Sospechar que uno de tus compañeros de trabajo es, en el menor de los casos, heterofelxible y confirmarlo de la manera más maquiavélica. La sexualidad del ser humano es compleja, y en el caso del hombre, suele ser bastante cargada de acaloramiento. No sé realmente a qué se referirán los psicólogos cuando dicen que todo macho ha tenido al menos una vez en su vida, un incidente homosexual, supongo en mi mentalidad morbosa que harán referencia desde un sencillo roce hasta en algo más duro, húmedo y profundo (si algún psicólogo desea corregirme, este es el momento). En el caso de mi amigo, yo desconocía que él, ahora casado y con una pequeña hermosa, en algún momento de su juventud habría pasado por los brazos, los labios y las piernas de otro tipo; luego, arrepentido de ello, había decidido olvidar ese episodio dejando que los años se encargaran de borrar cualquier sentimiento de culpa. Sin embargo como suele suceder en esos casos, algo queda gustando, algo en los recuerdos se despierta de vez en cuando, preguntas más profundas se levantan para cuestionar la decisión de no haber curioseado más, y ese pasado a veces se queda ahí… latente.
Es de noche y el universo se había confabulado para hacer que Esteban y yo, en un seminario que mi empresa (la cual voy a omitir el nombre) organizó en la calurosa ciudad de Cali, estuviéramos en el bar del hotel hablando de todo, y si, hasta de sexo… con nuestras respectivas novias, mal pensados. Subimos a la habitación nos turnamos para una ducha y cada uno empezó a arreglar su cama; luego continuamos el tema que habíamos dejado tibio pero esta vez los dos en una sola cama para hablar más pacito de temas que nos hacían más cómplices. A estas alturas del relato debo aclarar que ambos estábamos en bóxer y ese tipo se veía tan bueno como me lo imaginaba… antes de apagar la luz y continuar con el tema.
-La base de la plenitud sexual está en el goce de las sensaciones- le dije en un intento desesperado por llevar la conversación a aguas más turbulentas.
-A ver, barájemela más despacio, ¿cómo así?-
-Sencillo hermano- y coloqué voz y actitud de terapeuta aficionado- si lo que quiere hacerte Paula o quien sea, hace que te sientas bien, es decir, lo disfrutas en el momento, entonces date la oportunidad de disfrutarlo sin dejar que los prejuicios sociales y morales te lo impidan.
-Hummm… sensaciones- repitió Esteban mirando para el techo con los brazos cruzados bajo la cabeza.
-Sí, ya sabes, olores, el roce de la piel, caricias, fluidos y más…- Entonces me volteé de lado hacia él, apoyando mi cabeza sobre una mano y respirándole muy cerquita, esperando cualquier tipo de reacción, en especial una que me diera luz verde para continuar: ninguna.
Continué hablando y repetí muy sugestivamente: –El roce de la piel…- y acto seguido junté mi pierna a la suya y le rocé muy despacio. Sentí su piel caliente, su pierna dura y ligeramente velluda.
-Caricias- y coloqué mi mano sobre su pecho atractivo rasurado con una sombra de vello que hizo del tacto algo que me erizó la piel. Esteban permanecía quieto mientras, yo muerto de miedo, paseaba mi mano bajando por su abdomen que se contraía trémulo por el roce. Cuando llegué a descubrir su bulto, lo encontré semi erecto, un poco flácido, oculto bajo su bóxer. Supongo que hasta ese momento aún estaba asustado, dudoso, pero aceptando lo que le hacía. Yo al contrario, estaba muy duro; cosa que le hice saber al juntar mi cuerpo más al suyo dejando que mi erección rozara su muslo. Él, permaneció inmóvil. Si el que calla otorga, el inmóvil se dispone; así que aproveché y di rienda suelta a la fascinante experiencia de llevar al goce y a la lujuria, a alguien que se ha resistido tanto tiempo.
Suavemente introduje mi mano en su interior blanco, y abracé con mis dedos y mi mano todo el cuerpo de su verga que se resistía a colocarse dura y grande por completo. Para ello entonces, empecé a masturbar despacio, sin apretar duro pero muy consistente. Todo eso sin sacarlo del bóxer. Esteban permanecía con los ojos muy cerrados, sin expresión alguna en el rostro que me diera más información de si le gustaba o no lo que le hacía. Pero decidí ser más atrevido y bajé el prepucio descubriendo una cabeza redonda y lubricada. Si está lubricando, está excitado. Mis dedos jugaron con su líquido empapando todo su glande y concentrándome en la parte de atrás del mismo, ahí justo en el frenillo, esa parte tan sensiblemente placentera, que al tacto de los dedos bien lubricados por sus líquidos hicieron que por fin, mi compañero de trabajo y travesuras, abriera sus labios para dejar salir un gemido de placer. Su verga tomó la forma de un endurecido falo carnosamente grueso y venoso que llenó mi mano, la cual apretó duro ese mástil para proporcionarle más placer. Luego, cuando él sintió que yo pasaba a acariciar sus huevos rasurados y grandes, abrió un poco las piernas para permitirme más… permitirme todo.
