía los ojos más claros los dos compartían la piel canela, el cabello corto, velludo, bigote y barba en forma de candado. Esta vez, dormimos en cuartos separados y yo anhelaba la idea de metérmele al cuarto. Fantasías que fueron contenidas, que sólo se quedaban en mi mente, mientras me tocaba mi pene en desarrollo cuando no había nadie en el cuarto de aquel hotel.
Como en el hotel cuando me queda sólo no tenía nada mejor que hacer que fantasear con este nuevo camionero joven, descubrí que el cuarto tenía una ventana que daba hacia una casa sin techo y donde veía pasar siempre a un hombre joven delgado sin camisa, al cual me gustaba molestarlo quitándome la ropa y que me viera. A veces miraba y se reía, a veces me toreaba desde lejos cogiéndose la verga y desabotonándose el jean, pero lo hacía sólo como juego, ya que nunca hizo nada serio.
Si les interesa, ese año siguiente, las cosas fueron un poco distintas, ya que el escenario eran los mismos caminos, las mismas praderas eternas a los lejos. Y en la noche, por el camino se asomaba una estructura alta triangular que prendía fuego en su punta y que nunca entendí que era, pero no al ritmo de ninguna ranchera o música llanera. No, sino al ritmo de las canciones que había grabado en mi casette, que consistían más que todo en canciones viejas de Laura Pausini.
Ahora que ya soy mayor me he preguntado qué sería una verdadera experiencia con un camionero, a estas alturas, no veo como eso sea posible ya que honestamente no es que esté rodeado de esas personas, en especial cuando son ellos los que siempre permanecen en las carreteras, siempre con un destino diferente.








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