Entonces, me enderecé de mi sitio, bajé su bóxer quitándoselo por completo y me ubiqué en medio de sus piernas abiertas. Su pene reposaba sobre su abdomen dejando un hilillo de líquido preseminal desde la cabeza hasta el ombligo… entenderán aquí el tamaño de este semental curioso. Si su mujer supiera lo que estoy a punto de hacer con lo que es suyo.
Recojo el líquido que gotea con mi lengua y saboreo a este hombre que me tiene a mil, lamo la cabeza y él yergue su otra cabeza para ver mejor lo que le hago. Su respiración agitada me estimula. Huelo su pene y su humedad y me arrecho al límite. Engullo toda su hombría hasta que mi garganta no me lo permite más. Lo tomo con mi mano derecha y le hago un oral como muy seguramente su esposa no se lo hace jamás. Ese hombre enloquece y gime pidiéndome más. Por momentos me toma del cabello bruscamente y entierra mi cabeza hacia su entrepierna penetrándome violentamente la garganta. Me encanta que un hombre que casi no ha probado las miles del sexo erótico entre hombres, se desinhiba con frenesí. Masajeo sus huevos mientras mi boca caliente y húmeda se deleita con ese pedazo de carne prohibida. Cuando la saco, la dejo bañada de una baba que la cubre casi por completo y da fe de un trabajo dedicado que hago con sumo placer. Lo masturbo y lo miro a los ojos. Él por momentos me sostiene la mirada pero un asomo de vergüenza mojigata le embarga y cierra los ojos echando la cabeza hacia atrás para disfrutar sin culpa.
Lubrico mis dedos y empiezo a jugar en su zona perianal. Estoy tanteando que tanto desea disfrutar. El movimiento de su pelvis me dice que siga, y entonces las yemas de mis dedos humedecidos hacen contacto con su ojete. Ojete que nunca ha sido estimulado. Su esfínter es duro, grande y bastante brotado. Una delicia para cualquier activo que desee irrumpir en un anillo tan florecido como el de mi amigo. Pero dudo muchísimo que él quiera ser pasivo alguna vez, al menos, no esta noche de experiencias nuevas. Rodeo circularmente y de manera repetitiva su ojete que lubricado en demasía, permite que uno de mis dedos irrumpa y explore su cueva que arde. Es caliente y apretado. Esteban me agarra el brazo invasivo pero no para quitarlo, si no para indicarme que no siga más de lo que le he penetrado con mi dedo, “ahí está bien” me dice con un dejo de pena, pero sus pupilas y su erección me dicen que lo disfruta.
Entonces, vuelvo a engullir su tranca pero con ese dedo adentro y mi misión es provocarle uno de los mejores orgasmos que haya sentido. Su verga entra y sale de mi boca golosa como si me comiera por la boca. Mis dedos son delicados con su esfínter pero firmes y se entran al tiempo que su pene en mi boca. Mi compañero tiembla y endurece sus muslos. Se aferra a la sábana con ambas manos y disfruta con lujuria. Su sudor corre entre su pecho el cual difumino de vez en vez con mi otra mano. Parece que demora pero eso me encanta porque yo también lo disfruto. Mi pelvis roza lascivamente la cama y me masturbo restregando mi pene lubricado sobre la sábana. Sentir la verga de Esteban en mi boca es mi delicia y su ojete parece querer más. Cuando me dice que se va a venir, sé que es el momento para penetrarlo más duro con mi dedo buscando que tenga una experiencia extrema que no olvide por mucho tiempo.
Quiero su leche así que no me detengo al escuchar sus gemidos de hombre arrecho. Su esfínter comienza a contraerse repetidas veces alrededor de mi dedo y yo lo penetro como si de una verga se tratara. Él me coge con las dos manos la cabeza para que no se me ocurra sacar su falo de mi boca. Su leche sale y los chorros los siento en mi paladar y en mi garganta… en mi lengua. Trago su leche en parte porque me excita sobremanera un hombre que aparenta ser tan sano, tan reservado, tan de familia, pero tan arrecho. Quiero que ese momento memorable, me sirva para futuras pajas por si se vuelve, sólo un recuerdo.
Como aún no me vengo, tengo la lascivia a flor de piel todavía y lo primero que hago al sacar mi dedo de su ano es apretar su verga roja y babosa para extraer las últimas gotas de su semen. El me mira mientras goloso, las lamo y me las trago. Con mi otra mano doy unas cuantas embestidas a mi verga para venirme casi de inmediato sobre la sábana.
Esteban, sudado y agitado suelta una carcajada nerviosa y me dice mientras me acomodo a su lado: “¡Qué arrechera, marica! Ufff, lo que hace uno por arrecho”.
Y yo para mis adentros: “Si, marica, cuando deje de reprimirse, le enseño más cositas”.







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login EntrarMuy buen relato, te felicito